La nave de la NASA de 600 kilos se prepara para reentrar en la atmósfera terrestre

Última actualización: 10/03/2026
Autor: Isaac
  • La sonda Van Allen A, de unos 600 kilos, realizará una reentrada no controlada en la atmósfera con un riesgo muy bajo para la población.
  • El riesgo estimado de daños a una persona es de 1 entre 4.200, y la mayor parte del satélite se desintegrará por la fricción con el aire.
  • La reentrada se ha adelantado varios años por un ciclo solar más activo, que ha incrementado la resistencia atmosférica.
  • La misión, lanzada en 2012, aportó datos clave sobre los cinturones de radiación de Van Allen y el impacto de la actividad solar en satélites y sistemas terrestres.

nave espacial NASA reentrada atmosferica

Una nave de la NASA de unas 600 toneladas métricas —en realidad, unos 600 kilos de masa— se dispone a completar su vida útil con una reentrada no controlada en la atmósfera terrestre. Se trata de la sonda Van Allen A, un satélite científico lanzado hace casi catorce años para estudiar la radiación que rodea nuestro planeta y cuyo regreso se esperaba mucho más tarde.

Las previsiones iniciales apuntaban a que el satélite no volvería a la atmósfera hasta bien entrada la próxima década, pero los nuevos cálculos sitúan su reencuentro con la Tierra en cuestión de horas, con una ventana de incertidumbre amplia tanto en la hora exacta como en el punto del globo en el que podrían caer los posibles restos. Aun así, los expertos insisten en que el riesgo para la población es muy reducido.

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Una reentrada vigilada de cerca y con riesgo muy bajo

La Fuerza Espacial de Estados Unidos, encargada de monitorizar este tipo de objetos, ha estimado que la nave de la NASA de 600 kilos reentrará en la atmósfera en torno al miércoles 11 de marzo a las 00:45 horas (hora peninsular española), con un margen de error de más/menos 24 horas. Hasta pocas horas antes del evento no será posible afinar la predicción sobre el lugar exacto del reingreso.

Según la NASA, la mayor parte de la sonda se desintegrará al atravesar las capas más densas de la atmósfera debido a la enorme velocidad y la fricción con el aire, que generan temperaturas extremas. Sin embargo, algunos componentes más resistentes podrían sobrevivir al proceso y alcanzar la superficie terrestre.

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Los modelos de riesgo manejados por la agencia espacial apuntan a una probabilidad de daño a una persona en la Tierra de aproximadamente 1 entre 4.200, una cifra que los especialistas consideran baja en comparación con otros riesgos cotidianos. Además, la mayor parte del planeta está cubierta por océanos o zonas poco habitadas, lo que reduce aún más la posibilidad de que algún fragmento impacte en un área poblada, ya sea en España, en el resto de Europa o en cualquier otro punto del globo.

Al tratarse de una reentrada no controlada, la trayectoria final depende de factores atmosféricos y de la propia descomposición orbital del satélite. La NASA y organismos militares mantienen el seguimiento mediante sistemas de radar y observación para ir ajustando las predicciones, aunque por el momento no se ha emitido ninguna alerta específica para territorios concretos.

Qué es la sonda Van Allen A y por qué se lanzó

La Van Allen A forma parte de un dúo de satélites casi idénticos, Van Allen A y Van Allen B, lanzados el 30 de agosto de 2012 para estudiar los cinturones de radiación que rodean la Tierra, conocidos como cinturones de Van Allen. Estos anillos están formados por partículas cargadas atrapadas por el campo magnético terrestre y constituyen una zona especialmente hostil para la electrónica y para los seres humanos en el espacio.

Diseñadas inicialmente para una misión de solo dos años, las dos sondas superaron con creces las expectativas y operaron durante casi siete años, hasta 2019. Durante ese tiempo recopilaron mediciones de altísima precisión que permitieron comprender mejor cómo se acumula y se dispersa la radiación en estas regiones y cómo responde a la actividad del Sol.

sonda NASA cinturones Van Allen

Uno de los hallazgos más relevantes de la misión fue la detección de un tercer cinturón de radiación de carácter transitorio, que aparece en momentos de fuerte actividad solar. Este descubrimiento obligó a revisar modelos teóricos sobre la estructura del entorno espacial terrestre y supuso un avance notable para la protección de satélites y misiones tripuladas.

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La NASA destaca que comprender estas zonas es clave porque actúan como un escudo natural frente a la radiación cósmica, las tormentas solares y el viento solar. Al mismo tiempo, representan un desafío para cualquier nave que atraviese la región, motivo por el cual la mayoría de las misiones espaciales intentan pasar el menor tiempo posible en su interior para limitar la exposición a la radiación.

El final de la misión y el papel de la actividad solar

La misión de la Van Allen A y su gemela concluyó oficialmente en 2019, cuando ambas se quedaron sin combustible y dejaron de poder orientarse hacia el Sol, algo imprescindible para alimentar sus sistemas mediante paneles solares y mantener el control de actitud. Desde ese momento, los satélites quedaron en órbita esperando, tarde o temprano, su inevitable reentrada en la atmósfera terrestre.

En un primer momento, los cálculos apuntaban a que la Van Allen A no regresaría hasta 2034. Sin embargo, estas estimaciones se hicieron antes de conocerse la intensidad real del actual ciclo solar. Con el paso del tiempo, los científicos comprobaron que el Sol estaba mostrando un comportamiento más activo de lo esperado.

En 2024 se confirmó que el astro rey había alcanzado su máximo solar, una fase del ciclo de once años caracterizada por un incremento notable en el número de manchas solares, fulguraciones y eyecciones de masa coronal. Estos fenómenos generan lo que se conoce como clima espacial, una serie de perturbaciones que pueden afectar tanto a la magnetosfera terrestre como a las capas altas de la atmósfera.

Como consecuencia de esta actividad reforzada, la atmósfera superior se ha expandido ligeramente y ha aumentado la resistencia atmosférica sobre objetos en órbitas similares a la de la Van Allen A. Ese rozamiento adicional ha ido frenando paulatinamente al satélite y haciendo que su órbita decayera más deprisa, acortando así los plazos previstos para la reentrada.

Impacto científico y utilidad de los datos para Europa y el resto del mundo

Aunque la nave está a punto de desintegrarse, los datos reunidos por las sondas Van Allen continúan siendo una referencia para la comunidad científica internacional, incluida la europea. Al analizar la información archivada, los investigadores siguen perfeccionando modelos que describen cómo las partículas energéticas se distribuyen alrededor del planeta y cómo se ven alteradas por el ciclo solar.

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Estos modelos son esenciales para predecir el impacto del clima espacial en satélites de comunicaciones, sistemas de navegación como el GPS o Galileo y redes eléctricas en la superficie. En Europa, donde la dependencia de los satélites para servicios cotidianos —desde el transporte aéreo hasta la banca— no deja de crecer, disponer de pronósticos más precisos es especialmente relevante.

Las conclusiones extraídas de la misión también ayudan a diseñar satélites más resistentes a la radiación y a planificar trayectorias de vuelo de naves tripuladas que minimicen el tiempo de exposición en regiones especialmente energéticas. Todo ello repercute en una mayor seguridad para astronautas y en una vida útil más larga para la tecnología espacial, tanto de la NASA como de agencias como la ESA.

La otra nave de la misión, la Van Allen B, continúa en órbita y, según las proyecciones actuales, no se espera su reentrada antes de 2030. Su futuro será similar: con el tiempo, también acabará siendo frenada por la tenue atmósfera y terminará quemándose sobre algún punto del planeta, previsiblemente con un riesgo igualmente bajo para la población.

Mientras se vigila de cerca la caída de la Van Allen A, la situación se interpreta en el sector espacial como un recordatorio de que cualquier objeto lanzado al espacio acaba regresando de una forma u otra. La combinación de una planificación responsable del final de vida de los satélites y una mejor comprensión del entorno espacial permite gestionar estos retornos con garantías. En este caso, la NASA y los organismos encargados del seguimiento confían en que la reentrada se produzca sin incidentes, tras una misión que ha cambiado la manera de mirar a las zonas más energéticas que rodean la Tierra.