Triptófano en Bennu: el aminoácido esencial hallado en un asteroide que reabre el debate sobre el origen de la vida

Última actualización: 30/11/2025
Autor: Isaac
  • La misión OSIRIS-REx de la NASA ha identificado indicios sólidos de triptófano en el asteroide Bennu, el primer hallazgo de este aminoácido esencial en material extraterrestre.
  • Las muestras, devueltas a la Tierra en 2023, confirman también 14 aminoácidos formadores de proteínas y las cinco nucleobases del ADN y el ARN.
  • Bennu muestra una química orgánica rica y heterogénea, ligada a procesos con agua líquida en su cuerpo progenitor, lo que respalda la hipótesis de la “entrega cósmica” de moléculas prebióticas.
  • Los resultados impulsan nuevas investigaciones en Europa y el resto del mundo para comparar Bennu con otros asteroides y entender mejor cómo pudieron surgir los ingredientes de la vida.

Ilustración sobre triptófano en asteroide Bennu

El hallazgo de triptófano en el asteroide Bennu, un aminoácido esencial hasta ahora nunca visto con fiabilidad en material extraterrestre, está cambiando la conversación sobre cómo pudieron aparecer los primeros componentes de la vida en la Tierra. Las muestras traídas por la misión OSIRIS-REx de la NASA revelan una cocina química mucho más sofisticada de lo que se pensaba en estos pequeños cuerpos del sistema solar.

La detección se suma a un inventario ya llamativo: en el mismo material se han identificado 14 aminoácidos usados por los seres vivos y las cinco nucleobases que forman el ADN y el ARN. Que todos estos compuestos aparezcan juntos, bien preservados y sin haber pasado por la atmósfera terrestre, refuerza la idea de que los asteroides actuaron como mensajeros de moléculas prebióticas hacia la Tierra primitiva.

Qué es Bennu y por qué interesa tanto a la astrobiología

Bennu es un asteroide rico en carbono de unos 500 metros de diámetro que cruza periódicamente la órbita de nuestro planeta, aproximadamente cada seis años. Se trata de un fragmento de un cuerpo mayor formado en el cinturón principal de asteroides, entre Marte y Júpiter, cuyo origen se remonta a hace miles de millones de años.

Su composición química conserva la huella del sistema solar primitivo, hace unos 4.500 millones de años. Por eso, para la astrobiología y la ciencia planetaria, Bennu actúa como una auténtica cápsula del tiempo: un depósito de minerales, sales y compuestos orgánicos que apenas han cambiado desde el nacimiento del sistema solar.

Los datos de seguimiento orbital indican que Bennu ha pasado cerca de la Tierra durante alrededor de 1,75 millones de años. La probabilidad de impacto a largo plazo es baja -los cálculos apuntan a una posibilidad de alrededor del 0,037 % para el año 2182-, pero suficiente como para justificar un estudio detallado de su trayectoria y composición.

El material que lo forma procede originalmente de supernovas y nubes moleculares anteriores al Sol. Las explosiones estelares crearon los elementos pesados que, con el tiempo, se condensaron en cuerpos rocosos. Más tarde, colisiones y procesos térmicos fragmentaron esos cuerpos y dieron lugar a asteroides como Bennu, donde ahora se conservan restos de aquella química primordial.

Bennu es, en ese sentido, un laboratorio natural de procesos acuosos y orgánicos que operaron en un cuerpo pequeño pero geológicamente activo. Sus rocas muestran rastros de agua líquida pasada, minerales hidratados y residuos orgánicos que ayudan a reconstruir esa historia.

Representación de la misión OSIRIS-REx y muestras de Bennu

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Para estudiar esta cápsula del tiempo sin los daños de la entrada atmosférica, la NASA lanzó la misión OSIRIS-REx (Orígenes, Interpretación Espectral, Identificación de Recursos y Seguridad), con una meta ambiciosa: tomar muestras directas de Bennu y traerlas intactas a la Tierra.

La nave llegó al asteroide, lo orbitó y en octubre de 2020 realizó una maniobra delicada: tocó la superficie durante unos segundos con un brazo robótico y capturó regolito, es decir, roca y polvo sueltos. El resultado superó las expectativas: se recogieron 121,6 gramos de material.

En 2023, esa carga regresó en una cápsula sellada que aterrizó en el desierto, evitando el calentamiento intenso y la fragmentación que sufren los meteoritos al caer. De esta forma, los científicos obtuvieron por primera vez muestras prístinas de un asteroide rico en carbono, sin las alteraciones que provoca la atmósfera.

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Desde entonces, la NASA ha distribuido pequeñas porciones de ese material a laboratorios de Estados Unidos, Europa y otros países para su análisis. Cada grano se maneja con protocolos de limpieza extremadamente estrictos para minimizar cualquier contaminación terrestre, algo crucial cuando se buscan moléculas delicadas como los aminoácidos.

Según ha subrayado el equipo científico, gracias a OSIRIS-REx se están viendo por primera vez sales frágiles y compuestos orgánicos que normalmente se pierden en los meteoritos. Esto coloca a Bennu en una categoría aparte frente a las rocas espaciales que llegan de manera natural a la superficie de la Tierra.

Del catálogo de aminoácidos al hallazgo del triptófano

Antes de que apareciera el nombre del triptófano, las primeras campañas de análisis ya habían dejado un resultado contundente: en las rocas de Bennu se detectaron 14 de los 20 aminoácidos que usan los seres vivos para construir proteínas, además de las cinco nucleobases biológicas que forman el ADN y el ARN.

En total, en el asteroide se han identificado hasta 33 aminoácidos diferentes, aunque solo una parte de ellos participa en la biología terrestre. La presencia conjunta de aminoácidos y nucleobases en el mismo entorno indica que Bennu albergó los ingredientes básicos tanto de las proteínas como del material genético.

Estudios previos con meteoritos y con las muestras del asteroide Ryugu -devueltas por la agencia espacial japonesa- ya habían mostrado que los cuerpos ricos en carbono son capaces de albergar aminoácidos variados. Sin embargo, la detección de triptófano seguía siendo esquiva: es una molécula compleja, muy sensible al calor, que probablemente no sobrevive bien al paso por la atmósfera.

En el caso de Bennu, el nuevo trabajo publicado en la revista PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences) aplica dos técnicas complementarias a fragmentos de apenas 50 miligramos: la llamada pirólisis de destello y la denominada química húmeda.

La pirólisis de destello consiste en calentar bruscamente la muestra para liberar los compuestos atrapados en la roca. Los gases resultantes se analizan mediante cromatografía y espectrometría, lo que permite identificar su “firma” química. Por su parte, la química húmeda descompone y deriva moléculas orgánicas para estudiar con más detalle sus estructuras internas. Juntas, estas técnicas actúan como una lupa sobre los materiales orgánicos.

El triptófano: un viejo conocido en la biología, un recién llegado en el espacio

Al combinar los datos de ambos métodos, el equipo internacional encontró un conjunto de señales coherentes con la presencia de triptófano en Bennu. Aunque los autores insisten en que hará falta confirmación adicional e independiente, la confianza en el resultado es alta, entre otras cosas porque se ha trabajado con condiciones de limpieza muy estrictas.

El triptófano es uno de los 20 aminoácidos proteicos que utiliza la vida en la Tierra. Se clasifica como aminoácido esencial: nuestro organismo no puede producirlo y debe obtenerlo a través de la dieta, en alimentos como el pavo, los huevos o los lácteos. Además, participa en la síntesis de la serotonina, un neurotransmisor relacionado, entre otras funciones, con el estado de ánimo y el sueño.

Desde el punto de vista químico, el triptófano destaca por su estructura con anillo aromático, que facilita determinadas reacciones y ayuda a estabilizar proteínas. Es, en términos coloquiales, uno de los aminoácidos “grandes y complicados” del repertorio biológico, lo que hace más sorprendente su detección en un entorno tan hostil como un asteroide.

Hasta ahora, este aminoácido solo se había identificado con claridad en ambientes terrestres o en nubes interestelares específicas, como la región IC348 del complejo molecular de Perseo, donde trabajos con datos del telescopio Spitzer han sugerido la presencia de sus firmas espectrales. Encontrarlo ahora en un cuerpo rocoso del sistema solar encaja con la idea de que la química espacial puede producir un menú de moléculas bastante parecido al que utiliza la vida.

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El descubrimiento eleva a 15 el número de aminoácidos formadores de proteínas identificados en Bennu. La lista ya era extensa sin el triptófano, pero su incorporación tiene un valor simbólico y científico especial, porque nunca antes se había observado con esta solidez en material extraterrestre.

Granos de muestra del asteroide Bennu

Una química interna heterogénea: agua, sales y materia orgánica

Los análisis no solo miran qué moléculas hay, sino también cómo están repartidas. Las distintas piedras de Bennu examinadas muestran proporciones muy variadas de orgánicos solubles, orgánicos insolubles, sales y minerales hidratados. Esa diversidad indica que el cuerpo progenitor del asteroide vivió procesos internos complejos.

En términos geológicos, los investigadores hablan de alteración acuosa heterogénea: el agua líquida circuló por el interior del cuerpo original de forma desigual, generando microambientes químicos distintos en regiones separadas. Algunos sectores tuvieron más interacción agua-roca, otros menos, y cada uno dio lugar a mezclas específicas de compuestos.

En estos entornos se han identificado filosilicatos (minerales arcillosos) que solo se forman en presencia de agua, así como amoníaco y diferentes sales. El amoníaco, en particular, se considera un ingrediente clave porque puede actuar como base de nitrógeno y facilitar la síntesis de aminoácidos y nucleobases a partir de moléculas más simples procedentes del medio interestelar.

Esta combinación de sales, agua antigua y compuestos orgánicos encaja bien con lo que se ha visto en condritas carbonáceas, un tipo de meteorito especialmente rico en carbono. La diferencia es que, en el caso de Bennu, el material no ha sido recalentado ni transformado por la entrada atmosférica, lo que preserva mejor las moléculas más frágiles, como el propio triptófano.

Si diferentes zonas del mismo asteroide ofrecen escenarios químicos variados, aumentan las probabilidades de que en alguno de ellos se formen moléculas más complejas. Es como disponer de varios “laboratorios naturales” en miniatura, cada uno probando combinaciones ligeramente distintas.

Aminoácidos zurdos y diestros: lo que Bennu cuenta sobre la simetría de la vida

Otro aspecto relevante de las muestras tiene que ver con la quiralidad, es decir, la “mano” de las moléculas. Muchos aminoácidos pueden existir en dos formas especulares: una versión zurda (L) y una diestra (D). La biología terrestre utiliza casi exclusivamente la forma zurda en sus proteínas, un detalle que sigue siendo uno de los grandes misterios del origen de la vida.

En Bennu, varias de estas moléculas aparecen en mezclas racémicas, con L y D en proporciones similares. Este equilibrio sugiere que, en el entorno prebiótico general del sistema solar, no había una preferencia marcada por una de las dos manos. La asimetría que vemos hoy en los seres vivos tuvo que surgir más tarde, en condiciones específicas que aún se investigan.

Para los estudios sobre el origen de la vida, este resultado es importante porque respalda la idea de que la selección de la quiralidad biológica es un proceso local y posterior, no una propiedad impuesta de forma general por la química espacial. Bennu, en ese sentido, ofrece una fotografía de cómo podría ser el “punto de partida” antes de que aparecieran sistemas vivos capaces de imponer su propia huella.

La presencia conjunta de aminoácidos racémicos, nucleobases y compuestos nitrogenados reactivos refuerza la visión de que la base química de la vida se estaba montando en múltiples etapas, empezando por procesos puramente físico-químicos en cuerpos pequeños como asteroides y cometas.

Varios expertos en geoquímica orgánica han señalado que estas moléculas pueden entenderse como “fósiles químicos”: restos de la química natural que tuvo lugar en los comienzos del sistema solar y que, de algún modo, fue heredada por la biología cuando aparecieron los primeros organismos.

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La hipótesis de la “entrega cósmica” gana fuerza

El conjunto de resultados de Bennu y de otros cuerpos, como Ryugu, se interpreta cada vez más dentro de la llamada hipótesis de la entrega cósmica. Según esta idea, la Tierra primitiva recibió una lluvia prolongada de asteroides y cometas cargados de moléculas orgánicas complejas, agua y sales, que enriquecieron la superficie y los océanos tempranos.

En palabras de algunos investigadores, los asteroides actuaron como un “servicio de reparto de víveres” para la Tierra joven, aportando ingredientes que el planeta quizá habría tardado mucho más en generar por sí solo. No se trata de que la vida llegara ya formada, sino de que los ladrillos básicos se fabricaran en el espacio y se depositaran aquí en grandes cantidades.

El triptófano encaja particularmente bien en este relato. Al ser un aminoácido esencial y relativamente difícil de sintetizar, encontrarlo de forma natural en un asteroide sugiere que la química espacial puede producir componentes avanzados del repertorio biológico. Si moléculas así estaban disponibles en muchos lugares, la aparición de sistemas vivos podría ser menos excepcional de lo que solemos imaginar.

En Europa, instituciones como museos de historia natural y laboratorios universitarios especializados en materiales planetarios y astrobiología participan activamente en el estudio de estas muestras, complementando el trabajo de los centros estadounidenses. Para la comunidad científica europea, Bennu se ha convertido en una referencia obligada a la hora de diseñar futuras misiones de retorno de muestras.

La comparación con otros materiales, como los fragmentos de Ryugu o futuras rocas recogidas en misiones a cometas, permitirá comprobar si esta “cocina espacial” rica en aminoácidos y nucleobases es la norma en el sistema solar o una excepción particularmente favorable.

Qué pasos vienen ahora en el estudio de Bennu

La identificación del triptófano no cierra el caso, sino que abre varias líneas de trabajo. En primer lugar, distintos equipos realizarán análisis independientes con protocolos de limpieza aún más exigentes para confirmar de manera definitiva que la señal detectada corresponde a este aminoácido y no a otra molécula parecida.

En paralelo, se está intentando cartografiar la diversidad interna de Bennu, relacionando la presencia de determinados compuestos orgánicos con tipos concretos de minerales y texturas de la roca. El objetivo es reconstruir la historia acuosa y térmica del cuerpo progenitor para entender en qué condiciones exactas se formaron las moléculas detectadas.

Otra línea clave consiste en comparar el inventario químico de Bennu con el de otros asteroides y meteoritos ricos en carbono. Si aparecen patrones repetidos -por ejemplo, combinaciones típicas de aminoácidos y nucleobases-, será más fácil identificar qué procesos son comunes y cuáles dependen de la historia particular de cada cuerpo.

A más largo plazo, una parte de las muestras se guardará en reservas especiales para que futuras generaciones de investigadores puedan analizarlas con técnicas que todavía no existen. Este enfoque, ya aplicado con rocas lunares y otras colecciones, reconoce que la capacidad de medir moléculas ultrafrágiles mejora cada década.

Mientras tanto, cada gramo de Bennu almacenado en centros especializados funciona como una cápsula del tiempo química, disponible para responder nuevas preguntas conforme avanza la tecnología. El triptófano es, por ahora, la estrella mediática, pero no se descarta que aparezcan otros compuestos igual de llamativos cuando se exploren por completo los datos.

La imagen que va tomando forma es la de un sistema solar temprano en el que pequeños cuerpos rocosos ya albergaban aguas internas, sales y una sorprendente diversidad de moléculas orgánicas, entre ellas aminoácidos esenciales. Bennu, con su triptófano y su mezcla racémica de moléculas, sugiere que los ingredientes clave para la vida no necesitan océanos ni atmósferas para empezar a organizarse: pueden surgir en la oscuridad del espacio y viajar durante millones de años hasta encontrar un planeta capaz de aprovecharlos.

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