La Tierra acumula un calor récord y entra en una fase de emergencia climática, según la ONU

Última actualización: 26/03/2026
Autor: Isaac
  • La Tierra registró en 2025 un máximo histórico de calor acumulado, con un desequilibrio energético sin precedentes.
  • Los once años entre 2015 y 2025 han sido la década más cálida desde que hay registros, con un aumento medio de 1,43 ºC sobre la era preindustrial.
  • El calentamiento de océanos, el deshielo y la pérdida de hielo marino se han acelerado, impulsando la subida del nivel del mar.
  • La ONU y la OMM alertan de una emergencia climática con impactos que se prolongarán durante siglos o milenios si no se reducen las emisiones.

Planeta Tierra calentamiento global

La Tierra está acumulando más calor que nunca y los científicos de Naciones Unidas advierten de que ese exceso de energía dejará huella durante cientos, incluso miles de años. El nuevo informe sobre el estado del clima mundial de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), organismo especializado de la ONU, confirma que 2025 marcó un máximo histórico en el desequilibrio energético del planeta.

Según este trabajo, el sistema climático global ha entrado en una fase de emergencia en la que prácticamente todos los indicadores clave -temperatura, calor oceánico, nivel del mar o extensión del hielo- están fuera de las bandas consideradas seguras. Los expertos subrayan que no se trata de una anécdota estadística, sino de una tendencia consolidada que se ha acelerado en las dos últimas décadas.

Calentamiento global y ola de calor
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Once años seguidos batiendo récords de calor

La OMM confirma que los últimos once años, de 2015 a 2025, constituyen el periodo más cálido desde que se tienen registros instrumentales. En todos esos años, la temperatura media del planeta ha quedado por encima de los valores previos a la industrialización, encadenando una racha sin precedentes en la historia reciente.

En 2025, la temperatura media anual cerca de la superficie fue aproximadamente 1,43 °C superior a la media preindustrial (referencia 1850‑1900). Este dato sitúa a 2025 como el segundo o tercer año más caluroso desde que se empezaron a registrar mediciones sistemáticas hace unos 176 años, a mediados del siglo XIX.

El listado de años extremos lo encabeza 2024, que sigue siendo el año más cálido registrado, con un incremento medio alrededor de 1,55 °C sobre los niveles preindustriales. En 2025, el impacto del fenómeno de La Niña introdujo un ligero efecto de enfriamiento temporal, pero aun así las temperaturas se mantuvieron en valores extraordinariamente altos.

Para el secretario general de la ONU, António Guterres, el hecho de que la misma señal de calentamiento se repita durante once años seguidos deja poco margen a la interpretación: “Cuando la historia se repite once veces, ya no es una coincidencia, es una llamada a actuar”, señaló durante la presentación del informe.

La OMM recalca que estos registros no son fruto de variaciones naturales aisladas, sino la consecuencia directa del aumento sostenido de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, asociado sobre todo al uso de combustibles fósiles y a cambios en el uso del suelo.

Un planeta que absorbe más energía de la que libera

Una de las principales novedades del informe es la inclusión explícita del desequilibrio energético de la Tierra como indicador central. Este concepto mide la diferencia entre la energía solar que entra en el sistema climático y la que sale hacia el espacio. En un clima estable, ambas cantidades deberían ser prácticamente iguales.

Los datos recopilados desde comienzos de la década de 1960 muestran que este equilibrio se ha ido inclinando progresivamente a favor de la energía entrante, y que la desviación se ha acelerado especialmente en los últimos 20 años. Según la OMM, en 2025 este desequilibrio alcanzó un nuevo máximo, lo que significa que el planeta retuvo más calor que nunca desde que hay mediciones.

El aumento de gases como el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso actúa como una manta que reduce la cantidad de energía que la Tierra puede devolver al espacio. Las concentraciones de estos gases se sitúan ya en sus niveles más altos de al menos los últimos 800.000 años, según los registros paleoclimáticos disponibles.

En 2024 se registró además el mayor incremento anual de CO2 atmosférico desde que se empezaron a hacer mediciones sistemáticas en 1957. Este salto no se explica solo por las emisiones directas procedentes de la quema de combustibles fósiles, sino también por la pérdida de capacidad de absorción de los sumideros naturales de carbono, como los océanos y los ecosistemas terrestres.

La mayor parte de este exceso de energía no se manifiesta de forma inmediata en la temperatura del aire que respiramos. Según la OMM, los seres humanos solo percibimos directamente alrededor de un 1 % del calor acumulado; en torno al 91 % es absorbido por los océanos, un 5 % se almacena en la superficie continental y el 3 % restante se destina a derretir hielo.

Océanos más cálidos y un nivel del mar en ascenso

El papel de los océanos es central en este escenario. En 2025, el contenido de calor oceánico volvió a batir récords y su ritmo de calentamiento se ha más que duplicado en las dos últimas décadas si se compara con el periodo 1960‑2005. Este proceso no solo calienta la superficie, sino que penetra a profundidades cada vez mayores.

El informe detalla que este aumento de calor está provocando una degradación acelerada de los ecosistemas marinos, con impacto sobre la biodiversidad y sobre la capacidad de los océanos para absorber CO2. A medida que el agua se calienta y se acidifica, se debilita uno de los grandes amortiguadores naturales del cambio climático.

El calentamiento oceánico contribuye además a intensificar tormentas y ciclones tropicales, al alimentar sus sistemas con más energía. Aunque los efectos varían según la región, la OMM subraya que ya se está observando un aumento en la frecuencia de episodios de lluvias extremas y de olas de calor marinas que afectan tanto a las costas como a las zonas de alta mar.

El calor adicional y el deshielo asociado están impulsando un aumento progresivo del nivel medio del mar. Desde que se iniciaron las mediciones satelitales a comienzos de la década de 1990, el nivel del mar ha subido alrededor de 11 centímetros, y la velocidad de esa subida se ha acelerado en los últimos años.

Los cambios que se están produciendo en la temperatura de los océanos y en el pH de las aguas profundas se consideran, en buena medida, irreversibles en escalas de cientos o miles de años. Incluso aunque las emisiones se redujeran de forma drástica, el sistema marino tardaría mucho tiempo en volver a un estado similar al de décadas pasadas.

Deshielo en los polos y retroceso de los glaciares

El informe de la OMM confirma que la criósfera -el conjunto de regiones cubiertas de hielo y nieve- está sufriendo cambios rápidos y difíciles de revertir. En 2025, la extensión media anual del hielo marino en el Ártico se situó entre los valores más bajos y los segundos más bajos desde que se realizan observaciones por satélite.

En la Antártida, la extensión del hielo marino fue la tercera más reducida registrada, mientras que los glaciares en distintas partes del planeta siguieron perdiendo masa a un ritmo acelerado. La OMM destaca pérdidas especialmente notables en la Antártida, Groenlandia, Islandia y la costa pacífica de Norteamérica.

Este retroceso del hielo no solo tiene implicaciones paisajísticas o ecológicas, sino que alimenta directamente el aumento del nivel del mar y modifica patrones climáticos a escala global. Una menor cobertura de hielo significa menos radiación solar reflejada al espacio y más energía absorbida por la superficie, lo que refuerza el calentamiento.

En el caso europeo, el deshielo de glaciares alpinos y de otros sistemas de montaña ya está alterando regímenes hidrológicos, con impactos en la disponibilidad de agua para consumo, agricultura y generación hidroeléctrica. Este tipo de efectos comienzan a ser visibles también en regiones de alta montaña de España, aunque el informe se centra sobre todo en la escala global.

La pérdida de hielo y nieve afecta además a comunidades que dependen de estos recursos como fuentes de agua estacionales, especialmente en regiones donde los deshielos primaverales alimentan grandes ríos que cruzan varios países europeos y euroasiáticos.

Eventos extremos y costes humanos y económicos

La OMM vincula el incremento de calor acumulado y el desequilibrio energético con una mayor frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos extremos en todo el mundo. Entre ellos cita olas de calor severas, episodios de lluvias torrenciales, inundaciones y ciclones tropicales más potentes.

Según los datos recopilados por la organización, entre 1970 y 2021 este tipo de desastres relacionados con el clima y el tiempo extremo provocaron pérdidas económicas estimadas en unos 4,3 billones de dólares a escala global y causaron casi dos millones de muertes. Aunque estas cifras abarcan muchas décadas, la tendencia reciente apunta a impactos crecientes en sociedades cada vez más expuestas.

Europa y, en particular, países del sur como España han experimentado en los últimos años un aumento notable de olas de calor, sequías prolongadas e incendios forestales de alta intensidad. Aunque el informe de la OMM tiene un enfoque global, distintos estudios regionales indican que la cuenca mediterránea figura entre los puntos calientes del calentamiento climático.

Estos eventos extremos presionan infraestructuras, sistemas sanitarios y sectores clave como la agricultura, el turismo o la energía. En años recientes se han registrado pérdidas económicas significativas asociadas a episodios de calor extremo, inundaciones repentinas y temporales que han afectado tanto a países del sur de Europa como a regiones del centro y norte del continente.

Organizaciones ambientalistas en Europa, como el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), señalan que la preocupación ciudadana está creciendo, mientras que las respuestas políticas a menudo avanzan más despacio de lo que reclaman los datos científicos. Desde estos ámbitos se insiste en que acelerar la reducción de emisiones y el abandono gradual de los combustibles fósiles ayudaría también a reducir tensiones geopolíticas ligadas a la energía.

Una emergencia climática con efectos a muy largo plazo

La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, advierte de que las actividades humanas están alterando de forma creciente el equilibrio natural del sistema climático y que la sociedad tendrá que convivir con parte de estas consecuencias durante siglos o incluso milenios.

El informe subraya que muchos de los cambios ya en marcha, especialmente en los océanos y en las grandes masas de hielo, no pueden revertirse rápidamente aunque se frenaran de golpe las emisiones. La inercia del sistema implica que el calor ya acumulado seguirá manifestándose en forma de subida del nivel del mar, pérdida de glaciares y alteraciones en los patrones de circulación atmosférica y oceánica.

La OMM habla abiertamente de un clima mundial en estado de emergencia, en el que “cada indicador climático clave está parpadeando”. La combinación de temperaturas extremas, océanos más cálidos, deshielo acelerado y eventos extremos más frecuentes configura un panorama en el que aumentar la resiliencia y la adaptación resulta tan urgente como reducir las emisiones.

El Informe sobre el Estado Global del Clima se elabora a partir de aportaciones de servicios meteorológicos e hidrológicos nacionales, centros climáticos regionales y diversas agencias de Naciones Unidas, además de decenas de expertos independientes. La intención es ofrecer una radiografía actualizada y basada en evidencias del sistema climático para orientar las decisiones políticas y económicas.

Ante este conjunto de datos, los organismos internacionales reafirman la necesidad de actuar con rapidez para limitar el calentamiento todo lo posible, al tiempo que se refuerzan las medidas de adaptación en regiones especialmente vulnerables como buena parte de Europa y la cuenca mediterránea. El mensaje de fondo es claro: el planeta está acumulando calor a un ritmo sin precedentes y lo que se haga -o deje de hacer- en los próximos años marcará las condiciones de vida de muchas generaciones futuras.