- Los murciélagos son los únicos mamíferos capaces de volar activamente y combinan alas altamente articuladas con sensores en la piel y ecolocalización para un vuelo preciso.
- Poseen un sistema inmunitario y mecanismos anticáncer excepcionales, con genes como p53 y una regulación especial de la telomerasa que favorecen longevidad y tolerancia a virus.
- Actúan como superhéroes ambientales al controlar plagas de insectos, dispersar semillas, polinizar cultivos clave y aportar moléculas de interés médico como la draculina.
- Un 20 % de las especies está amenazado por pérdida de hábitat, contaminación lumínica e infraestructuras, por lo que su conservación requiere información, respeto y medidas específicas.

Cuando piensas en murciélagos, es fácil que te vengan a la cabeza vampiros, cuevas oscuras y películas de terror, pero la realidad científica es muchísimo más interesante que cualquier leyenda. Detrás de esas alas negras se esconden auténticos “superpoderes” biológicos que la ciencia está empezando a descifrar con detalle.
Estos mamíferos voladores combinan un vuelo acrobático insuperable, una orientación finísima en la oscuridad y una salud casi blindada frente al cáncer y muchas infecciones. Además, cumplen un papel clave en los ecosistemas y en nuestra propia vida diaria, aunque la mayoría de la gente ni se dé cuenta cuando los ve revolotear al anochecer.
El único mamífero que realmente vuela
Los murciélagos son los únicos mamíferos capaces de volar de forma activa y sostenida, no simplemente planear como hacen otras especies. Dentro del grupo de los mamíferos forman el orden Chiroptera, palabra que procede del griego “cheir” (mano) y “pteron” (ala), una pista clara de cómo están construidas sus extremidades.
Sus alas son, en esencia, manos muy modificadas con cuatro dedos alargados y un pulgar libre, unidos por una delicada membrana de piel. Esa piel flexible se tensa entre los huesos de los dedos y el cuerpo, creando una superficie de vuelo tremendamente maniobrable, mucho más versátil que el ala de un ave, que cuenta con muchas menos articulaciones.
En el mundo existen alrededor de 1.400 especies de murciélagos distribuidas por casi todo el planeta, con la excepción de las regiones polares y algunos entornos especialmente extremos. En la Península Ibérica se han identificado 35 especies, todas insectívoras, que juegan un papel fundamental en el control de plagas nocturnas.
Incluso el nombre común “murciélago” tiene historia: procede de la deformación de “murciégalo”, que a su vez venía de los términos latinos “muris” (ratón) y “caeculus” (diminutivo de ciego). De ahí la famosa idea del “ratón ciego”, aunque, como veremos, ni son ratones ni son ciegos.
Las alas de los murciélagos albergan músculos especiales incrustados en la propia piel, lo que les permite cambiar la forma del ala a una velocidad y precisión que ningún dron ni avión pueden imitar. Esta capacidad hace posible unos giros cerradísimos, aceleraciones instantáneas y un control del vuelo digno de auténticos acróbatas del aire.

Dinámica pasiva, piel superpoderosa y pelitos sensores
El vuelo de los murciélagos no depende solo de lo que “decide” su cerebro, sino de una combinación finísima entre la musculatura de las alas y lo que se denomina “dinámica pasiva”. Es decir, gran parte de los ajustes que realizan en pleno vuelo se han afinado durante millones de años de evolución y se ejecutan casi por instinto.
Las articulaciones de sus alas se parecen mucho a las de una mano humana, pero con una capacidad de plegado y giro alucinante. Pueden doblar, retorcer y extender cada segmento del ala de maneras muy distintas, aprovechando las corrientes de aire y reduciendo el gasto energético mientras realizan maniobras que, a simple vista, parecen imposibles.
La piel de las alas, finísima pero resistente, está fuertemente unida a los músculos subyacentes, de forma que cada contracción se traduce directamente en un cambio en la superficie de vuelo. Este “acoplamiento” tan íntimo entre músculo y piel es una auténtica obra maestra de ingeniería biológica que aún intentan imitar los diseñadores de drones y microvehículos aéreos.
Sobre esa piel se distribuyen pequeños pelos que, lejos de ser un simple detalle estético, actúan como sofisticados sensores del aire. Detectan cambios mínimos en la velocidad del viento, la dirección de las corrientes, la temperatura o la humedad, y transmiten esa información al sistema nervioso del murciélago en tiempo real.
Gracias a estos pelillos y a la estructura del ala, el murciélago ajusta su patrón de vuelo prácticamente al instante, adaptándose a turbulencias, obstáculos o presas que aparecen de repente. Su danza aérea nocturna, que parece caótica, es en realidad una coreografía hiperprecisa dictada por miles de microajustes por segundo.

Ecolocalización: ver con el sonido y algo más
Uno de los grandes “superpoderes” del murciélago es la ecolocalización, un sonar biológico tremendamente sofisticado. Aunque muchas especies ven peor que nosotros y solo en blanco y negro, han desarrollado la capacidad de “ver” con el oído gracias a ultrasonidos que emiten a gran frecuencia.
El mecanismo es fascinante: emiten chillidos de alta frecuencia, inaudibles para el oído humano, que rebotan en los objetos y regresan en forma de eco. Analizando el tiempo que tarda en llegar ese eco, su intensidad y sus pequeñas variaciones, el murciélago calcula la distancia, el tamaño, la forma e incluso el movimiento de lo que tiene alrededor.
Este sistema es tan fino que algunas especies pueden detectar algo tan diminuto como un cabello humano en el aire y distinguir diferencias de unos pocos microsegundos entre ecos sucesivos. Eso les permite atrapar insectos al vuelo en completa oscuridad, esquivar ramas y cables o moverse por cuevas estrechísimas sin tocar nada.
Aunque el dicho popular asegura que los murciélagos son ciegos, la ciencia ha demostrado que no es así. La mayoría ve razonablemente bien, algunas especies tienen ojos grandes y buena visión diurna, y se ha descubierto que ciertos murciélagos son capaces de percibir la luz polarizada del sol, algo muy poco común entre mamíferos.
Para orientarse en trayectos largos, los murciélagos combinan varias “herramientas” sensoriales: su visión normal, la ecolocalización en zonas conocidas, una especie de brújula magnética que detecta el campo magnético terrestre y la capacidad de usar la polarización de la luz solar al atardecer para ajustar esa brújula interna.
Vivir boca abajo y despegar dejándose caer
Otra de las imágenes típicas de los murciélagos es la de una colonia colgada boca abajo del techo de una cueva o el alero de un edificio. Esta postura, que a nosotros nos parecería incomodísima, tiene mucha lógica desde el punto de vista energético y de seguridad.
Sus alas no generan suficiente empuje para despegar cómodamente desde el suelo, porque sus huesos no son tan huecos ni tan ligeros como los de las aves. Por eso les resulta mucho más eficiente iniciar el vuelo desde una posición elevada: simplemente se dejan caer y, en la caída, abren las alas y comienzan a batirlas.
Colgarse boca abajo les permite engancharse a la superficie con un mínimo esfuerzo muscular, aprovechando la forma de sus tendones y articulaciones. Una vez “colgados”, pueden descansar, dormir o pasar el día refugiados sin gastar prácticamente energía en mantenerse en esa posición.
Además, esta postura elevada y oculta ofrece una protección extra frente a depredadores terrestres. La mayoría de animales que podrían amenazarlos se mueven por el suelo, así que estar en lo alto de cuevas, árboles o edificios les da una ventaja clara.
Su costumbre de refugiarse durante el día en lugares oscuros y tranquilos, y salir a alimentarse por la noche, ha alimentado muchas leyendas y miedos infundados. Sin embargo, ese estilo de vida nocturno está perfectamente adaptado a sus capacidades sensoriales y al nicho ecológico que ocupan.

Superhéroes ambientales: control de plagas, polinización y semillas
Más allá de la fascinación científica, los murciélagos son aliados silenciosos de la agricultura y la biodiversidad y, en última instancia, de nuestra calidad de vida. Si ves murciélagos sobrevolando un campo al anochecer, estás presenciando a uno de los mejores insecticidas naturales que existen.
Cerca del 70 % de las especies de murciélagos conocidas son insectívoras y tienen un apetito descomunal. Algunas pueden ingerir más de 1.200 mosquitos en una sola hora y consumir, en una noche, una cantidad de insectos equivalente a su propio peso. Imagina el ahorro que eso supone en pesticidas químicos y el beneficio para la salud pública. Además, actúan como controladores de plagas naturales en muchos ecosistemas.
En regiones tropicales y subtropicales, muchas especies se alimentan de frutos y actúan como eficaces dispersores de semillas. Al comer frutas y desplazarse largas distancias, distribuyen semillas a través de sus excrementos, favoreciendo la regeneración de bosques en zonas degradadas o deforestadas.
El guano de murciélago, conocido también como murcielaguina, se recolecta en algunos lugares y se vende como fertilizante natural de gran calidad. Es rico en nutrientes y mejora la estructura del suelo, por lo que está muy valorado por agricultores y jardineros.
Otros murciélagos se especializan en el consumo de néctar y polinizan flores de gran importancia económica y ecológica. Plátanos, mangos, agaves utilizados para producir bebidas como el tequila, durianes y muchas otras plantas dependen, en parte, de estos polinizadores nocturnos.
Murciélagos hematófagos, draculina y medicina
Solo tres especies de murciélagos en todo el mundo se alimentan de sangre, y lo hacen principalmente de ganado y otros animales, no de humanos. Su mala fama es muy exagerada si tenemos en cuenta lo puntuales que son estos casos dentro del conjunto del grupo.
La saliva de estos murciélagos contiene una proteína anticoagulante llamada draculina que impide que la sangre coagule mientras se alimentan. Lejos de ser únicamente algo inquietante, esta molécula ha despertado un enorme interés en medicina.
La draculina se utiliza ya en el desarrollo de tratamientos para determinadas enfermedades cardiovasculares, donde es necesario evitar la formación de coágulos o mejorar la circulación sanguínea. Incluso los murciélagos con peor prensa acaban siendo beneficiosos para nuestra salud.
Este es un buen ejemplo de cómo muchas adaptaciones aparentemente “extrañas” de los murciélagos esconden soluciones biológicas de enorme potencial biomédico. La naturaleza lleva millones de años ensayando mecanismos que ahora empezamos a entender y aprovechar.
Un sistema inmunitario fuera de serie y una longevidad sorprendente
Uno de los rasgos que más intrigan a los investigadores es la extraordinaria salud de muchos murciélagos a lo largo de su vida. Pese a su pequeño tamaño —algunos pesan apenas unos gramos—, ciertas especies pueden vivir varias décadas, algo desproporcionado si se compara con otros mamíferos de tamaño similar.
Se han documentado murciélagos que alcanzan fácilmente los 20 o 25 años en libertad, una longevidad que en términos humanos equivaldría, aproximadamente, a vivir más de 150 o 180 años. Y lo más llamativo es que apenas se observan tumores en poblaciones viejas, ni en la naturaleza ni en cautividad.
Su capacidad para albergar virus potencialmente letales para otras especies, incluido el ser humano, sin enfermar gravemente ha llamado la atención de virólogos e inmunólogos. Los murciélagos parecen haber desarrollado una relación “tolerante” con muchos patógenos.
El vuelo es una de las claves de esta historia: volar exige un metabolismo disparado, con las mitocondrias trabajando al máximo y generando gran cantidad de radicales libres. En la mayoría de mamíferos, esta situación dañaría el ADN y dispararía procesos de envejecimiento e inflamación, pero en los murciélagos sucede justo lo contrario.
A lo largo de millones de años, han evolucionado mecanismos muy eficaces para neutralizar los radicales libres, reparar el ADN y controlar la inflamación crónica. Ese “entrenamiento” celular asociado al vuelo extremo habría afinado su sistema inmunitario hasta niveles espectaculares.
Los secretos genéticos: genomas exquisitos y virus fosilizados
Para entender de dónde salen estos superpoderes, un consorcio internacional de científicos, Bat1K, se ha propuesto secuenciar los genomas de todas las especies de murciélagos vivas. Como primer paso, han generado genomas de altísima calidad de seis especies, mucho más completos que cualquier secuencia disponible hasta hace poco.
Estos “genomas exquisitos” permiten analizar con lupa las regiones asociadas al vuelo, la ecolocalización, la respuesta inmune o la reparación del ADN. El objetivo es identificar qué soluciones genéticas han desarrollado los murciélagos y cómo podrían inspirar terapias para enfermedades humanas.
Los genomas de los mamíferos guardan un curioso archivo histórico: fragmentos de virus antiguos integrados en su ADN, llamados elementos virales endógenos. Son como fósiles moleculares que cuentan la historia de infecciones pasadas y de la relación entre virus y anfitriones a lo largo de millones de años.
En los genomas de murciélagos se ha encontrado una sorprendente diversidad de retrovirus endógenos, algunos nunca vistos en otros mamíferos. Esto indica que han estado expuestos a una gran variedad de virus complejos, incluidos tipos relacionados con inmunodeficiencias y leucemias.
El hecho de que hayan sobrevivido a esas oleadas de infecciones y que su ADN conserve huellas de tantos virus apunta a una tolerancia histórica excepcional. Entender cómo han manejado esas interacciones podría ayudar a mejorar la vigilancia de enfermedades zoonóticas y el desarrollo de estrategias preventivas.
Longevidad y anticáncer: el papel del p53 y la telomerasa
Investigadores de la Universidad de Rochester han analizado en detalle los “superpoderes” anticáncer de varias especies de murciélagos, como el murciélago marrón enano, el marrón grande, el nectarívoro de cavernas y el frugívoro de Jamaica.
Un hallazgo clave es el papel del gen supresor de tumores p53, conocido también en humanos por su importancia en la prevención del cáncer. Algunas especies de murciélagos, como el marrón enano, tienen dos copias de este gen y presentan niveles muy altos de actividad de p53.
El p53 ayuda a eliminar células dañadas o potencialmente cancerosas mediante un proceso llamado apoptosis, algo así como un “suicidio programado” de las células defectuosas. En humanos, mutaciones en este gen están implicadas en aproximadamente la mitad de los cánceres conocidos.
El equilibrio, sin embargo, es delicado: demasiada actividad de p53 podría destruir células sanas en exceso, acelerando el envejecimiento. Los murciélagos parecen haber ajustado ese punto justo, manteniendo una defensa potente contra los tumores sin provocar daños colaterales importantes.
También se ha estudiado la telomerasa, una enzima que mantiene los telómeros, las “tapas” de los extremos de los cromosomas. En murciélagos, ciertas expresiones de telomerasa permiten que las células se multipliquen sin caer tan pronto en senescencia replicativa, el estado en el que dejan de dividirse.
Esto está relacionado con una menor inflamación asociada a la edad y puede contribuir a la longevidad. En principio, una mayor capacidad de multiplicación celular podría favorecer el cáncer, pero la vigilancia reforzada de p53 y otras defensas inmunes lo compensan y mantienen a raya los tumores.
Curiosamente, las células de murciélagos no son “inmunes” por naturaleza a transformarse en cancerosas. Los estudios muestran que pueden volverse malignas con relativamente pocos pasos oncogénicos, pero los mecanismos supresores de tumores son tan robustos que detienen el proceso antes de que prospere.
Un árbol evolutivo lleno de sorpresas
El análisis de los nuevos genomas también ha permitido aclarar mejor el lugar de los murciélagos dentro del gran árbol de los mamíferos. Comparando sus secuencias con las de otras 42 especies, se ha visto que están emparentados de forma cercana con un grupo llamado Ferreungulata.
Este grupo incluye carnívoros como perros, gatos o focas, pangolines, ballenas y distintos ungulados (mamíferos con pezuñas). Aunque a primera vista un murciélago no se parece a un delfín ni a una vaca, sus genomas cuentan una historia evolutiva común más reciente de lo que podría parecer.
La evolución del vuelo, la ecolocalización y la tolerancia viral en murciélagos representa una de las transformaciones más radicales documentadas en mamíferos. Se cree que sus antepasados eran pequeños mamíferos insectívoros terrestres que corrían a cuatro patas hace más de 50 millones de años.
Con el tiempo, el desarrollo progresivo de membranas entre los dedos, cambios en el esqueleto y adaptaciones metabólicas fue dando lugar a animales cada vez más especializados en el aire. El resultado final es un linaje completamente distinto a cualquier otro, con capacidades que rozan lo increíble.
Hoy, aproximadamente una quinta parte de todas las especies de mamíferos conocidas son murciélagos. Desde diminutos insectívoros que cabrían en tu mano y pesarían como un abejorro, hasta grandes zorros voladores que superan el kilo de peso y alcanzan envergaduras de casi dos metros.
Impacto humano: miedo, mala fama y necesidad de conservación
Pese a todo este despliegue de superpoderes y beneficios ecológicos, los murciélagos siguen generando miedo o rechazo en muchas personas. Su actividad nocturna, sus vuelos rápidos y su asociación con historias de terror han contribuido a una mala fama injustificada.
Actualmente se estima que alrededor del 20 % de las especies de murciélagos del mundo están amenazadas. Su baja tasa reproductiva —suelen tener muy pocas crías al año— dificulta mucho la recuperación de las poblaciones cuando sufren un descenso.
Entre las principales amenazas están la pérdida y fragmentación de bosques, la destrucción de refugios naturales como cuevas y árboles viejos y las perturbaciones humanas en sus colonias. Si se les molesta durante la hibernación o la cría, pueden gastar reservas de energía críticas o abandonar a las crías.
La contaminación lumínica altera sus patrones de actividad nocturna y los expone más a depredadores. El uso intensivo de insecticidas les roba su principal fuente de alimento y puede intoxicarlos de forma directa.
Incluso infraestructuras consideradas verdes, como los grandes parques eólicos, pueden convertirse en trampas mortales si no se diseñan y gestionan adecuadamente. Las palas de los aerogeneradores pueden golpear a los murciélagos durante su vuelo nocturno, causando mortalidad significativa en determinadas zonas.
Qué podemos hacer para ayudar a los murciélagos
La buena noticia es que cualquier persona puede aportar su granito de arena para proteger a estos animales, empezando por informarse bien y abandonar mitos que solo generan odio y persecución injustificada.
Si un murciélago entra en casa por la noche y está volando, lo más recomendable es apagar las luces y cerrar las puertas interiores, dejando solo una ventana o salida al exterior abierta. El animal, guiado por su ecolocalización, encontrará la salida sin agobios.
Si es de día y el animal está quieto o en el suelo, conviene recogerlo con mucho cuidado usando siempre guantes, colocarlo en una caja con ventilación, un paño donde pueda colgarse y un pequeño recipiente de agua. Al caer la noche, se abre la caja cerca de una ventana o balcón para que pueda marcharse.
Si detectas una colonia cerca de tu vivienda o en algún edificio cercano, no es motivo de alarma inmediata. Su presencia suele ir acompañada de una notable reducción de insectos. En caso de duda, lo mejor es contactar con organizaciones especializadas, como SECEMU en España, que pueden asesorar sobre cómo actuar sin dañar a los animales.
La divulgación y la ciencia ciudadana también juegan un papel importante. Participar en proyectos de conteo, seguimiento acústico o protección de refugios ayuda a recopilar datos esenciales para su conservación. Como dice la frase atribuida a David Attenborough, “conocer es conservar”.
Cada año, el 17 de abril se celebra el Día de Apreciación de los Murciélagos, una fecha pensada para recordar su valor ecológico, visibilizar los esfuerzos de conservación y cambiar la percepción pública hacia estos animales.
Contemplar todo lo que esconden sus alas negras —desde sus proezas de vuelo hasta su resistencia al cáncer y a los virus— cambia por completo la forma en que los miramos. No son criaturas siniestras, sino algunos de los mamíferos más fascinantes y útiles del planeta, y cuidarlos es, en realidad, cuidarnos también a nosotros.