El misterioso Planeta Rosa revela nubes de sal gracias al James Webb

Última actualización: 19/06/2026
Autor: Isaac
  • El exoplaneta GJ504b, situado a 57 años luz de la Tierra, destaca por su inusual tono rosado y su baja temperatura atmosférica.
  • Nuevas observaciones del telescopio James Webb confirman por primera vez la presencia de nubes de sal metálica en su composición.
  • El estudio liderado por la Universidad Northwestern sugiere que su masa es 25 veces mayor que la de Júpiter, redefiniendo su naturaleza.
  • Este hallazgo permite a los astrónomos europeos y mundiales perfeccionar los modelos climáticos de otros mundos fríos y tenues.

Planeta rosa GJ504b con nubes de sal

Llevamos más de una década dándole vueltas a uno de los objetos más peculiares que pululan por nuestro vecindario cósmico. Se trata del ya famoso «Planeta Rosa», un cuerpo celeste que ha tenido a la comunidad científica de cabeza desde que fue avistado por primera vez en 2013. Aunque su color ya era motivo suficiente para captar la atención de cualquiera, lo que realmente quitaba el sueño a los astrónomos era su naturaleza esquiva, ya que su brillo es tan tenue que los telescopios terrestres apenas podían arañar información sobre lo que ocurre en su superficie.

La cosa ha cambiado por completo gracias al telescopio espacial James Webb, que ha logrado lo que parecía imposible en un tiempo récord. Mientras que otros instrumentos pasaban noches enteras intentando captar algo de luz sin éxito, el Webb solo ha necesitado un par de horas para desgranar los secretos de este mundo. El resultado de este análisis, publicado recientemente en The Astronomical Journal, nos presenta un escenario de ciencia ficción: una atmósfera envuelta en nubes de sal metálica que actúan como un velo químico.

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Un gigante frío que rompe los esquemas

El protagonista, bautizado técnicamente como GJ504b, se encuentra a unos 57 años luz de nosotros orbitando una estrella muy parecida al Sol. A diferencia de la mayoría de los exoplanetas que solemos fotografiar, que son auténticos hornos a miles de grados, este se mantiene a unos 290 grados Celsius. Para que nos hagamos una idea, es una temperatura similar a la de un horno doméstico a plena potencia, lo cual en términos astronómicos se considera algo extremadamente frío para un objeto de su tipo.

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Esta baja temperatura es consecuencia directa de su edad, estimada entre los 2.500 y 4.000 millones de años. Al igual que ocurre con una brasa que se va apagando, los gigantes gaseosos pierden calor con el paso del tiempo tras su formación. Lo curioso es que, a pesar de llevar tanto tiempo enfriándose, GJ504b sigue guardando una masa imponente que ha generado un intenso debate entre los expertos sobre si debemos considerarlo un planeta o algo más grande, comparándolo a veces con otros planetas del sistema solar.

El enigma resuelto de las nubes metálicas

¿Pero cómo hemos llegado a saber lo de la sal? El equipo liderado por Aneesh Baburaj utilizó la espectroscopía para descomponer la luz del objeto. Al principio, los datos no tenían ningún sentido y los modelos informáticos daban error, hasta que decidieron introducir sales metálicas en la ecuación. Fue en ese momento cuando todas las piezas del puzle encajaron perfectamente, demostrando que estas nubes ocultan las capas más profundas de la atmósfera y alteran la luz que recibimos.

En este mundo lejano, los minerales no se quedan en el suelo, sino que se evaporan y condensan formando brumas flotantes. Entre los componentes detectados destacan el vapor de agua, el metano y el amoníaco, configurando una sopa química que no se parece a nada de lo que tenemos en nuestro sistema solar. Es la primera vez que se obtiene una prueba tan directa de este fenómeno en un cuerpo celeste con temperaturas tan moderadas.

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¿Planeta o estrella fallida?

Uno de los puntos más interesantes del nuevo estudio es la revisión de su peso. Aunque en un principio se pensaba que tenía unas cuatro veces la masa de Júpiter, las mediciones actuales apuntan a unas 25 veces esa cifra. Este dato lo sitúa justo en la frontera de las llamadas enanas marrones, esos objetos que son demasiado grandes para ser planetas normales pero que no llegaron a encenderse para ser estrellas.

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Este hallazgo no solo nos habla de GJ504b, sino que sirve como campo de entrenamiento para misiones futuras. Al entender cómo funcionan estas nubes de sal en objetos tan tenues, los astrónomos están mejor preparados para buscar vida o condiciones habitables en planetas todavía más difíciles de ver. La tecnología del James Webb está permitiendo que lo que antes eran simples teorías sobre el papel se conviertan ahora en realidades observables con una nitidez pasmosa.

Este avance supone un hito en la exploración espacial al confirmar que la diversidad química del universo es mucho más rica de lo que sospechábamos hace apenas unos años. Gracias a la combinación de datos precisos y nuevos modelos climáticos, ahora sabemos que el color rosado de GJ504b es solo la superficie de un complejo sistema atmosférico donde la sal metálica juega un papel fundamental para entender su evolución y su verdadera masa.

Telescopio James Webb
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