- La Agencia Espacial Europea ha capturado un mosaico histórico que muestra más de 60 millones de estrellas en el bulbo galáctico.
- La misión utiliza la técnica de microlente gravitacional para detectar exoplanetas fríos y medir su masa con precisión.
- Esta imagen servirá de referencia temporal para misiones futuras, como el telescopio Nancy Grace Roman de la NASA.
- El instrumento de Euclid es capaz de cubrir en un solo día áreas que a otros observatorios les llevaría miles de horas procesar.

Mirar al cielo nocturno siempre nos ha hecho sentir pequeños, pero la última hazaña de la Agencia Espacial Europea (ESA) lleva esa sensación a otro nivel. El telescopio espacial Euclid, conocido cariñosamente como el detective del universo oscuro, ha conseguido retratar el bulbo galáctico con una nitidez que hasta hace nada parecía ciencia ficción. Se trata de un mosaico gigantesco que aglutina más de 60 millones de estrellas en una sola imagen, permitiéndonos ver el centro de nuestra galaxia en luz visible como nunca antes se había logrado.
Esta impresionante fotografía no ha sido fruto de la casualidad, sino de una petición específica de la comunidad científica para aprovechar la brutal capacidad de Euclid de capturar áreas inmensas del firmamento sin perder un ápice de detalle. El resultado es un mapa estelar compuesto por nueve capturas diferentes realizadas durante el pasado marzo de 2025, un trabajo que apenas requirió 26 horas de observación pero que ha dejado a los astrónomos con la boca abierta por la cantidad de información que contiene cada píxel.
Una proeza técnica de la Agencia Espacial Europea

Lo que hace que Euclid sea un bicho raro, en el mejor de los sentidos, es su capacidad para no deslumbrarse ante el brillo cegador de la región interior de la galaxia. Mientras otros instrumentos se saturan al apuntar a zonas tan densas, la cámara de luz visible de esta sonda europea es lo suficientemente sensible para distinguir estrellas individuales en medio de ese gentío cósmico. Esto es fundamental para estudiar lo que ocurre en las profundidades del corazón galáctico, donde la luz de millones de astros se mezcla en un baile constante.
Si comparamos esta misión con lo que ya conocíamos, la diferencia es abismal. Aunque el mítico telescopio Hubble ofrece una calidad similar, el campo de visión de Euclid es 270 veces superior en cada toma. Para que nos hagamos una idea de la magnitud del avance, si quisiéramos replicar este mosaico utilizando observatorios terrestres como el Keck en Hawái, tendríamos que dedicarle unas 2.000 horas de exposición, algo inviable para la agenda de cualquier centro de investigación moderno.
Además de la mera belleza estética, este despliegue tecnológico permite identificar estructuras que antes pasaban desapercibidas, como nebulosas tenues y cúmulos estelares que se esconden entre la multitud. El hecho de que Europa lidere esta vanguardia astronómica sitúa a la ESA en una posición privilegiada para entender cómo se distribuye la materia en nuestro vecindario espacial, sirviendo de base para estudios que durarán décadas.
La lupa cósmica: cómo encontrar planetas invisibles

La verdadera chicha científica de esta imagen reside en una técnica llamada microlente gravitacional. Básicamente, se trata de aprovechar una alineación fortuita: cuando una estrella pasa por delante de otra, su gravedad actúa como una lupa natural que amplifica la luz del astro que está al fondo. Si esa estrella del primer plano tiene un planeta orbitándola, la luz se deforma de una manera muy concreta, revelando la presencia de mundos que de otro modo serían totalmente invisibles para nosotros.
A diferencia de otros métodos de caza de planetas que solo encuentran gigantes gaseosos muy calientes, esta técnica es ideal para localizar mundos fríos y distantes, lo que nos da una visión mucho más real de lo que hay ahí fuera. Según los expertos del Instituto de Astrofísica de París, este sistema no tiene sesgos y permite descubrir prácticamente cualquier cosa que esté orbitando en esa región tan poblada de la Vía Láctea, desde planetas rocosos hasta planetas errantes del tamaño de Saturno o enanas marrones.
Aunque en un solo día de observación no se pueden cazar eventos de microlente nuevos (ya que se necesitan unos 20 días de seguimiento), la imagen de Euclid es un tesoro porque incluye 51 sistemas planetarios que ya conocíamos. Esto permite a los investigadores cruzar datos y ajustar las masas de esos mundos con una precisión quirúrgica, mejorando nuestro conocimiento sobre exoplanetas icónicos que fueron descubiertos hace ya un par de décadas.
Vaya tela con la precisión que maneja el aparato, pues es capaz de medir cambios minúsculos en el brillo estelar a lo largo del tiempo. Al poder separar cada estrella de forma individual, los científicos pueden rastrear sus movimientos y velocidades, algo vital para confirmar si los tirones gravitacionales que detectan provienen realmente de un planeta o de otra anomalía estelar.

Un puente hacia futuros descubrimientos espaciales

Esta labor de Euclid no se queda en un simple «mira qué foto más bonita». Sus datos son el cimiento sobre el que se apoyarán misiones venideras, especialmente el telescopio Nancy Grace Roman de la NASA, que tiene previsto su lanzamiento para finales de este año. La región que ha mapeado Euclid es exactamente la misma que vigilará el Roman, lo que significa que los astrónomos del futuro tendrán una referencia del pasado para comparar cómo han cambiado esas estrellas con el tiempo.
Contar con esta «fotografía de antes» es un chollo para los investigadores, ya que les permite saber cómo lucían los astros antes de que se produzcan las alineaciones de microlente. Gracias a este trabajo previo, cualquier evento detectado en los próximos años podrá ser contrastado con la base de datos europea, facilitando la confirmación de la masa y la órbita de nuevos exoplanetas encontrados en el corazón galáctico.
El alcance de la misión Euclid va mucho más allá de nuestra propia galaxia, ya que su objetivo principal es elaborar un mapa en 3D del universo para entender la energía oscura. Sin embargo, aprovechar su paso por el centro de la Vía Láctea para estudiar los movimientos estelares y el polvo interestelar demuestra la versatilidad de este ingenio europeo. No es solo un detective de lo invisible, sino también un cronista excepcional de lo que tenemos justo delante de nuestras narices.
Al final, este esfuerzo conjunto de astrónomos e ingenieros nos regala una herramienta sin parangón para descifrar los secretos de nuestro hogar cósmico. Disponer de una base de datos con más de 60 millones de estrellas catalogadas con este nivel de detalle permitirá no solo confirmar la existencia de nuevos mundos, sino también comprender mejor la evolución de la propia Vía Láctea a través del estudio de sus componentes más antiguos y densos.
La enorme instantánea capturada por Euclid supone un hito en la exploración espacial al combinar una rapidez de ejecución asombrosa con una resolución que hasta ahora solo estaba al alcance de observaciones muy limitadas. Gracias al uso de la técnica de microlente y a la colaboración entre agencias internacionales, la ciencia cuenta ahora con una referencia temporal clave para identificar planetas lejanos y fríos, consolidando a este telescopio como una pieza fundamental para desentrañar la composición y la dinámica del bulbo galáctico en los años venideros.


