- La inteligencia artificial podría disparar la productividad empresarial un 0,68% anual durante la próxima década.
- El modelo de 'flexiseguridad' danés se perfila como la mejor opción para proteger al trabajador sin frenar la innovación.
- Europa necesita urgentemente desarrollar su propia tecnología y centros de datos para no depender de potencias extranjeras.
- Aghion defiende que la creación de nuevos empleos derivados de la eficiencia compensará la automatización de tareas.
La ciudad de Barcelona se ha convertido estos días en el epicentro del debate económico global con la visita de Philippe Aghion, flamante Nobel de Economía. El experto ha aterrizado en la capital catalana para participar en unas jornadas donde el tema estrella, como no podía ser de otra forma, ha sido el impacto real que tendrá la inteligencia artificial en nuestro día a día y, sobre todo, en los bolsillos de las empresas y ciudadanos. Durante sus intervenciones en el Cercle d’Economia, Aghion ha dejado claro que, aunque hay que andar con pies de plomo, el horizonte que dibuja esta tecnología es de todo menos sombrío.
El economista no se ha andado con rodeos y ha puesto cifras sobre la mesa que invitan a un optimismo moderado pero sólido. Según sus propios cálculos, que no son moco de pavo, la inteligencia artificial tiene el potencial de sumar un 0,68% anual a la productividad de nuestras empresas durante al menos diez años. Es una cifra que se asemeja bastante a lo que vivimos en su día con las etapas de la revolución industrial o incluso con las grandes transformaciones industriales del siglo pasado. La clave de todo este tinglado reside en cómo se automaticen las tareas, permitiendo que la producción de bienes y servicios sea mucho más ágil de lo que es ahora mismo.
La destrucción creativa y el mercado laboral que viene
Uno de los puntos que más escuece cuando se habla de máquinas y algoritmos es, lógicamente, el empleo. Aghion, siguiendo la estela de la famosa «destrucción creativa» de Schumpeter, defiende que, aunque se perderán puestos, la IA generará una demanda mayor de nuevos perfiles gracias a que las empresas serán más competitivas. Al final del día, si una compañía funciona mejor y vende más, va a necesitar gente. Eso sí, el Nobel advierte que no podemos dejar a nadie en la estacada y sugiere que Europa debería mirar de reojo el modelo de «flexiseguridad» de Dinamarca, donde se facilita la contratación pero se mima al trabajador que se queda temporalmente en el paro.
Lo que está claro es que el mercado de trabajo va a sufrir un meneo importante. El experto señala que profesiones que requieren contacto humano, como la enfermería o los trabajos manuales especializados, van a ganar un peso brutal. De hecho, comenta que las habilidades blandas y las humanidades van a ser el refugio seguro frente a la automatización, similar a cómo la IA para detectar el cáncer de mama complementa la labor médica sin sustituir la humanidad del profesional. Curiosamente, Aghion es partidario de mantener la inteligencia artificial un poco al margen de las aulas escolares para que los chavales sigan cultivando el pensamiento crítico y la creatividad pura, algo que de momento a los robots se les resiste un poco.
Soberanía tecnológica y el peligro de la sobrerregulación
En cuanto al papel de la Unión Europea, el Nobel ha dado un pequeño tirón de orejas a las instituciones. Cree que es fundamental que el viejo continente se ponga las pilas para lograr una autonomía estratégica real, lo que implica fabricar nuestros propios semiconductores y tener centros de datos en suelo europeo. Ahora mismo dependemos demasiado de lo que se cocina en Estados Unidos, China o India, y esto requiere que la Unión Europea tome medidas drásticas para no quedar rezagada en la economía mundial.
Por otro lado, ha lanzado un aviso para navegantes sobre el exceso de leyes. Aunque está a favor de que existan reglas de juego claras, teme que si en Europa nos pasamos de frenada con normativas de mil páginas, las empresas punteras terminen haciendo las maletas hacia lugares con menos trabas. Aghion prefiere un ecosistema que fomente el ensayo y el error, evitando que el continente sea un mero títere tecnológico y permitiendo que la gente pueda prosperar y generar riqueza, algo que también ayudaría a financiar una transición energética mucho más rápida gracias a la eficiencia que aporta la propia tecnología.
El camino que tenemos por delante con la inteligencia artificial se presenta como una oportunidad de oro para reenganchar a Europa al tren de la competitividad global, siempre y cuando sepamos jugar bien nuestras cartas. No se trata solo de meter máquinas en las fábricas, sino de construir las instituciones adecuadas que permitan que este aumento de la eficiencia se traduzca en un bienestar generalizado. Si conseguimos que el sistema sea inclusivo y evitamos que la burocracia ahogue el talento, la IA no será una amenaza, sino el motor que impulse una nueva era de crecimiento económico sostenible y con rostro humano.