Un cohete de SpaceX chocará contra la Luna el 5 de agosto y reabre el debate sobre la basura espacial

Última actualización: 03/05/2026
Autor: Isaac
  • Una etapa superior de un Falcon 9 impactará contra la Luna el 5 de agosto cerca del cráter Einstein
  • El objeto, de 13,8 metros, llegará intacto a la superficie y abrirá un pequeño cráter sin riesgo para la Tierra
  • Astrónomos reclaman mejores protocolos para retirar restos de cohetes y enviarlos a órbitas heliocéntricas
  • El aumento de misiones lunares de EEUU, China y socios europeos multiplica la preocupación por la basura espacial

Cohete de SpaceX rumbo a la Luna

Una etapa superior de un cohete Falcon 9 de SpaceX, que lleva más de un año vagando sin control por el sistema Tierra-Luna, tiene fecha para su final: todo apunta a que se estrellará contra la superficie lunar a comienzos de agosto. El evento no supondrá ningún peligro para la población ni para las infraestructuras actuales, pero sí vuelve a poner el foco en un problema que va a más: la acumulación de basura espacial en torno a la Luna.

El impacto, previsto para el 5 de agosto, será prácticamente imposible de ver desde la Tierra incluso con grandes telescopios, pero dejará un cráter fresco que podría resultar interesante desde el punto de vista científico. Al mismo tiempo, llega en un momento en el que Estados Unidos, Europa y China preparan un aumento de misiones lunares, con vistas a instalar bases cerca del polo sur, algo que hace más urgente replantearse qué hacer con los restos de cohetes.

Cuándo y dónde se producirá el impacto del cohete de SpaceX

Impacto de cohete en la Luna

Según los cálculos del astrónomo Bill Gray, profesional muy conocido en la comunidad por desarrollar el software Project Pluto, la etapa chocará con la Luna el 5 de agosto a las 8:44 horas (hora peninsular española). Esa hora corresponde a las 2:44 de la madrugada en la costa este de Estados Unidos y a las 3:44 en Uruguay, por lo que el suceso ocurrirá en plena noche para buena parte del hemisferio occidental.

El punto estimado del impacto se sitúa en las inmediaciones del cráter Einstein, una amplia estructura ubicada en el borde entre la cara visible y la cara oculta de la Luna. Esto significa que la zona del choque estará cerca del límite de lo que se ve desde la Tierra, aunque el brillo generado por la colisión será tan débil que no se espera que pueda detectarse visualmente.

Las estimaciones de Gray, basadas en más de 1.000 observaciones acumuladas desde 2025, sitúan la velocidad del objeto en torno a 2,4 kilómetros por segundo, lo que se traduce en aproximadamente 8.700 km/h, unas siete veces la velocidad del sonido. Otros análisis manejan cifras de velocidad similares dentro del mismo orden de magnitud, suficientes para formar un nuevo cráter pequeño en la superficie.

En el momento del impacto, la Luna será visible desde buena parte de América del Norte, Sudamérica y Europa, incluida España. Sin embargo, incluso con equipos profesionales, el destello generado quedará por debajo de los umbrales de detección habituales, algo que ya se comprobó en otros experimentos anteriores dirigidos por agencias como la NASA.

Qué fragmento de Falcon 9 va a chocar y de qué misión procede

Etapa superior de un Falcon 9

El objeto que va a protagonizar el impacto está identificado con el código 2025-010D y corresponde a la segunda etapa de un cohete Falcon 9 lanzado el 15 de enero de 2025. A bordo de ese vuelo viajaban dos módulos de alunizaje privados: Blue Ghost, de la empresa estadounidense Firefly Aerospace, y Hakuto-R, desarrollado por la compañía japonesa ispace.

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Ambos vehículos siguieron destinos distintos. Blue Ghost logró posarse con éxito en el Mare Crisium el 2 de marzo de 2025, convirtiéndose en uno de los primeros alunizajes comerciales plenamente exitosos. En cambio, Hakuto-R perdió contacto durante la maniobra de descenso y acabó estrellándose contra la superficie lunar, un revés importante para el programa privado japonés.

Mientras los módulos continuaban sus propias trayectorias, la cofia del cohete reingresó en la atmósfera terrestre y se desintegró, tal y como estaba previsto. La etapa superior, sin embargo, quedó atrapada en una órbita amplia alrededor del sistema Tierra-Luna, sin combustible residual suficiente como para redirigirla ni hacer una maniobra controlada de desorbitado.

Con unas dimensiones de 13,8 metros de longitud y 3,7 metros de diámetro, la pieza ha sido rastreada durante más de un año mediante telescopios y sistemas de seguimiento de objetos cercanos a la Tierra. Ese monitoreo continuado permite a Gray y a otros astrónomos asegurar con un alto grado de confianza que no hay dudas sobre su origen ni sobre su identificación como etapa de Falcon 9.

Por qué no veremos el choque del cohete contra la Luna

Colisión de restos espaciales con la Luna

Que un objeto metálico de más de trece metros impacte a casi 9.000 km/h podría hacer pensar en un gran fogonazo visible desde media Tierra, pero la realidad es bastante más discreta. El propio Gray recuerda el precedente de LCROSS, una misión de la NASA en 2009 en la que una etapa Centaur fue dirigida deliberadamente contra el polo sur lunar para estudiar el material eyectado. A pesar de la planificación y de la instrumentación disponible, el destello no se apreció desde observatorios terrestres.

En el caso del Falcon 9, la energía liberada será menor que en aquellos experimentos de impacto controlado y, además, el choque se producirá en una zona de la Luna que no ofrece condiciones particularmente favorables para la observación. Por ello, la mayoría de especialistas coincide en que no se espera registrar ningún flash visible ni siquiera con telescopios de gran apertura en Europa o América.

El valor científico potencial radica, más bien, en el cráter fresco que quedará tras el golpe. Si orbitadores lunares como los de NASA, ESA u otras agencias apuntan sus cámaras a la región del cráter Einstein en las semanas o meses posteriores, podrían identificar la marca del impacto y analizar el material levantado, la forma del cráter y los cambios producidos en la zona.

Aunque por ahora no se ha anunciado una campaña de observación específica desde Europa para este caso concreto, misiones como el Lunar Reconnaissance Orbiter suelen documentar este tipo de eventos. Para la comunidad científica, estos impactos involuntarios funcionan casi como experimentos gratuitos para comprender mejor la geología lunar y el comportamiento del regolito ante colisiones a alta velocidad.

Riesgos reales: qué consecuencias tendrá el impacto del Falcon 9

Basura espacial cerca de la Luna

Desde el punto de vista de la seguridad, no existe peligro alguno para la Tierra. La Luna no cuenta con atmósfera, de modo que la etapa no se frena ni se desintegra antes de llegar al suelo, pero esto ocurre a casi 400.000 kilómetros de distancia de nuestro planeta. No hay riesgo de fragmentos que puedan desviarse hacia la órbita terrestre ni para satélites en funcionamiento alrededor de la Tierra.

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Tampoco se han identificado infraestructuras lunares, rovers activos ni naves operativas en el área prevista del impacto. El lugar escogido involuntariamente por la trayectoria del Falcon 9 se encuentra lejos de las regiones polares donde se concentran los planes de futuras bases y, por ahora, no hay presencia humana ni robótica en las inmediaciones del cráter Einstein.

La principal preocupación expresada por Bill Gray en su informe no tiene que ver con un peligro inmediato, sino con lo que el caso revela sobre la falta de protocolos estrictos para deshacerse del hardware espacial. En sus palabras, este tipo de sucesos ponen de relieve una “cierta despreocupación” a la hora de planificar qué ocurrirá con las etapas superiores una vez cumplen su misión.

La comunidad científica y parte de la industria coinciden en que existen soluciones técnicas asequibles. Con una planificación más cuidadosa y una pequeña reserva extra de combustible, las etapas podrían ser desviadas hacia órbitas heliocéntricas de descarte, alrededor del Sol, donde no representarían un riesgo ni para la Tierra ni para la Luna. Este tipo de maniobras ya se ha planteado en varias misiones, pero todavía no se ha convertido en una práctica sistemática.

En un escenario futuro en el que se multipliquen las misiones oficiales y privadas hacia la Luna, la idea de dejar restos incontrolados circulando por el sistema Tierra-Luna empieza a verse como algo difícil de justificar. Especialmente si se tiene en cuenta que las mismas trayectorias utilizadas hoy para enviar sondas y módulos de alunizaje podrían cruzarse mañana con estaciones logísticas, hábitats o vehículos tripulados.

Basura espacial alrededor de la Luna: un problema que va a más

El impacto del Falcon 9 no es un caso aislado. En 2022, el propio Bill Gray anticipó la colisión de otro fragmento de cohete contra la Luna, calculando con notable precisión el momento y la localización del choque. En aquel episodio se pensó inicialmente que la pieza procedía también de un Falcon 9, pero análisis posteriores demostraron que se trataba de un propulsor de la misión china Chang’e 5-T1.

Ese precedente dejó clara una realidad incómoda: los restos abandonados en trayectorias lunares pueden permanecer años dando vueltas antes de acabar estrellándose de manera impredecible. Cada nuevo lanzamiento que deja atrás una etapa sin reutilizar aumenta la probabilidad de que, tarde o temprano, otro trozo de chatarra acabe golpeando el satélite natural.

La diferencia ahora es que, en la segunda mitad de esta década, se espera un aumento muy notable de misiones lunares. Estados Unidos planea consolidar un calendario anual de vuelos dentro del programa Artemis —del que forman parte socios como la Agencia Espacial Europea (ESA)— a partir de Artemis IV y V. China, por su parte, trabaja para poner a sus taikonautas sobre la superficie lunar antes de 2030 y establecer una presencia a largo plazo cerca del polo sur.

Más misiones significa, casi inevitablemente, más cohetes y más etapas superiores que habrá que gestionar una vez cumplida su función principal. Si hoy el impacto del Falcon 9 solo tiene implicaciones simbólicas, en un futuro con módulos de vivienda, laboratorios y material crítico repartido por distintas zonas de la Luna, un choque similar podría dejar de ser una simple anécdota.

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En Europa, la ESA y las agencias nacionales —incluida la Agencia Espacial Española, recientemente creada— están cada vez más implicadas en este debate. El reto no es solo técnico, sino también normativo: establecer estándares internacionales que obliguen a planificar el final de vida de cada componente, también en el entorno lunar, de forma parecida a como ya se hace en órbita baja terrestre.

Qué se propone hacer con las futuras etapas de cohetes

A partir de casos como el de este Falcon 9, los especialistas en dinámica orbital defienden varias líneas de actuación para evitar que la basura espacial lunar se convierta en un problema serio. La opción más citada es la de enviar las etapas superiores a órbitas de eliminación alrededor del Sol, suficientemente alejadas como para que no vuelvan a cruzarse con la Tierra ni con la Luna durante siglos.

Esta estrategia requiere que el cohete reserve una pequeña fracción adicional de combustible y que la misión se diseñe teniendo en cuenta esa maniobra desde el principio. En misiones comerciales muy ajustadas de presupuesto, esa reserva extra puede parecer un coste innecesario a corto plazo, pero a medida que aumente el tráfico lunar es probable que pase a considerarse un requisito operativo básico.

Otra alternativa, en escenarios más controlados, sería promover impactos deliberados en zonas previamente seleccionadas de la Luna, lejos de cualquier infraestructura actual o planificada. Aunque esta solución no elimina la colisión, permitiría evitar sorpresas y, de paso, aprovechar el impacto como experimento científico para estudiar el subsuelo, algo en lo que la comunidad europea ha mostrado interés.

En cualquier caso, el consenso que se va consolidando es que dejar las etapas a su suerte en órbitas caóticas ya no es una opción razonable. La experiencia acumulada con la gestión de residuos orbitales alrededor de la Tierra, donde ya existen directrices para desorbitar satélites o enviarlos a órbitas cementerio, sirve de referencia para lo que empieza a debatirse ahora en el entorno lunar.

Para países como España, que aspiran a ganar peso dentro de los programas lunares internacionales, este tipo de debates abre también una ventana de oportunidad: desde el desarrollo de tecnologías de seguimiento y retirada de restos hasta la creación de marcos regulatorios que ayuden a que los nuevos actores del sector espacial privado adopten prácticas más responsables.

El choque del 5 de agosto no cambiará el aspecto de la Luna a simple vista ni alterará el curso de las misiones planificadas, pero se ha convertido ya en un buen recordatorio de que la exploración lunar no está aislada del problema global de la basura espacial. A medida que Estados Unidos, Europa, China y otros países refuercen su presencia en el satélite, lo que hoy es un impacto anecdótico de una etapa de Falcon 9 podría verse, dentro de unos años, como el aviso temprano de la necesidad de tomarse mucho más en serio el destino de cada trozo de cohete que enviamos más allá de la órbita terrestre.

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