Historia de los ovnis: del mito al UAP

Última actualización: 10/11/2025
Autor: Isaac
  • Del entusiasmo marciano y los «platillos» a la terminología UAP y los programas oficiales.
  • Proyectos Sign, Grudge y Libro Azul, Informe Condon y estadísticas: mayoría de casos explicables.
  • Hipótesis en pugna: extraterrestre, psicosocial y paraufológica; papel clave de Jung y Vallée.
  • Siglo XXI: AATIP, UAPTF y AARO, vídeos navales y foco en datos instrumentales.

historia de los ovnis

Si te intriga saber cómo hemos pasado de hablar de platillos volantes a UAP, estás en el sitio correcto. La historia de los ovnis no es lineal: es una mezcla de avances tecnológicos, miedos de época, errores de percepción, ciencia, cultura popular y, por qué no decirlo, una buena dosis de imaginación. A lo largo de décadas se han cruzado programas militares, debates académicos, mitos antiguos y una casuística que va desde luces en el cielo hasta abducciones.

Este recorrido integra las mejores investigaciones, tanto escépticas como creyentes, y repasa desde los antecedentes del siglo XX a los enfoques psicosociales, pasando por proyectos oficiales como Libro Azul, Condon o, ya en el siglo XXI, AATIP, UAPTF y AARO. Verás cómo el término «platillo volante» nació de una mala interpretación periodística, cómo el fenómeno mutó con la cultura del momento y por qué hoy preferimos hablar de fenómenos anómalos no identificados.

Antes de los «platillos»: antecedentes que prepararon el terreno

A caballo entre finales del XIX y comienzos del XX, la astronomía popularizó la idea de vida inteligente cercana. Percival Lowell interpretó como «canales» las líneas observadas por Schiaparelli en Marte; después supimos que era un error óptico, pero el público lo abrazó con fervor. Esa atmósfera mental allanó el camino para que, décadas más tarde, cualquier cosa rara en el cielo oliera a «otra civilización».

En paralelo, la tecnología se disparaba. En 1939, la Luftwaffe probó el Heinkel He 178, primer avión a reacción operativo: velocidad, maniobrabilidad y ausencia de hélice dejaban pasmados a los profanos. Y el misil balístico V2 demostró lo impensable: cargas a cientos de kilómetros y velocidades supersónicas. El público empezó a interiorizar que «hay aparatos nuevos» y que quizá lo que se ve en el cielo no es lo de siempre.

La detonación nuclear de Trinity (1945) cerró el círculo: se podía extraer energía descomunal de poca masa, y además la guerra entraba en otra liga. Con la Guerra Fría emergió el hambre de información: Estados Unidos quería saber qué se cocía en la URSS. El secretismo soviético, su profundidad estratégica y el control informativo crearon un caldo de cultivo de rumores persistentes hasta la llegada de los satélites espía.

Mientras tanto, los vencedores de la guerra se disputaban a los ingenieros alemanes. EE. UU. aparcó un tiempo a von Braun; la URSS rescató a Serguéi Koroliov del Gulag y recuperó programas de cohetes. Con el Sputnik 1 en órbita, el público se quedó helado y los políticos, según recordaba Carl Sagan, aflojaron la chequera con pocas preguntas. La carrera espacial alimentó la imaginación… y también el miedo.

Del «platillo» al acrónimo: cómo nació el ovni moderno

El 24 de junio de 1947, el piloto civil Kenneth Arnold vio nueve objetos que describió moviéndose «como un platillo sobre el agua». Un periodista, Bill Bequette, confundió la descripción del movimiento con la forma y así nació el término «platillo volante». La etiqueta prendió y, con ella, un tropel de testimonios similares. Curiosamente, Arnold habló de búmeranes, no de platos.

Poco después, llegó el célebre incidente de Roswell: restos de algo en un rancho de Nuevo México, un comunicado oficial que habló de platillo y la posterior rectificación hacia un globo. Las desclasificaciones de los 90 apuntaron al Proyecto Mogul (globos para detectar pruebas nucleares soviéticas). Con todo, Roswell se convirtió en mito fundacional: Hombres de Negro, encubrimientos, Área 51… y una industria turística boyante.

En 1953 la USAF acuñó los términos UFO y UFOB para informes técnicos: objeto que, por prestaciones o rasgos, no encaja en nada conocido ni puede identificarse positivamente. El capitán Edward J. Ruppelt, jefe del Proyecto Libro Azul, popularizó el acrónimo y defendió abandonar «platillos volantes» por su carácter engañoso. En paralelo, los pilotos usaban «bogey» para ecos anómalos en radar.

Décadas más tarde, y por el estigma mediático, algunos investigadores prefieren «UAP» (fenómeno anómalo no identificado). Hoy, la terminología oficial estadounidense habla de «unidentified anomalous phenomenon», extendiendo el foco a lo aéreo, espacial, marítimo y terrestre.

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¿Cuándo empieza la historia de los ovnis? Dos maneras de contarlo

Hay una grieta clásica. Para autores como J. J. Benítez, Erich von Däniken o Jacques Vallée, los avistamientos se remontan a toda la historia humana, reinterpretados en cada época. Para escépticos como Ricardo Campo, Luis Alfonso Gámez o Carl Sagan, el ovni es un mito contemporáneo que arranca a finales de los 40, en sintonía con cohetes, reactores y bombas.

Los defensores de la paleoastronáutica ven señales en «vimanas», «carros de fuego» o «escudos voladores» de textos antiguos, como algunas leyendas japonesas. Däniken estiró la lista —del Ramayana a crónicas varias— y postuló que muchas civilizaciones recibieron impulso externo. Críticos como Mara Castillo Mallén, Gámez o Benjamin Radford señalan errores de traducción, ausencia de pruebas y un sesgo que, además, puede resultar insultante: aceptar el Coliseo romano pero dudar de pirámides egipcias o mesoamericanas por ser obra de «otros».

Benítez fue más allá con relatos donde extraterrestres entrenan a Moisés o alimentan a los padres de la Virgen; Vallée relacionó raptos feéricos medievales con abducciones modernas hacia «Magonia». Para la crítica, son explicaciones ad hoc que ignoran la lectura simbólica y mítica de los textos, sin aportar evidencia empírica.

Lo que se escribió (y lo que no) entre la Antigüedad y la Edad Moderna

Los registros medievales son escasos por analfabetismo, dependencia del pergamino y su elevado coste: lo poco escrito quedó en monasterios. Ted Wilding-White subraya que la narrativa de «sucesos celestes» cuaja mejor tras la aparición de la prensa. Aun así, circularon relatos como los «niños verdes de Woolpit», el fenómeno celeste de Núremberg (1561) o el de Basilea (1566), que hoy suelen interpretarse como parhelios, halos y otras ópticas atmosféricas.

A finales del XIX estalló la oleada de aeronaves (1896–1897) en EE. UU.: dirigibles misteriosos vistos en cientos de crónicas periodísticas. Para muchos historiadores, fue un precedente cultural del ovni moderno, muy en sintonía con la época de zepelines, ferias tecnológicas y narrativa de aventuras científicas.

Guerra, cohetes y miedo: el caldo de cultivo del siglo XX

La Segunda Guerra Mundial dejó otro comodín ufológico: los «foo fighters», luces que acompañaban a los bombarderos. Se barajaron rayos globulares, fuegos de San Telmo o sondas, pero no hubo consenso definitivo. Tras la guerra llegaron Paperclip (captación de científicos alemanes), los prototipos de ala volante y pruebas secretas a mansalva.

En ese ambiente medró el incidente de Roswell, la carrera por los «platillos» y, claro, el Área 51, donde décadas después Bob Lazar aseguraría haber visto nueve naves y trabajado en ingeniería inversa (sin que se corroboraran sus credenciales). Mucha mitología de la Guerra Fría —y series como Expediente X— bebieron de este caldo.

La cultura popular acompañó a lo grande: desde La guerra de los mundos (Wells) y su pánico radiofónico con Orson Welles hasta la ciencia ficción de los 50 y 60, que asentó en la retina una iconografía de discos, grises cabezones y batallas interestelares. Esa estética modeló también lo que la gente creía ver.

Investigaciones oficiales: Sign, Grudge, Libro Azul y el Informe Condon

La administración Truman impulsó pesquisas para averiguar si había intrusiones aéreas peligrosas. Primero, el Proyecto Sign (1947), luego Grudge (1949) y, en 1952, el Proyecto Libro Azul. Con Ruppelt al mando y J. Allen Hynek como consultor, acumuló decenas de miles de expedientes hasta su cierre en 1969: no había amenaza para la seguridad nacional y la mayoría de casos se explicaba por fenómenos conocidos o identificables.

El Informe Condon (Universidad de Colorado, 1968–69) dictaminó que los informes ovni no planteaban desafíos a la ciencia contemporánea, no probaban visitas extraterrestres ni requerían nuevas investigaciones físico-ingenieriles (sí, quizá, en ciencias sociales). En números, la USAF llegó a porcentajes típicos: ~27% astronomía (estrellas, planetas), ~27% globos/aviones, ~23% meteoritos y objetos cercanos a la Tierra y ~23% sin explicar, aunque con la coletilla de «escasos datos». Investigaciones posteriores, como las de Ballester Olmos sobre los expedientes del Ejército del Aire español, bajaron el «no identificado» a alrededor del 7%.

Hynek aportó algo clave: una clasificación en «luces nocturnas», «discos diurnos» y «radar-visual», y sus encuentros cercanos (EC1, EC2 y EC3), que otros extendieron hasta EC6. Ese marco conceptual vertebra muchas categorizaciones modernas.

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Hipótesis, escepticismo y «residuos»: ¿qué hacemos con el pequeño porcentaje?

La ausencia de pruebas concluyentes para una hipótesis extraterrestre dio alas a la idea del encubrimiento: Keyhoe y otros defendieron que «las tienen y no las enseñan». Los escépticos replican con la carga de la prueba, recordando que ni el Proyecto Manhattan pudo guardarse del todo. El comodín de los «Hombres de Negro», popularizado por Gray Barker, alimentó el misterio.

Queda el famoso «residuo» de casos sin explicación. Los escépticos hablan de falacia del residuo: en cualquier disciplina compleja hay siempre un resto no resuelto (crímenes, accidentes de tráfico…). Entre las hipótesis para ese resto destacan la intraterrestre (civilización oculta), la interdimensional, la intertemporal o la de proyectos secretos (prototipos furtivos que engañan a ojos y radares: del SR-71 al F‑117 o el B‑2).

En lo cultural, se acuñaron términos como «síndrome ovni» (interacción de variables psicológicas, sociales y de contexto) o «mito moderno». Julio Arcas señaló su carácter de relato oral del siglo XX; muchos casos no pasan de testimonios sin corroboración material.

Jung, la psique y el fenómeno «mercurial»

El psiquiatra Carl Gustav Jung escribió en 1958 «Un mito moderno. De cosas que se ven en el cielo». Fue cauto: no podía pronunciarse sobre la realidad física por falta de pruebas, pero detectó un potentísimo componente psíquico. Propuso tres vías: un proceso físico real que genera fantasía concomitante; una fantasía primaria inconsciente (arquetipo) que invade la consciencia; o una sincronicidad: coincidencia plena de sentido sin relación causal conocida.

Para Jung, los ovnis tienen un carácter «mercurial»: parecen físicos y psíquicos a la vez, objetivos y subjetivos, temporales y atemporales. Habló de realidad «psicoide» y del unus mundus, donde psique y materia serían dos caras de una base común. Ese paréntesis abrió camino a enfoques psicosociales y paraufológicos posteriores.

Nueva ufología, psicosocial y paraufológica

En 1977, Michel Monnerie planteó que el ovni es mito de la era espacial con base psicosocial: errores de interpretación moldeados por cultura y autosugestión. Bertrand Méheust mostró que mucha imaginería ovni ya estaba en la ciencia ficción anterior, y la «nueva ufología» viró hacia la sociología del testigo y su entorno.

Vallée, con «Pasaporte a Magonia», y John A. Keel empujaron la vía paraufológica/interdimensional: un fenómeno camaleónico que adopta máscaras (hadas, vírgenes, grises) y parece manipular creencias y arquetipos, más que venir en naves desde Alfa Centauri. Patrick Harpur lo hiló con su «realidad daimónica», el Mundus Imaginalis de Corbin o el anima mundi.

Desde los estudios religiosos, Jeffrey J. Kripal subraya que hay dimensión material y mental que considerar; no basta con pensar en «naves». En Latinoamérica, el CIFO en Argentina ha propuesto la hipótesis THAT («el Aquello»): el fenómeno se realizaría «afuera» usando la imaginería colectiva y un estado no ordinario de conciencia del testigo. Y han emergido propuestas como la «teoría de la distorsión» (Caravaca), con su debate y críticas, o la «teoría de la intrusión» (Callejo y Canales). Otras, como la «conciencia global» (Miguel Pedrero) o la «doble visión» (Iker Jiménez), disciernen entre casos lejanos y cercanos quizá de naturaleza distinta.

Casos señeros, de la Antigüedad al siglo XX

Es imposible listarlos todos aquí sin convertir esto en un manual, pero sí encajar varias piedras de toque: desde crónicas antiguas (como los «discos ardientes» del discutido papiro Tulli o «barcos en el cielo» en Roma) y fenómenos renacentistas (Núremberg y Basilea) hasta el airship flap de 1896–97 y el «caso Aurora».

Ya en el siglo XX: los foo fighters; la «batalla de Los Ángeles»; Kenneth Arnold en 1947; Roswell; las fotos de McMinnville; Lubbock; Washington 1952; Flatwoods; el Moncla desaparecido; Lonnie Zamora; Valensole; Kecksburg; Westall; el «hombre polilla» de Point Pleasant; Colares en Brasil; el caso del médico Cash-Landrum con quemaduras; Trans-en-Provence; Rendlesham en el Reino Unido; Kaikoura; Manises (España); Varginha (Brasil) o las Luces de Phoenix en 1997.

Las abducciones pesadas arrancan con Betty y Barney Hill (1961) y siguen con Antonio Villas Boas o Travis Walton, mientras la psicóloga Susan Clancy advierte de la facilidad para formar falsos recuerdos bajo hipnosis y cómo los picos mediáticos multiplican los casos. A nivel local, España vivió su propia casuística setentera (Gáldar, Gallarta, Manises), con mucha tinta corriendo.

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Ovnis, pop y pantallas: cómo la cultura nos devolvió el espejo

Desde Ultimátum a la Tierra a «La cosa», «Encuentros en la tercera fase», «Alien», «Predator», «Men in Black» o «Expediente X», el ovni es lenguaje audiovisual básico del siglo XX. Hay obras que incluso reescriben el mito, como 2001: Una odisea del espacio, con su monolito civilizador; otras lo parodian o lo convierten en denuncia social, como «Están vivos» de John Carpenter. El pop habría sido «incomprensible» sin extraterrestres.

En TV, «Project UFO» dramatizó casos del Proyecto Libro Azul, cerrando cada episodio con la coletilla de que «no hay peligro para la seguridad nacional». El efecto rebote es conocido: cuanto más se populariza, más se retroalimenta la iconografía y más se adapta el fenómeno a lo esperado.

Del UAP al Pentágono: la era contemporánea

En el siglo XXI, Estados Unidos dio un giro pragmático: AATIP (programa secreto en el Pentágono), UAPTF (task force naval) y la actual AARO, oficina para anomalías «en todos los dominios». Los vídeos FLIR (2004, caso Nimitz), GIMBAL y GOFAST (2014–2015, Roosevelt) saltaron a la prensa —con validación de autenticidad— y volvieron serio lo que antes era «tabú».

En 2021, la Oficina del Director de Inteligencia Nacional publicó un informe UAP: hay casos sin solución por ahora, sin concluir origen. Francia, por su parte, también ha mantenido estructuras de estudio e informes independientes. En paralelo, se han vivido episodios de globos y objetos de gran altitud (algunos derribados), lo que recuerda una verdad incómoda: no todo lo no identificado es «de fuera»; a menudo es inteligencia técnica o simple basura aérea.

Para la terminología actual, «UAP» engloba no solo lo aéreo: también espacial, marítimo y terrestre. Esa amplitud ayuda a clasificar mejor, pero también exige más datos instrumentales y menos anécdota.

Clasificaciones clave: Hynek y lo que se sigue usando

Hynek dejó un legado doble. Por un lado, los tipos de avistamiento a distancia: luces nocturnas (NL), «discos diurnos» (DD) y radar-visual (RV). Por otro, los «encuentros cercanos» (EC1: avistamiento a <150 m; EC2: con efectos físicos; EC3: con seres). Décadas posteriores sumaron EC4 (abducciones) y EC5 (interacción), aunque estos dos saltan de la descripción observacional a lo experiencial.

Esa tabla mental —junto con la insistencia en diferenciar señales instrumentales de testimonios— sigue siendo útil. No prueba nada por sí sola, pero ayuda a ordenar y a comparar patrones a través del tiempo.

Debates que no caducan: pruebas, ciencia y el lugar de la experiencia

Autores como Sagan, Menzel o Gámez recuerdan la navaja de Ockham: la inmensa mayoría de informes acaban en fraudes, confusiones o pareidolias; lo que quede por explicar no es evidencia de lo extraordinario. Del otro lado, hay quien pide no tirar el baby con el agua: un puñado de casos con buena instrumentación merecen atención técnica, aunque sin saltos de fe.

Por su parte, la psicología y antropología invitan a considerar seriamente la experiencia subjetiva: no para convertirla en prueba de visitas, sino para entender cómo cultura, creencias, expectativas, sugestión e incluso estados no ordinarios de conciencia modelan el relato. Entre la naves y los arquetipos hay mucho territorio fértil que explorar con método.

La «historia de los ovnis» es también historia de cómo miramos el cielo y de cómo la tecnología y los miedos del momento se reflejan en esa mirada. Del entusiasmo marciano decimonónico al UAP del Pentágono hay un hilo común: necesitamos distinguir qué es ruido, qué es error y qué, si lo hubiera, podría ser algo genuinamente nuevo.

Mirar hacia atrás sirve para contextualizar: sin los cohetes, Roswell o la Guerra Fría quizá no hablaríamos de «platillos». Sin la ciencia ficción, no veríamos grises por todas partes. Sin Jung, Vallée o los enfoques psicosociales, ignoraríamos la mitad psíquica del fenómeno. Y sin datos instrumentales modernos, seguiríamos en la pura anécdota. El reto sigue siendo el mismo: más medición y menos suposición, para que lo no identificado deje de ser sospecha y pase —si lo merece— a conocimiento.

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