Suspenden megaproyecto de hidrógeno verde en Atacama tras presión de la comunidad astronómica

Última actualización: 25/01/2026
Autor: Isaac
  • La empresa AES Andes retira el proyecto INNA de hidrógeno verde en el norte de Chile, valorado en 10.000 millones de dólares.
  • El complejo iba a levantarse a pocos kilómetros del Observatorio Paranal, referente mundial de la astronomía y principal instalación terrestre europea.
  • La comunidad científica y el ESO alertaron de impactos "devastadores e irreversibles" por contaminación lumínica, vibraciones y polvo.
  • Aunque se cancela INNA, Chile mantiene su apuesta estratégica por el hidrógeno verde como vector energético de futuro.

Central energética en desierto de Atacama

La decisión de frenar un megaproyecto energético en pleno desierto de Atacama ha reavivado el debate global sobre cómo compatibilizar la transición ecológica con la protección de la investigación científica de primer nivel. Tras meses de críticas y advertencias desde la comunidad astronómica internacional, la compañía AES Andes ha optado por abandonar el desarrollo de INNA, una gigantesca planta de hidrógeno y amoniaco verde en el norte de Chile.

El plan, con una inversión prevista cercana a los 10.000 millones de dólares y una superficie superior a las 3.000 hectáreas, se había convertido en un foco de preocupación para los observatorios vecinos. La proximidad al Observatorio Paranal, una de las joyas de la astronomía terrestre europea, encendió todas las alarmas entre científicos, instituciones y centros de investigación de medio mundo.

Un giro estratégico de AES Andes en plena carrera por las renovables

Instalaciones de energía renovable en Chile

La filial de la estadounidense AES Corp comunicó que renuncia formalmente a la ejecución del proyecto INNA tras revisar en detalle su cartera de iniciativas. Según explicó la empresa, la prioridad pasa ahora por reforzar otros desarrollos de energías renovables y soluciones de almacenamiento, en línea con las directrices marcadas desde su matriz en Estados Unidos.

En su nota pública, AES Andes subrayó que esta decisión no supone en absoluto un cuestionamiento del hidrógeno verde como pilar de la descarbonización de Chile. La compañía insistió en que seguirá explorando nuevas tecnologías y proyectos que encajen mejor con las condiciones de mercado y con sus objetivos de creación de valor a largo plazo en la región.

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Resulta llamativo que, pese al fuerte rechazo científico, la empresa evitó hacer referencia directa a la polémica astronómica en sus comunicados oficiales. El discurso corporativo se centró en argumentos de reordenación interna y optimización de inversiones, mientras las cartas abiertas de astrónomos y académicos circulaban con fuerza en foros especializados de Europa y América.

En la documentación ambiental del proyecto, AES Andes detallaba que la planta podría integrar parques solares, instalaciones eólicas y grandes sistemas de baterías para abastecer de electricidad tanto al complejo industrial como a la red del país. Ese despliegue, de materializarse a pocos kilómetros de Paranal, era precisamente uno de los puntos más sensibles para los defensores de los cielos oscuros.

Un gigante del hidrógeno verde a las puertas del Observatorio Paranal

Observatorio astronómico en el desierto de Atacama

INNA estaba concebido como uno de los mayores complejos de hidrógeno verde de América Latina. Sobre una superficie de más de 3.000 hectáreas en la Región de Antofagasta, en pleno corazón del desierto de Atacama y muy cerca de la ciudad del mismo nombre, la planta iba a producir hidrógeno y amoniaco verde a gran escala para exportación y consumo interno.

La ubicación elegida situaba las instalaciones entre cinco y once kilómetros del Observatorio Paranal, operado por el Observatorio Europeo Austral (ESO, por sus siglas en inglés). Este centro alberga, entre otros instrumentos, el Very Large Telescope (VLT), considerado el telescopio óptico terrestre más avanzado del planeta y pieza clave de la infraestructura científica europea en el hemisferio sur.

El ESO seleccionó el desierto de Atacama tras décadas de estudios, al tratarse de una de las zonas con cielos más limpios, secos y oscuros del mundo, condiciones excepcionales para observar el universo en longitudes de onda visibles e infrarrojas. Cualquier alteración significativa de ese entorno, advirtieron, puede comprometer décadas de inversión europea y latinoamericana en instalaciones únicas.

La principal preocupación no se limitaba al tamaño del complejo industrial, sino a su efecto acumulado: iluminación permanente, infraestructuras de acceso, maquinaria pesada y posibles ampliaciones futuras. Para la comunidad astronómica, colocar un proyecto de ese calibre a tan poca distancia de Paranal suponía asumir un riesgo difícilmente justificable.

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Alertas de impacto «devastador, irreversible y no mitigable»

El Observatorio Europeo Austral fue especialmente contundente en sus informes y comunicaciones públicas. Según la organización intergubernamental, el proyecto INNA podía generar un deterioro severo e irreversible de la calidad del cielo nocturno y de la estabilidad del entorno donde operan los telescopios.

Entre los efectos señalados destacaban el aumento de la contaminación lumínica asociada a plantas industriales, carreteras, almacenes y equipamiento de seguridad; el incremento de las vibraciones en el suelo debidas al tránsito de vehículos pesados y actividad constructiva; y una mayor turbulencia atmosférica por cambios locales en la temperatura y el flujo de aire.

Otro punto crítico era la emisión de polvo en suspensión, especialmente relevante en una región extremadamente seca donde la vegetación apenas actúa como barrera natural. Ese polvo puede dispersar la luz artificial y natural, reducir la transparencia del cielo y acelerar el desgaste de las superficies ópticas de los telescopios, con el consiguiente aumento de costes de mantenimiento.

Las advertencias del ESO se vieron reforzadas por cartas firmadas por astrónomos, científicos y académicos de numerosos países, que coincidieron en calificar el impacto potencial de «devastador» y difícilmente compensable. En esos documentos se reclamaba a las autoridades chilenas y a la propia compañía energética una reconsideración profunda del emplazamiento.

El caso fue ganando peso en el debate internacional sobre la protección de los observatorios de primer nivel, un asunto seguido con atención desde Europa, donde una parte sustancial de la investigación astronómica depende de instalaciones situadas en el hemisferio sur como Paranal o La Silla. La posibilidad de perder parte de esa ventaja competitiva generó inquietud entre agencias, universidades y consorcios científicos europeos.

Chile, laboratorio global del hidrógeno verde y sus dilemas

Más allá de la polémica concreta, la renuncia a INNA no altera que Chile siga considerado uno de los países punteros en hidrógeno verde. Con alrededor de 4.200 kilómetros de costa, un enorme potencial eólico y solar y espacio disponible para proyectos de gran escala, el país andino se ha posicionado como candidato a gran exportador de este vector energético hacia Europa y Asia.

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El hidrógeno verde, obtenido mediante electrólisis del agua usando energías renovables, se percibe como una pieza clave para sustituir combustibles fósiles en sectores difíciles de electrificar directamente, como la industria pesada, el transporte marítimo o ciertos usos químicos. Gobiernos y empresas europeas han puesto el foco en socios que puedan suministrar volúmenes significativos en las próximas décadas, y Chile figura en los primeros puestos de esa lista.

El caso de INNA ilustra, sin embargo, que no todos los emplazamientos son adecuados para proyectos de este tipo, por muy estratégicos que sean desde el punto de vista energético. La compatibilidad con otros usos del territorio —en este caso, la astronomía de vanguardia— se ha convertido en un criterio ineludible para evitar conflictos ambientales, sociales y científicos.

Para Europa, que impulsa su propia agenda de hidrógeno renovable, la experiencia chilena ofrece lecciones aplicables a futuros acuerdos de cooperación. La necesidad de conciliar objetivos climáticos, seguridad de suministro y protección de infraestructuras científicas y ecosistemas frágiles se repite en distintos continentes, desde los desiertos americanos hasta las islas atlánticas o las altas cumbres canarias.

La propia AES Andes ha dejado claro que continuará evaluando tecnologías y soluciones innovadoras que encajen mejor en ese equilibrio. La clave, según apuntan expertos consultados en el ámbito energético europeo, será priorizar superficies ya degradadas o zonas industriales consolidadas frente a enclaves de alto valor científico o ambiental.

La retirada del megaproyecto INNA se ha convertido así en un ejemplo de cómo la presión coordinada de la comunidad científica internacional puede influir en grandes inversiones vinculadas a la transición ecológica. El mensaje de fondo apunta a que la lucha contra el cambio climático y el despliegue de renovables deben avanzar sin arrasar otros activos estratégicos, como el acceso a un cielo oscuro y estable que permita seguir desvelando los secretos del universo.

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