Motivos del sadfishing online y su impacto en la salud mental

Última actualización: 08/02/2026
Autor: Isaac
  • El sadfishing consiste en exponer el propio sufrimiento en redes para obtener atención, consuelo o validación emocional.
  • Sus principales motivos son la búsqueda de aprobación, la soledad, la regulación emocional y, en algunos casos, rasgos de personalidad vulnerables.
  • Este comportamiento puede generar dependencia de la reacción externa, baja autoestima, ciberacoso y trivialización de problemas de salud mental.
  • Comprender el contexto y la frecuencia de estas publicaciones es clave para diferenciar una petición genuina de ayuda de una estrategia de atención poco saludable.

motivos del sadfishing online

Las redes sociales se han convertido en un escaparate permanente de lo que sentimos, y no solo de los momentos felices. Cada vez es más frecuente encontrarnos con vídeos de personas llorando en TikTok, textos larguísimos en Instagram contando una ruptura o hilos en X donde alguien narra una crisis personal al detalle. Detrás de muchas de estas publicaciones no solo hay necesidad de desahogo, sino también un intento claro de conseguir apoyo, atención o validación.

A este patrón de mostrar el propio malestar de forma pública para suscitar consuelo se le ha puesto nombre: sadfishing. Es un fenómeno complejo, muy ligado a la salud mental, a la cultura digital y a la forma en que hoy construimos nuestra autoestima a base de reacciones, comentarios y “me gusta”. Entender los motivos del sadfishing online pasa por mirar a la vez a la psicología individual, al diseño de las plataformas y a un contexto social donde la vulnerabilidad se ha vuelto visible, compartible y, a veces, rentable.

Qué es exactamente el sadfishing y de dónde sale el término

El concepto sadfishing aparece por primera vez en 2019 de la mano de la escritora Rebecca Reid, que lo utiliza para describir la conducta de publicar problemas emocionales en internet con el fin de despertar compasión o atención masiva. El término mezcla “sad” (triste) y “fishing” (pescar), y juega con la expresión “catfishing”, que se refiere a crear identidades falsas en redes para engañar o manipular.

Cuando hablamos de sadfishing no nos referimos a compartir emociones de forma sincera en redes —algo completamente legítimo—, sino a un uso más estratégico, exagerado o reiterado del sufrimiento personal. El objetivo principal no es solo desahogarse, sino atraer miradas, apoyo público y reacciones que actúan como un potente refuerzo social.

En la práctica, el sadfishing suele seguir un esquema bastante reconocible: la persona publica un contenido muy cargado de tristeza, culpa, soledad o desesperanza, normalmente con pocos detalles concretos pero con alta carga emocional, y a continuación espera la avalancha de comentarios, mensajes privados, likes y muestras de apoyo. Esa respuesta se convierte en el “anzuelo” que hace que esa forma de expresarse se repita.

Es importante subrayar que quien recurre al sadfishing no siempre siente el dolor en la intensidad que transmite. A veces hay una amplificación consciente del malestar, otras veces se dramatiza sin llegar a ser del todo falso. También puede ocurrir lo contrario: que la emoción sea muy real, pero la persona haya aprendido que exponerla en redes le trae un chute rápido de atención que no encuentra en su entorno cercano.

Por eso el sadfishing suscita tanto debate: desde fuera es casi imposible distinguir si alguien está pidiendo ayuda de verdad, si está explotando su vulnerabilidad como reclamo o si se mezclan ambas cosas a la vez. Esta ambigüedad alimenta las acusaciones, los juicios precipitados y, en muchos casos, reacciones de burla o descrédito.

ejemplos de sadfishing online

Motivos psicológicos del sadfishing: necesidad de validación y regulación emocional

Una de las claves para entender los motivos del sadfishing online es la búsqueda de validación social. En un entorno donde el valor personal parece medirse en número de seguidores, interacciones y alcance, mostrar la propia tristeza puede convertirse en una estrategia para sentirse visto, querido y reconocido.

Desde la psicología, el sadfishing puede interpretarse como una forma de pedir sostén emocional. Las personas necesitan que su malestar sea recogido, comprendido y validado por otros. En redes, ese “apoyo contenedor” se traduce en respuestas rápidas, mensajes empáticos y gestos de afecto que, aunque sean virtuales, alivian momentáneamente la angustia o la sensación de soledad.

Diversas investigaciones vinculan este tipo de exposición emocional con estilos de apego ansioso. Quienes temen el abandono, la indiferencia o el rechazo pueden usar las redes para asegurarse de que siguen importando: si la publicación triste genera reacción, sienten que aún están conectados, que alguien se preocupa y que no son invisibles. Esto tiene relación con el apego emocional y las estrategias para gestionarlo.

También entra en juego la regulación emocional. Para muchas personas, especialmente adolescentes y jóvenes, internet se ha convertido en el lugar donde procesan lo que sienten. Compartir un vídeo llorando, contar una crisis en un directo o escribir un texto muy íntimo puede funcionar como una especie de catarsis rápida que les ayuda a bajar la intensidad del malestar… al menos durante un rato; en ese sentido, existen técnicas y ejercicios para aliviar el sufrimiento que complementan ese alivio momentáneo.

El problema aparece cuando esa forma de desahogo se convierte en el canal casi exclusivo para gestionar emociones. Si cada vez que algo va mal la reacción automática es publicar contenido dramático para obtener consuelo, se refuerza un patrón de dependencia de la validación externa que a la larga debilita la autonomía emocional.

tristeza y validación en redes

Una cultura hiperconectada: entre lo íntimo, lo público y lo performativo

El sadfishing no surge en el vacío, sino en una cultura digital donde narrar la vida online se ha vuelto lo normal. Muchas personas, especialmente quienes han crecido con redes, están acostumbradas a contar su día a día en público: lo que comen, con quién salen, sus logros, sus quejas… En ese contexto, compartir también el dolor es casi una extensión natural de esa narrativa.

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Las fronteras entre lo privado y lo público se han difuminado hasta el punto de que ya no está claro qué pertenece a cada esfera. Lo que antes se hablaba solo con amigos o familia en un entorno íntimo, ahora se convierte en contenido consumible para cientos o miles de personas, muchas de ellas completas desconocidas.

Tampoco es fácil separar lo auténtico de lo performativo. Una persona puede estar sufriendo de verdad, pero sentirse obligada a representar su malestar de cierta forma para que resulte “comprensible” o “atractivo” para la audiencia. Las lágrimas en primer plano, los textos cuidadosamente redactados o los silencios dramáticos forman parte de un lenguaje visual y narrativo que las redes han normalizado.

En paralelo, vivimos en una economía de la atención en la que la vulnerabilidad puede monetizarse. Influencers y celebridades han descubierto que abrirse sobre su salud mental, su pasado traumático o sus inseguridades genera un enorme interés, fideliza audiencia y, en algunos casos, se traduce en colaboraciones, patrocinios o venta de productos relacionados.

Este cruce entre emociones reales, exposición pública y posibles beneficios hace que el sadfishing se convierta en un terreno resbaladizo. Un mismo contenido puede ser leído como un gesto sincero de visibilización de problemas de salud mental o como una maniobra calculada para ganar relevancia. La interpretación dependerá en gran medida de quien mire, de sus prejuicios y de cómo perciba a la persona que publica.

cultura emocional hiperconectada

Sadfishing, autoestima y búsqueda de atención

Otro de los grandes motivos del sadfishing online tiene que ver con cómo se construye la autoestima en la era de las redes. Cuando el valor propio se apoya excesivamente en la mirada ajena, las publicaciones cargadas de drama pueden convertirse en una vía rápida para obtener reconocimiento.

La literatura psicológica relaciona la búsqueda intensa de atención con rasgos como el narcisismo, la soledad o la baja autoestima. Personas que se sienten poco valiosas o poco vistas en su entorno offline pueden recurrir a su “yo digital” para compensar ese vacío. Cada comentario compasivo y cada reacción positiva actúan como pequeñas dosis de validación que calman, por un momento, la inseguridad de fondo.

En algunos casos, el sadfishing también se conecta con rasgos de la llamada “tríada oscura” de la personalidad (narcisismo, maquiavelismo y psicopatía). El deseo de manipular emocionalmente a otros, de atraerlos hacia una narrativa centrada en uno mismo o de usar la propia tristeza como herramienta de control puede aparecer en determinados perfiles, sobre todo cuando hay un componente de frialdad afectiva o instrumentalización del vínculo.

No hay que olvidar los trastornos de personalidad. El trastorno histriónico, por ejemplo, se caracteriza precisamente por una necesidad exagerada de ser el centro de atención, una expresión emocional teatral y una fuerte dependencia del reconocimiento externo. En estos casos, las redes ofrecen un escenario idóneo para desplegar este tipo de conductas, y el sadfishing puede ser una manifestación más de esa dinámica.

Algo similar sucede con el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP). La inestabilidad emocional, la impulsividad, el miedo al abandono y los sentimientos crónicos de vacío son terreno fértil para que, en momentos de crisis, la persona recurra a internet como válvula de escape. Un post dramático puede ser, a la vez, una llamada desesperada de ayuda y una forma de aliviar temporalmente la soledad.

Eso no significa que todo sadfishing implique un trastorno de personalidad, pero sí que ciertas vulnerabilidades psicológicas incrementan la probabilidad de utilizar las redes como espacio de regulación emocional y búsqueda intensa de atención.

motivos psicologicos sadfishing

Motivos del sadfishing online: qué hay detrás de estas publicaciones

Si ponemos en orden los motivos más habituales del sadfishing, vemos que no responden a una sola causa sino a una combinación de factores. Aun así, pueden señalarse algunos disparadores frecuentes que se repiten en muchos casos.

En primer lugar, la necesidad de aprobación y cariño. Quien se percibe poco valorado en su entorno cercano puede utilizar las redes como un amplificador emocional. Contar que “no puede más”, que “todo se derrumba” o que “nadie le entiende” busca, en el fondo, recibir mensajes que contradigan esa sensación: personas que digan “sí importas”, “aquí estoy”, “no estás solo”.

En segundo lugar, la soledad real o percibida. Vivir una etapa de aislamiento, falta de amistades íntimas o carencias afectivas puede empujar a intensificar la presencia online. Un post triste que genera cientos de reacciones puede aliviar por un momento esa vivencia de vacío, aunque las conexiones sean frágiles y superficiales.

También aparece el aburrimiento o el deseo de entretenimiento, sobre todo en perfiles tipo “troll”. Hay personas que juegan a manipular las emociones ajenas por simple diversión: inventan o exageran desgracias, simulan crisis emocionales o hacen directos llorando sin que haya un motivo real de peso, únicamente para observar cómo reacciona el público.

Determinadas psicopatologías como la depresión o la ansiedad pueden reforzar esta dinámica. Si cada vez que alguien hace sadfishing nota un alivio, aunque sea leve, se instala la idea de que esa es la vía más eficaz para sentirse mejor. El problema es que el efecto es muy corto y obliga a repetir la conducta una y otra vez; en casos de depresión la intervención profesional es clave.

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Los celos y la comparación social son otro motor importante. Ver cómo otra persona del entorno acapara la atención en redes —ya sea por éxitos, por belleza o por dramas personales— puede despertar la necesidad de “equilibrar” las cosas. El sadfishing se usa entonces como una forma de recuperar foco y competir por la mirada ajena.

Por último, hay motivos más instrumentales y menos emocionales. Algunas figuras públicas han sido acusadas de sadfishing cuando han compartido relatos muy íntimos de sufrimiento vinculados a lanzamientos de productos, campañas publicitarias o estrategias de marketing personal. Aquí el malestar se entrelaza con objetivos de visibilidad, reputación o beneficios económicos.

Riesgos y consecuencias psicológicas del sadfishing

El sadfishing no es una simple “manía” de las redes; acarrea riesgos reales para la salud mental, tanto de quien publica como de quienes reciben constantemente ese tipo de contenido. Uno de los peligros más claros es la dependencia emocional de la reacción externa.

Cuando el estado de ánimo queda atado a los likes y comentarios, la persona pierde confianza en su capacidad para regularse por sí misma. Si una publicación triste no tiene la respuesta esperada, puede interpretar que no importa, que no la quieren o que su dolor no es válido, lo que agrava aún más su malestar inicial.

Otro efecto frecuente es el deterioro de la autoestima. Vivir pendiente de si los demás “compran” o no el relato de sufrimiento puede generar una montaña rusa de emociones: euforia cuando hay muchas muestras de apoyo y hundimiento cuando la reacción es fría, crítica o inexistente.

Además, quien recurre habitualmente al sadfishing tiende a generalizar ese estilo de comunicación a otras áreas de su vida. En lugar de expresar necesidades de forma clara y directa, recurre a dramatizar o victimizarse, lo que complica las relaciones interpersonales y puede llevar a vínculos poco sanos, basados en la sobreprotección o en la manipulación emocional.

En términos de bienestar, se ha observado que esta dinámica puede alimentar ansiedad, desánimo e insatisfacción crónica. Si la persona siente que solo recibe atención cuando sufre, es fácil que acabe atrapada en un bucle en el que el malestar se convierte casi en una identidad, algo que hay que mantener para no perder el interés de los demás.

También existen riesgos para quienes consumen este tipo de contenidos de forma continuada. Ver constantemente publicaciones sobre enfermedades graves, crisis emocionales o pensamientos autodestructivos puede disparar angustia, estrés e incluso síntomas físicos en personas sensibles o con antecedentes propios de problemas de salud mental.

Exposición, burla y ciberacoso: el lado oscuro de visibilizar el dolor

Compartir vulnerabilidad en internet no garantiza recibir empatía; a menudo desata la cara más cruel de las redes. Quienes hacen sadfishing pueden convertirse en blanco fácil de burlas, ataques o cuestionamientos de su credibilidad.

Las acusaciones de exagerar, inventar o manipular son habituales. Cuando alguien cuenta un problema de salud mental, una enfermedad física o un episodio traumático, siempre hay quien sospecha de sus intenciones y utiliza la etiqueta “sadfishing” como arma para invalidar su experiencia.

En el caso de figuras públicas, el escrutinio es aún más intenso. Celebridades como Kendall Jenner, Justin Bieber o Sam Smith han recibido oleadas de críticas tras compartir episodios de acné, diagnósticos médicos o momentos de llanto durante la pandemia. Para parte de la audiencia, aquello no fue un acto de honestidad sino un intento de captar atención o limpiar su imagen.

Este tipo de reacciones pueden tener un impacto devastador. Ser acusado falsamente de sadfishing cuando se está pidiendo ayuda de verdad puede disparar vergüenza, culpa y miedo a volver a abrirse. En algunos casos, la persona puede dejar de buscar apoyo, tanto online como offline, por temor a ser ridiculizada o cuestionada.

Además, determinadas publicaciones de sadfishing atraen a depredadores emocionales o sexuales. En el caso de menores y adolescentes, mostrar repetidamente vulnerabilidad, soledad o conflictos familiares puede llamar la atención de adultos con intenciones abusivas, que se presentan como figuras de apoyo para ganar la confianza de la víctima.

Finalmente, el sadfishing puede trivializar problemas serios de salud mental. Si todo se convierte en contenido, corremos el riesgo de que el sufrimiento quede reducido a una estética, un branding personal o una tendencia pasajera. Esto enturbia el debate público y puede restar peso a quienes de verdad necesitan recursos y acompañamiento profesional.

Sadfishing y trastornos de personalidad: TLP, histrionismo y más

Aunque no se puede patologizar cualquier conducta de sadfishing, sí existen vínculos con algunos trastornos de la personalidad que conviene comprender para evitar juicios simplistas y, al mismo tiempo, poder detectar situaciones de riesgo.

En el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), la inestabilidad emocional intensa es uno de los ejes centrales. Las personas con TLP pueden experimentar olas de ira, tristeza, miedo o vacío tan abruptas que les cuesta identificarlas y manejarlas. En esos momentos de desborde, subir estados, stories o directos muy dramáticos puede funcionar como un intento impulsivo de pedir ayuda o calmar el malestar.

La sensación crónica de vacío, la alteración de la identidad y el temor extremo al abandono pueden empujar a usar las redes como un hilo de conexión con el mundo. Si temen que la gente desaparezca o deje de estar, una reacción rápida a un post triste actúa como prueba de que “aún importan”. Sin embargo, a la larga esto refuerza la dependencia del entorno virtual y puede agravar la desregulación emocional.

El trastorno histriónico de la personalidad también está ligado a patrones de búsqueda intensa de atención. En este caso, la dramatización, el tono teatral y la necesidad de ser el centro de la escena son rasgos muy marcados. Las redes ofrecen un escenario permanente en el que desplegar emociones intensas, y el sadfishing encaja fácilmente en este estilo.

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No obstante, es fundamental no usar estos diagnósticos como etiquetas descalificadoras. Ver una publicación triste no autoriza a nadie a “diagnosticar” a esa persona ni a descartar su dolor como mera actuación. En todo caso, debería invitarnos a reflexionar sobre qué tipo de apoyo necesita y cómo animarla a buscar ayuda profesional si el malestar es intenso y persistente.

Desde la intervención psicológica, el objetivo no es prohibir el uso de redes, sino promover un manejo más consciente: enseñar a distinguir entre pedir ayuda de forma sana y engancharse a un patrón de exposición que acaba perpetuando el sufrimiento en lugar de aliviarlo.

Sadfishing en adolescentes: hiperexposición, riesgos y oportunidades

Entre adolescentes, el sadfishing se ha vuelto especialmente visible en plataformas como TikTok e Instagram. Vídeos llorando, confesiones después de una ruptura, mensajes ambiguos sobre “estar harto de todo” o alusiones veladas a autolesiones aparecen cada vez con más frecuencia en sus timelines.

Para muchos chicos y chicas, las redes son el principal espacio de socialización. Allí construyen su identidad, miden su popularidad y comparan su vida con la de los demás. En ese contexto, compartir el dolor puede ser una forma de sentirse parte del grupo, de buscar comprensión o, directamente, de lanzar una señal de alarma que no se atreven a hacer cara a cara.

El problema es que la respuesta que reciben no siempre es la adecuada. Junto a mensajes cariñosos, pueden aparecer burlas, comentarios crueles o incluso incitaciones a conductas de riesgo. También es posible que otros usuarios imiten ese contenido para no quedarse fuera de la tendencia, banalizando problemáticas muy graves.

A nivel educativo, se hace imprescindible trabajar la alfabetización emocional y digital. No se trata de demonizar las redes ni de prohibir que los adolescentes hablen de lo que sienten online, sino de enseñarles a preguntarse por qué comparten, con quién y qué esperan obtener a cambio, así como a reconocer cuándo una publicación es una petición de ayuda que requiere la intervención de adultos y profesionales.

Las familias y docentes también necesitan herramientas para detectar señales de alarma: cambios bruscos en el tipo de contenido, alusión repetida a la muerte o a la autolesión, aislamiento social prolongado, abandono de actividades que antes disfrutaban… Todo ello, en combinación con publicaciones tristes, puede indicar un sufrimiento profundo que va mucho más allá del sadfishing como tendencia.

En paralelo, conviene asumir que parte de la conversación sobre salud mental ya ocurre en redes. La clave está en que ese espacio no sea el único ni el principal recurso, y en que se complemente con entornos seguros offline donde sea posible hablar de emociones sin convertirlas en espectáculo.

¿Es siempre manipulación? El dilema de la autenticidad

Una de las preguntas que más controversia genera es si el sadfishing es siempre una forma de manipulación emocional. La realidad es bastante más matizada y exige salir de la lógica de “todo o nada”.

Hay casos en los que la exageración del sufrimiento es claramente estratégica: se publican mensajes ambiguos (“ya veréis cuando no esté”) para forzar que el entorno pregunte, se juega con la culpa ajena o se alternan fases de victimismo y reproche directo para mantener a la audiencia enganchada al hilo.

En otros muchos casos, sin embargo, la persona se siente realmente sobrepasada y recurre a los recursos que tiene a mano. Puede no ser la forma más sana de pedir ayuda, pero detrás suele haber una necesidad genuina de alivio, de ser comprendida o de dejar de sentirse sola con lo que le pasa.

Desde una mirada clínica, lo más útil es fijarse en el contexto y la frecuencia. Una publicación puntual muy emocional en un momento duro (una pérdida, un diagnóstico, una ruptura complicada) puede ser una vía válida de desahogo. En cambio, cuando el patrón se repite constantemente y parece la única forma de gestionar el malestar, es más probable que estemos ante un estilo de regulación emocional desadaptativo.

También influye la forma en que la comunidad responde. Reaccionar con sarcasmo, desprecio o acusaciones inmediatas de sadfishing puede hacer un daño enorme y cerrar puertas a futuras peticiones de ayuda. Proponer recursos, sugerir hablar en privado o animar a buscar apoyo profesional son respuestas más responsables cuando intuimos que tras esa publicación puede haber algo serio.

En última instancia, recordar que detrás de la pantalla hay personas reales, con historias complejas y heridas que no vemos, ayuda a rebajar el juicio fácil. Que algo encaje en la descripción de sadfishing no significa automáticamente que merezca burla; muchas veces es una forma torpe de decir “no estoy bien, necesito que alguien me escuche”.

Todo este fenómeno del sadfishing online nos obliga a replantearnos cómo usamos las redes para hablar de lo que sentimos, qué esperamos obtener al exponer nuestra vulnerabilidad y de qué manera podemos acompañar el dolor ajeno sin alimentar dinámicas de dependencia ni caer en el desprecio o la trivialización del sufrimiento. Entre el silencio absoluto y el exhibicionismo emocional hay un amplio terreno intermedio en el que es posible construir formas de expresión más honestas, cuidadas y responsables, tanto para quien comparte como para quien mira.

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