- Los hongos melanizados de Chernóbil, como Cladosporium sphaerospermum, muestran radiotropismo y posible radiosíntesis al crecer mejor bajo radiación.
- La melanina fúngica actúa como escudo y posible antena energética, facilitando el aprovechamiento de la radiación ionizante y una alta radiorresistencia.
- Sus aplicaciones potenciales abarcan protección radiológica en el espacio, bioremediación nuclear, nuevos biomateriales y usos médicos y farmacéuticos.
- El ecosistema de Chernóbil, con hongos y animales adaptados a la radiación, ofrece un laboratorio natural clave para la biotecnología y la innovación deep tech.
Cuando pensamos en Chernóbil y su zona de exclusión, lo primero que nos viene a la cabeza suele ser un paisaje devastado por la radiación, ruinas de hormigón y un entorno donde la vida apenas tiene margen. Sin embargo, entre escombros y restos de grafito altamente radiactivo, han aparecido organismos capaces no solo de aguantar el chaparrón, sino de sacarle partido. Entre ellos destaca un hongo negro tan peculiar que parece sacado de una novela de ciencia ficción.
Se trata de hongos melanizados capaces de beneficiarse de la radiación ionizante, con un protagonista estrella: Cladosporium sphaerospermum, el llamado “hongo negro de Chernóbil”. Lo fascinante de este organismo no es solo que aguante dosis de radiación que matarían a la mayoría de seres vivos; lo realmente rompedor es que su crecimiento mejora cuando se expone a radiación, lo que ha llevado a los científicos a plantear que podría estar utilizando esa energía como las plantas usan la luz del sol.
Un ecosistema inesperado en el corazón del desastre
Tras el accidente de 1986, el interior del reactor número 4 de Chernóbil se convirtió en uno de los lugares más radiactivos del planeta, un entorno que se consideraba completamente incompatible con la vida compleja. Aun así, a comienzos de los años noventa, equipos de investigación ucranianos liderados por la microbióloga Nelli Zhdanova detectaron en las paredes y restos del reactor una capa de moho oscuro que crecía tranquilamente donde nadie esperaba encontrar nada vivo.
Al analizar estas muestras, los investigadores identificaron más de 37 especies de hongos iniciales y, con el tiempo, alrededor de 200 especies de hongos de 98 géneros en toda la zona de exclusión, muchas de ellas de color negro intenso por su abundante melanina. Entre ese pequeño ejército fúngico, una especie empezó a destacar por su comportamiento: Cladosporium sphaerospermum se multiplicaba mejor cuanto mayor era la radiación, algo que descolocó por completo a la comunidad científica.
Lo más llamativo era que algunas de estas cepas parecían presentar radiotropismo, es decir, sus hifas se orientaban hacia las fuentes de radiación, como si “buscaran” esa energía. No se trataba simplemente de que sobrevivieran en un entorno hostil, sino de que, de algún modo, parecían sacarle partido a lo que para otros organismos es pura muerte.

Al contrario que insectos o mamíferos, cuya presencia se redujo drásticamente tras el accidente, estos hongos negros transformaron las ruinas del reactor en un nicho ecológico propio. La radiación, que debiera ser un factor limitante, pasó a convertirse casi en un recurso. Ahí es donde empieza la historia de la radiosíntesis.
Hongos radiotróficos: cuando la radiación se parece a la luz del sol
Los llamados hongos radiotróficos son microorganismos capaces de utilizar la radiación ionizante como fuente de energía para su metabolismo y su crecimiento, de manera análoga a cómo las plantas emplean la luz en la fotosíntesis. No basta con que sean resistentes a la radiación: la clave es que su rendimiento biológico mejora al exponerse a ella, algo que se ha observado en algunos hongos altamente melanizados.
En 2007, un trabajo liderado por Ekaterina Dadachova y Arturo Casadevall en el Albert Einstein College of Medicine cambió el enfoque sobre estos organismos. El equipo estudió hongos como Cladosporium sphaerospermum, Cryptococcus neoformans y Wangiella dermatitidis, todos ellos con mucha melanina, y comparó su comportamiento bajo radiación con el de variantes albinas sin pigmento. Los resultados mostraron que las cepas melanizadas incrementaban su biomasa y asimilaban más carbono cuando se las sometía a radiación gamma intensa, mientras que las versiones sin melanina no mostraban esta ventaja.
En algunos casos se registraron crecimientos del orden de un 10 % superiores respecto a condiciones sin radiación, y otros estudios en especies melanizadas han llegado a observar incrementos de hasta tres veces la velocidad normal en ambientes muy energéticos. Este fenómeno dio pie al término “radiosíntesis”: un proceso hipotético en el que la melanina actuaría como captador de radiación, transformando parte de esa energía en formas aprovechables por la célula fúngica.
Aun así, los científicos insisten en que no es correcto decir que estos hongos “comen radiación” al pie de la letra. Más bien han desarrollado complejos sistemas bioquímicos que utilizan la radiación como impulso para reacciones metabólicas, de forma comparable —salvando las distancias— a la manera en que la luz excita los pigmentos fotosintéticos en las plantas.
Melanina: el pigmento que pasa de escudo a antena energética
La pieza central de todo este rompecabezas es la melanina, el mismo pigmento que en humanos contribuye al color de la piel, el pelo y los ojos, y que ayuda a protegernos parcialmente de la radiación ultravioleta. En los hongos de Chernóbil, la melanina abunda en las paredes celulares y les confiere ese color oscuro tan característico, pero su función va mucho más allá de la simple protección.
A nivel molecular, la melanina es un polímero complejo con estructuras aromáticas conjugadas, lo que la convierte en una especie de semiconductor biológico capaz de facilitar el transporte de electrones. Cuando la radiación ionizante, como los rayos gamma, incide sobre estas moléculas, se producen excitaciones electrónicas que cambian sus propiedades redox, es decir, su capacidad para ceder y aceptar electrones.
Experimentos espectroscópicos han mostrado que, tras exponerse a radiación, la melanina de estos hongos aumenta su capacidad para reducir agentes como el ferricianuro, un indicador de que su actividad redox se dispara. En términos sencillos, la melanina actúa como una antena que capta la energía de la radiación y la canaliza hacia reacciones químicas que podrían alimentar rutas metabólicas relacionadas con el crecimiento.
Se ha propuesto que esta transferencia de electrones podría acoplarse a la generación de ATP y otros procesos energéticos internos, quizá mediante vías alternativas a las típicas rutas respiratorias. No obstante, aquí conviene ser prudentes: hasta la fecha no se ha demostrado una ruta metabólica completa equivalente a la fotosíntesis, con fijación de carbono directamente impulsada por la radiación y balance energético cerrado. La radiosíntesis, por tanto, sigue siendo una hipótesis potente, pero sin todos los eslabones confirmados.
Además de su papel como transductor de energía, la melanina ejerce una función crucial como antioxidante dinámico frente a especies reactivas de oxígeno generadas por la radiación. Al neutralizar estos radicales, reduce el daño en el ADN y en otras estructuras celulares, lo que contribuye a la extrema radiorresistencia de estos hongos. Esta doble faceta —protección y posible aprovechamiento energético— es lo que hace tan especial a la melanina fúngica.
Resistentes vs radiotróficos: no todo hongo negro hace lo mismo
Es muy importante distinguir entre organismos que simplemente soportan bien la radiación y aquellos que parecen usar esa radiación de forma activa para su beneficio. Muchas bacterias y arqueas, como Deinococcus radiodurans o Thermococcus gammatolerans, son capaces de aguantar dosis brutales gracias a sistemas muy eficientes de reparación del ADN y otros mecanismos protectores, pero no se considera que sean radiotróficas.
En el caso de los hongos de Chernóbil, los estudios de campo y laboratorio han revelado que no todas las especies melanizadas presentan el mismo comportamiento. De 47 hongos negros analizados en la zona, solo 9 mostraron un claro radiotropismo creciendo hacia fuentes de cesio-137, y no todos experimentaron un aumento marcado de la tasa de crecimiento bajo radiación.
Esto sugiere que la radiorresistencia y el radiotrofismo son rasgos distintos: la melanina puede conferir protección sin que haya necesariamente un aprovechamiento energético. Que un hongo sea oscuro y viva en Chernóbil no implica automáticamente que esté realizando radiosíntesis, por lo que la comunidad científica mantiene una posición cauta a la hora de generalizar este fenómeno.
A día de hoy, la idea de que determinados hongos puedan convertir una parte de la energía de la radiación en procesos metabólicos útiles es muy atractiva, pero el consenso es que faltan datos sobre la eficiencia real, las rutas bioquímicas implicadas y la posible fijación de carbono. Queda mucho trabajo de laboratorio por delante antes de que podamos decir que entendemos del todo lo que está pasando.
Del reactor a la órbita: Chernóbil llega a la Estación Espacial Internacional
El comportamiento inusual de estos hongos negros no tardó en llamar la atención de la industria aeroespacial. La radiación es uno de los grandes cuellos de botella para la exploración humana del espacio profundo: fuera del escudo del campo magnético terrestre, los astronautas quedan expuestos a radiación cósmica y solar que aumenta drásticamente el riesgo de cáncer y otros daños biológicos.
En este contexto, la posibilidad de contar con escudos biológicos vivos que crezcan solos, se autorreparen y utilicen la propia radiación como “combustible” resulta especialmente jugosa. Por eso, en 2016 un equipo del Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA, encabezado por Kasthuri Venkateswaran, envió ocho especies de hongos procedentes de Chernóbil a la Estación Espacial Internacional (ISS) para analizar su respuesta a la combinación de microgravedad y radiación espacial.
Los objetivos no se limitaron a ver si sobrevivían: también se buscaba comprobar si las condiciones extremas del espacio podían estimular la producción de nuevos metabolitos con posibles aplicaciones farmacéuticas o agrícolas. Se sabe que los hongos, ante ambientes hostiles, tienden a sintetizar compuestos secundarios con propiedades antibióticas, inmunosupresoras o reguladoras del crecimiento de plantas.
De forma paralela, se llevaron a cabo experimentos específicamente centrados en Cladosporium sphaerospermum como candidato a material de blindaje. En uno de estos ensayos en la ISS se observó que una capa de aproximadamente 1,7-2 mm de hongo reducía la radiación medida en su entorno hasta en un 2-2,4 %. Puede parecer una cifra modesta, pero hablamos de una película extremadamente fina, formada por un organismo que se regenera y no requiere un gran aporte de recursos externos.
A partir de esos datos, algunos modelos han estimado que un recubrimiento biológico de unos 20-21 cm de espesor podría ofrecer una protección significativa frente a la radiación en la superficie de Marte, lo que convertiría a estos hongos en una pieza interesante para diseñar hábitats marcianos parcialmente “vivos”.
Biotecnología espacial: hábitats, trajes y materiales vivos
El potencial de los hongos radiotróficos ha despertado especial interés entre founders de startups biotecnológicas y de deep tech, que ven en este fenómeno un ejemplo perfecto de cómo la naturaleza convierte un problema gigantesco en una oportunidad. La idea de cubrir módulos espaciales, refugios lunares o estructuras marcianas con una “piel fúngica” que crece con el tiempo está sobre la mesa de varios grupos de investigación y empresas emergentes.
Una de las líneas más comentadas es el desarrollo de bioescudos radioprotectores basados en hongos o en materiales híbridos que combinen matriz polimérica con melanina fúngica. Estos recubrimientos podrían aplicarse sobre paredes internas de hábitats, depósitos de combustible, baterías o incluso sobre la superficie de naves para mitigar el impacto de la radiación ionizante.
También se investiga la incorporación de melanina en plásticos y textiles para mejorar la protección de trajes espaciales y equipos electrónicos. Experimentos asociados a instituciones como la Universidad Johns Hopkins han testado plásticos enriquecidos con melanina en la ISS, valorando su capacidad para absorber radiación sin añadir demasiado peso, algo crítico en cualquier misión espacial.
Otra vertiente atractiva es la integración de estos hongos en sistemas de soporte vital cerrados. Al ser capaces de generar biomasa en entornos con radiación y pocos recursos, podrían participar en biorreactores que produzcan alimentos, reciclen residuos y, al mismo tiempo, aporten un cierto blindaje radiológico. Un hongo que crece sobre paneles estructurales podría servir tanto de mini “cultivo comestible” como de amortiguador frente a partículas energéticas.
Biorremediación nuclear y gestión ambiental en la Tierra
Más allá del espacio, los hongos radiotróficos y otros hongos radiorresistentes tienen un potencial evidente en la biorremediación de zonas contaminadas por radiación. Su capacidad para sobrevivir y desarrollarse en suelos y estructuras cargadas de radionúclidos los convierte en buenos candidatos para ayudar a “limpiar” entornos nucleares complicados.
Estos organismos pueden colonizar superficies altamente contaminadas, descomponer materia orgánica presente y, en algunos casos, acumular elementos radiactivos en su biomasa, lo que facilita su posterior recolección y confinamiento seguro. A la vez, pueden actuar como una especie de “barrera viva” que limita la dispersión de contaminantes al fijarlos en una red de micelios.
Se estudia también la posibilidad de usar hongos melanizados como sensores biológicos capaces de cambiar su comportamiento ante distintos tipos de radiación, lo que abriría la puerta a sistemas de monitorización baratos y auto regenerables en plantas nucleares, hospitales con equipos de radioterapia o instalaciones industriales sensibles.
En paralelo, la melanina y otros compuestos producidos por estos hongos podrían integrarse en revestimientos para infraestructuras críticas, como almacenes de residuos radiactivos, contenedores de transporte o blindajes secundarios de reactores, aprovechando su afinidad por la radiación y su resistencia química.
Aplicaciones médicas y farmacéuticas de la melanina fúngica
El ámbito médico tampoco se queda fuera del radar. La melanina de origen fúngico se está investigando como potencial radioprotector para personas sometidas a radiación, desde pacientes oncológicos hasta trabajadores expuestos de forma crónica. Al actuar como escudo y antioxidante, podría utilizarse en formulaciones tópicas o sistémicas para reducir el daño en tejidos sanos durante procedimientos como la radioterapia.
Al mismo tiempo, se explora su uso como radiosensibilizador selectivo en tumores, modulando la respuesta de las células cancerosas a la radiación para aumentar la eficacia de los tratamientos. La versatilidad química de la melanina, junto con su capacidad para interactuar con la radiación, la convierten en un candidato atractivo para el diseño de nuevos fármacos y sistemas de liberación controlada.
Los hongos procedentes de Chernóbil y otros entornos extremos también son una mina de metabolitos secundarios con propiedades antibióticas, inmunomoduladoras o antiproliferativas. El hecho de que vivan al límite hace que su maquinaria biosintética genere compuestos singulares, que podrían traducirse en nuevas clases de medicamentos o coadyuvantes terapéuticos.
En el contexto de la medicina nuclear, se plantean aplicaciones de la melanina como agente de contraste o vehículo para radioisótopos, aprovechando su capacidad de interaccionar con distintos tipos de radiación y su afinidad por ciertos tejidos, aunque estas ideas están todavía en fases muy preliminares.
Estrategias evolutivas en Chernóbil: más allá de los hongos
El fenómeno de la adaptación a la radiación en Chernóbil no se limita a los hongos. Estudios recientes han detectado poblaciones de perros y lobos que viven dentro de la zona de exclusión y que muestran perfiles genéticos particulares, posiblemente asociados a la exposición crónica a la radiación.
Se han encontrado indicios de que estos animales podrían haber desarrollado mutaciones vinculadas a la reparación del ADN y a la resistencia al cáncer, lo que abre un campo de investigación muy sugerente para entender cómo responde la vida a catástrofes nucleares a largo plazo. Aunque todavía se está lejos de poder afirmar que son “radiorresistentes” en el mismo sentido que los hongos, estos hallazgos apuntan a una presión selectiva intensa que estaría moldeando sus genomas.
Para la biotecnología, estas poblaciones animales representan una ventana única para estudiar procesos de adaptación genética a entornos extremos en tiempo casi real, algo que puede aportar pistas clave para desarrollar terapias, estrategias de protección y modelos predictivos de riesgo en humanos.
En conjunto, hongos, animales y otros microorganismos convierten Chernóbil en un laboratorio evolutivo a cielo abierto, donde se observa cómo la vida reacciona cuando se le lleva al límite con un factor tan agresivo como la radiación ionizante.
Oportunidades para founders tech y ecosistema innovador
Para quienes están montando proyectos en biotecnología, new space o materiales avanzados, el caso de los hongos radiorresistentes de Chernóbil es casi un manual de cómo la naturaleza resuelve problemas extremos. Transformar un veneno en una posible fuente de energía o en un escudo funcional es justo el tipo de enfoque que buscan las startups deep tech.
Algunas líneas claras de oportunidad pasan por desarrollar biomateriales inspirados en estos hongos: recubrimientos con melanina optimizada para radiación, estructuras compuestas que integren micelio y polímeros, o sistemas híbridos bio-inorgánicos para blindaje ligero en satélites y estaciones orbitales.
También hay espacio para proyectos orientados a la biorremediación de instalaciones nucleares o zonas contaminadas, mediante consorcios microbianos diseñados para estabilizar radionúclidos y reducir el impacto ambiental. Este tipo de soluciones interesan tanto a la industria energética como a agencias gubernamentales encargadas de la gestión de residuos.
En el plano más especulativo, la investigación sobre radiosíntesis puede desembocar en nuevas arquitecturas de producción energética biológica, donde organismos vivos actúen como intermediarios en la conversión de distintas formas de radiación en gradientes electroquímicos útiles, si se consigue demostrar y escalar el fenómeno de forma controlada.
Todo esto exige, eso sí, combinar biología sintética, ingeniería de materiales, evaluación de riesgos y un marco regulatorio sólido, especialmente si se plantean aplicaciones en el espacio o en infraestructuras críticas en la Tierra.
La historia de los hongos radiorresistentes de Chernóbil y su potencial biotecnológico condensa muchas de las grandes preguntas de la ciencia actual: hasta dónde pueden estirarse los límites de la vida, cómo se puede convertir un entorno letal en una oportunidad y qué papel juega la naturaleza como fuente de soluciones radicalmente nuevas. Entre hipótesis aún por demostrar del todo —como la radiosíntesis— y aplicaciones ya en marcha en protección radiológica, biorremediación o exploración espacial, estos hongos negros demuestran que incluso en el epicentro de un desastre nuclear pueden surgir ideas capaces de redefinir la biotecnología del futuro.