- Se ha cartografiado por primera vez una red fúngica subterránea con una longitud de 110.000 billones de kilómetros.
- Estos hongos micorrízicos logran capturar el equivalente al 11 % de las emisiones anuales de carbono de origen humano.
- La actividad agrícola intensiva reduce la densidad de estas redes vitales en casi un 50 % en comparación con suelos vírgenes.
- Expertos europeos lideran esta investigación para proteger un ecosistema invisible que es clave contra el cambio climático.
A menudo se nos olvida que lo que ocurre bajo la superficie es igual de importante que lo que vemos a simple vista. En el subsuelo de nuestros campos y bosques se extiende una maquinaria biológica invisible que trabaja sin descanso para que la vida, tal como la conocemos, siga su curso.
Se trata de los hongos micorrízicos, unos organismos que viven en una simbiosis constante con las raíces de las plantas y que forman lo que muchos científicos denominan el sistema circulatorio del planeta. Gracias a un estudio internacional sin precedentes, ahora sabemos que estas redes son mucho más extensas y vitales de lo que cualquier experto había imaginado hasta la fecha.

Una cifra que desafía la imaginación humana
El equipo de investigación, liderado por instituciones de los Países Bajos y con la participación de expertos de todo el globo, ha utilizado inteligencia artificial para estimar que la longitud total de estas redes alcanza los 110.000 billones de kilómetros. Si nos cuesta visualizarlo, basta decir que esa distancia es mil millones de veces el trayecto de ida y vuelta al Sol, una auténtica barbaridad que se encuentra justo debajo de nuestros pies.
Lo curioso es que, a pesar de su magnitud, estas estructuras están formadas por hifas microscópicas, unos filamentos tan finos que en una sola cucharada de tierra sana podrían esconderse hasta diez metros de red fúngica. Este hallazgo, publicado en la prestigiosa revista Science, pone de relieve que la masa de estos hongos es entre cuatro y seis veces superior a la de todos los seres humanos que habitamos el planeta hoy en día.
El pulmón silencioso que frena el calentamiento global
Más allá de los números astronómicos, la función de estas redes es determinante para el equilibrio ambiental en Europa y el resto del mundo. Los hongos actúan como un mercado de intercambio: las plantas les ceden azúcares producidos mediante la fotosíntesis y, a cambio, los hongos les proporcionan agua y nutrientes esenciales como el fósforo o el nitrógeno, llegando a zonas donde las raíces jamás podrían alcanzar por sí solas.
En este proceso de trueque, las redes fúngicas se encargan de «enterrar» unos 4.000 millones de toneladas de dióxido de carbono al año. Esto supone que estos aliados invisibles retienen el 11 % de las emisiones de CO₂ que generamos los humanos anualmente, funcionando como un gigantesco sumidero que ayuda a regular el termostato de la Tierra de forma natural y eficiente.
La amenaza de la agricultura y la pérdida de biodiversidad
Sin embargo, no todo son buenas noticias, ya que el estudio advierte de que estamos dañando gravemente este motor biológico. En las tierras dedicadas a la agricultura intensiva, la densidad de estas redes ha caído prácticamente a la mitad en comparación con los ecosistemas silvestres. El uso excesivo de fertilizantes químicos y el arado constante de los suelos rompen estos delicados filamentos, dejando a las plantas más vulnerables y reduciendo la fertilidad natural de la tierra.
Especialmente preocupante es la situación de los pastizales, que albergan el 40 % de esta biomasa fúngica mundial. Aunque en regiones como España estos terrenos son fundamentales, a nivel global se están convirtiendo en zonas de cultivo cuatro veces más rápido de lo que desaparecen los bosques. Los investigadores subrayan que es imposible proteger lo que no aparece en los mapas, y por eso esta nueva herramienta cartográfica será clave para que los gobiernos empiecen a legislar pensando en lo que ocurre bajo el suelo.
Esta primera radiografía global de la infraestructura fúngica de la Tierra demuestra que la salud de nuestros bosques y cultivos depende de un equilibrio subterráneo que hemos ignorado durante décadas. Al entender que estas redes transportan nutrientes y carbono a velocidades que, a escala humana, equivaldrían a un tren bala atravesando el subsuelo, se hace evidente la necesidad de cambiar nuestras prácticas agrícolas. Solo protegiendo este inmenso sistema circulatorio biológico podremos garantizar la seguridad alimentaria y contar con un aliado real en la lucha contra la crisis climática actual.
