- El valor propio, según Küppers, se basa en la calidad humana, no en bienes, cargo o cociente intelectual.
- La fórmula (C + H) x A subraya que la actitud multiplica el conocimiento y las habilidades.
- No existe un cambio instantáneo: el progreso llega con hábitos y repetición.
- Recomendaciones prácticas: gratitud diaria, enfocarse en lo controlable y rituales que recuerden prioridades.
La conversación pública sobre el bienestar vuelve a poner el foco en Víctor Küppers, referente en psicología positiva, a raíz de su paso por La Fórmula Podcast y de intervenciones como Aprendemos Juntos 2030 de BBVA. Su planteamiento es claro: el valor de una persona no se mide por lo que acumula, sino por su forma de estar en el mundo.
Con un tono didáctico y sin prometer atajos, Küppers defiende que la calidad humana y la actitud marcan la diferencia. Y que el cambio real no depende de un instante mágico, sino de pequeñas acciones repetidas hasta convertirlas en costumbre.
Valor propio y calidad humana

En su visión, el valor propio en psicología tiene que ver con cómo uno se reconoce y se respeta: autoestima, autoaprecio y aceptación forman la base. No viene determinado por el coche, el sueldo o el cargo, sino por la forma de ser que proyectamos en el día a día.
Küppers subraya que, al definir a las personas, lo que pesa es su calidad humana. Ahí encajan la amabilidad, el respeto, la coherencia y la capacidad de ayudar. La idea casa con el enfoque estoico: vivir con virtud, conscientes de que estamos interrelacionados, y actuar con bondad porque es lo que depende de nosotros.
En esa misma línea, distintos trabajos académicos apuntan a que la bondad se asocia con mayor bienestar. Un metaanálisis con 27 estudios observó incrementos en el bienestar subjetivo entre quienes practican actos bondadosos, y otra revisión encontró que las conductas prosociales elevan la felicidad de manera significativa.
No es extraño que confundamos éxito con acumulación: la lógica de más clics, más likes, más cosas se coló en la cultura contemporánea. Küppers recuerda que esa espiral rara vez llena; lo verdaderamente valioso es el carácter que cultivamos y cómo tratamos a los demás.
Una formulación sencilla para aterrizar esta idea: aspirar a ser buena persona no tiene atajos, pero sí señales claras. Escuchar de verdad, estar presentes, ser justos y cuidar los vínculos son comportamientos que construyen valor real con el tiempo.
Hábito, actitud y cambio duradero

El discurso de Küppers desmonta el mito del “eureka” que todo lo arregla: no hay chasquidos milagrosos. Cambiar cómo pensamos es complejo y lento; por eso propone actuar primero y dejar que la cabeza vaya detrás. La repetición es la herramienta con la que se moldea el carácter.
Desde esa óptica, sugiere dos preguntas para entrenar el enfoque: “¿Qué hay fantástico en mi vida?” y “¿yo qué puedo hacer?”. A fuerza de repetirlas, el cerebro aprende a mirar lo que sí controlamos, un planteamiento que coincide con la tradición estoica de centrar la energía en lo manejable.
Para ordenar prioridades, Küppers recurre a su conocida fórmula: (C + H) x A. El conocimiento (C) y las habilidades (H) suman, pero la actitud (A) multiplica. La inteligencia, dice, en buena medida es una suerte de bendición inicial; lo que merece admiración es el esfuerzo sostenido por ser buena persona y mantener una actitud constructiva.
El experto relata una vivencia personal que le cambió la perspectiva: años con dolor crónico hasta que una operación le alivió. La euforia inicial se disipó a las semanas y volvieron las quejas. Para no olvidarlo, guarda un dibujo que le hizo el médico y lo mira a diario. Ese pequeño ritual le recuerda que una impresora averiada no es un drama; lo importante, importante de verdad, es otra cosa.
Su enfoque aterriza en hábitos concretos y asequibles. Un clásico en su agenda es reservar cinco minutos para agradecer lo bueno de la jornada: personas, oportunidades y pequeños detalles que a menudo pasan desapercibidos.
Otro ejercicio potente es imaginar, de vez en cuando, que podrías no volver a ver a quienes más quieres. No se trata de recrearse en el miedo, sino de recordar que la vida es finita y que lo prioritario son los vínculos. Como decía Covey, lo esencial debe tener sitio real en la agenda, no solo en el discurso.
También propone clarificar la persona en la que queremos convertirnos. Funciona preguntarse: “¿Cómo me gustaría que me describieran los míos?”. Rara vez aparecen respuestas como “tenía un gran coche”; suelen salir cualidades como la amabilidad, la presencia o la capacidad de cuidar.
Esa imagen guía se construye a base de decisiones pequeñas y constantes: decir gracias, escuchar sin mirar el móvil, posponer la queja, pedir perdón a tiempo, ofrecer ayuda práctica. gestos modestos, pero repetidos “n” veces terminan integrándose en el carácter.
El mensaje de Küppers es sencillo de entender y exigente de aplicar: menos culto al talento innato y más entrenamiento de la actitud. Con rituales que nos anclen a lo importante, y con hábitos que nos devuelvan al presente, es más probable vivir con serenidad y sentido.