- 3I/ATLAS es el tercer cometa interestelar detectado y el más grande y masivo observado hasta ahora, con un núcleo de unos 2,6 km.
- Una red de telescopios y sondas (Hubble, Webb, TESS, SPHEREx, Gaia, Juno) sigue su trayectoria, composición y actividad en una campaña inédita.
- Las observaciones revelan una química muy anómala (mucho CO₂, metano tardío, moléculas orgánicas) y aceleraciones no gravitacionales explicadas por "volcanes de hielo".
- Su paso cerca de la esfera de Hill de Júpiter abre una oportunidad única para estudiar un cometa interestelar interactuando con un planeta gigante.

El cometa interestelar 3I/ATLAS se ha convertido en uno de los objetos más intrigantes que han cruzado nuestro vecindario cósmico. Es solo el tercer visitante interestelar, pero su tamaño, su comportamiento y su química lo han colocado en el centro de una de las campañas de observación más completas de la astronomía moderna.
Lejos de ser un simple «punto borroso» en el cielo, este cometa ha puesto a trabajar a telescopios espaciales como Hubble, James Webb, TESS y SPHEREx, además de observatorios en Europa y Sudáfrica y misiones de la ESA y la NASA. Lo que se está viendo en sus datos es tan inusual que muchos científicos hablan de una auténtica cápsula del tiempo interestelar que cuestiona lo que creíamos saber sobre la formación de cometas.
Un visitante que no pertenece al Sistema Solar
3I/ATLAS fue detectado por primera vez el 1 de julio de 2025 por el sistema de telescopios ATLAS en Río Hurtado (Chile), que envió sus observaciones al Centro de Planetas Menores. La precisión de su órbita dejó claro casi desde el principio que no se trataba de un cometa «de la casa»: seguía una trayectoria hiperbólica, típica de un objeto que no está ligado gravitacionalmente al Sol y que, por tanto, solo nos visitará una vez antes de perderse de nuevo en el espacio interestelar.
Este carácter forastero se confirmó poco después gracias a un equipo del Centro de Investigación en Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (CITIC) de la Universidade da Coruña, que utilizó datos de la misión Gaia de la Agencia Espacial Europea. Con ellos pudieron reconstruir el viaje del cometa hacia atrás durante unos 10 millones de años, demostrando que procede del espacio interestelar y que se habría formado en la nebulosa de otra estrella. No es exagerado decir que, para la ciencia europea, 3I/ATLAS es una auténtica cápsula del tiempo primordial.
Desde el inicio se descartó cualquier riesgo de impacto: los cálculos orbitale indican que el cometa solo se acercaría a unas 1,6 unidades astronómicas de la Tierra, muy lejos para suponer una amenaza real. Aun así, su paso ha servido incluso para simulaciones de impacto en ciudades como Madrid, donde herramientas como Asteroid Launcher han mostrado de forma didáctica las devastadoras consecuencias hipotéticas de un choque de este tamaño sobre una gran urbe.

Un gigante entre los objetos interestelares conocidos
Uno de los primeros resultados que llamó la atención llegó desde el telescopio espacial Hubble. A partir de observaciones posteriores al perihelio, entre diciembre de 2025 y enero de 2026, un equipo internacional logró aislar el brillo del núcleo del resplandor de la coma y estimó un diámetro efectivo de unos 2,6 ± 0,4 kilómetros, asumiendo un albedo típico de 0,04.
Esta medida implica que 3I/ATLAS es, con diferencia, el objeto interestelar más grande observado hasta la fecha. En masa, se calcula que podría ser unas 40 veces más masivo que 2I/Borisov y al menos 20.000 veces más masivo que 1I/’Oumuamua. Otros métodos independientes, basados en la aceleración no gravitacional producida por la desgasificación (el llamado «efecto cohete»), apuntan a un tamaño similar, reforzando la credibilidad de la estimación.
En paralelo, distintos grupos han medido su velocidad de desplazamiento por el Sistema Solar, del orden de 210.000-220.000 km/h, una cifra coherente con su órbita abierta y con un viaje que podría superar los 7.000 millones de años desde su formación en otro sistema planetario muy antiguo.
Del perihelio a la máxima aproximación a la Tierra
El 29 de octubre de 2025, 3I/ATLAS alcanzó su perihelio, el punto de mayor acercamiento al Sol. A partir de ese momento, el interés científico se disparó y, con él, también el ruido mediático. Mientras las agencias espaciales organizaban una campaña internacional de observación coordinada —con participación de la NASA, la ESA y numerosos observatorios terrestres—, en redes sociales empezaron a circular especulaciones sobre su posible origen artificial y supuestos protocolos secretos de defensa planetaria.
Los organismos científicos y plataformas de verificación se vieron obligados a precisar que no había ningún sistema de defensa activado y que la atención sobre el cometa respondía a su valor científico único. Desde España, por ejemplo, se siguió muy de cerca tanto en medios generalistas como en centros de investigación, destacando la implicación de grupos como el del Institut d’Estudis Espacials de Catalunya en su estudio.
El 19 de diciembre, el cometa alcanzó su máximo acercamiento a la Tierra, momento que se aprovechó para observaciones intensivas desde instrumentos espaciales e instalaciones repartidas por Europa y otros continentes. Para la comunidad astronómica, fue probablemente la única ventana real para estudiar con tanto detalle un cometa interestelar que, con toda probabilidad, no volverá a pasar por nuestra vecindad.
En esas fechas se detectó también un curioso efecto de aumento de oposición: cuando Sol, Tierra y 3I/ATLAS quedaron prácticamente alineados el 22 de enero de 2026, la luz dispersada por los granos de polvo del cometa experimentó un incremento de brillo de alrededor del 20 %, con una amplitud angular de unos 3 grados, tal y como predecían modelos recientes sobre la dispersión de luz en cometas.
Lo que TESS vio sin saberlo: la «película» de 28 horas
El satélite TESS (Transiting Exoplanet Survey Satellite), concebido para buscar exoplanetas mediante variaciones de brillo en estrellas lejanas, ha acabado desempeñando un papel inesperado en la historia de 3I/ATLAS. Gracias a su amplio campo de visión, TESS ya había captado al cometa en mayo y junio de 2025, meses antes de su descubrimiento oficial, aunque en aquel momento nadie reparó en él.
Al revisar los archivos, los astrónomos apilaron más de 9.000 imágenes para extraer del ruido un punto débil sin coma aparente, con una curva de brillo similar a la de un objeto inactivo, casi como si fuese un pequeño asteroide interestelar. Aquellas observaciones tempranas resultaron ser la «precuela» de lo que vendría después.
Entre el 15 y el 22 de enero de 2026, TESS dedicó una campaña específica al cometa mientras se alejaba del Sol. Usando datos del 15 y del intervalo 18-19 de enero, el investigador del MIT Daniel Muthukrishna montó una secuencia de 28 horas en la que 3I/ATLAS aparece como un punto brillante que cruza el campo estelar con una cola —y en algunas reconstrucciones, una anti-cola dirigida hacia el Sol— claramente visibles.
Las medidas indican un brillo de alrededor de 11,5 magnitudes aparentes, es decir, unas cien veces más tenue de lo que puede captar el ojo humano sin ayuda. El objeto ocupa apenas unos pocos píxeles y la anti-cola se aprecia como una estructura difusa, lo que limita los detalles que pueden extraerse. Sin embargo, el verdadero valor científico de este material reside en la continuidad temporal: tener casi 28 horas seguidas de datos fotométricos sobre un cometa interestelar es un lujo del que no se dispuso en casos anteriores como ’Oumuamua.
Todo el paquete de datos de TESS, incluido el vídeo y las mediciones calibradas, se ha puesto a disposición pública a través del Mikulski Archive for Space Telescopes, lo que permite a grupos de investigación de Europa y de todo el mundo explotar el archivo casi en tiempo real para estudiar patrones de variación de brillo, oscilaciones en la cola y la posible firma de su periodo de rotación.

Hubble y Webb: tamaño, brillo y una química fuera de lo común
Mientras TESS aportaba la visión continua de gran campo, el telescopio espacial Hubble y el James Webb Space Telescope (JWST) proporcionaban el detalle fino. Hubble no solo permitió medir el diámetro del núcleo; también mostró cómo 3I/ATLAS se atenuaba más rápido tras el perihelio de lo que sugerían las tendencias previas, y cómo el perfil de brillo superficial posterior era más suave que el anterior, señal de cambios en la distribución de polvo y gas alrededor del objeto.
Las nuevas observaciones de Webb con el espectrómetro MIRI, realizadas los días 15, 16 y 27 de diciembre de 2025, cuando el cometa se encontraba entre unas 2,20 y 2,54 unidades astronómicas del Sol, han dado el golpe definitivo a la idea de que estamos ante un cometa «típico». En el rango infrarrojo, los espectros muestran agua (H₂O), dióxido de carbono (CO₂), monóxido de carbono (CO), níquel (Ni) y metano (CH₄), con proporciones muy poco habituales frente a los cometas del Sistema Solar.
Antes del perihelio, otras observaciones de Webb ya habían apuntado a que 3I/ATLAS es inusualmente rico en CO₂, con alrededor de un 87 % de la pérdida de masa gaseosa atribuida al dióxido de carbono y solo un 4 % al agua, quedando el 9 % restante principalmente en forma de CO. Tras el perihelio, los nuevos datos indican que la relación CO₂/H₂O se reduce aproximadamente a la mitad, lo que sugiere un cambio importante en las regiones activas de la superficie o en las capas de hielo que se van exponiendo al calor solar.
Quizá el resultado más llamativo sea la detección robusta de metano (CH₄) en la coma del cometa después del perihelio, con tasas de producción equivalentes a alrededor del 14-27 % de la producción de agua en las dos fechas analizadas. El metano sólido es extremadamente volátil y debería haberse sublimado con facilidad en las primeras fases de calentamiento, pero ni Webb ni la espectroscopía de SPHEREx en agosto de 2025 detectaron CH₄. Esto apunta a que las capas externas de 3I/ATLAS están empobrecidas en metano y que este gas procede de regiones más profundas, expuestas solo cuando el objeto se acercó mucho más al Sol.
El enigma se refuerza con la detección temprana de monóxido de carbono, que es aún más volátil que el metano: si el CO pudo escapar antes, ¿por qué no lo hizo el CH₄ hasta más tarde? Esta combinación de abundancias, sumada a la presencia de moléculas orgánicas detectadas por observatorios como ALMA y SPHEREx (metanol, cianuro, metano y otras especies prebióticas), ha llevado a algunos autores a afirmar que cuanto más se estudia 3I/ATLAS, más anómalo parece.
Volcanes de hielo, aceleraciones extrañas y conspiraciones
Durante los meses posteriores al descubrimiento, las mediciones orbitales revelaron que el cometa experimentaba una aceleración no puramente gravitacional en las cercanías del perihelio, un efecto que recuerda al comportamiento de otros cometas pero que, en el caso de 3I/ATLAS, fue interpretado por algunos como indicio de propulsión artificial.
El astrofísico Avi Loeb, de la Universidad de Harvard, fue especialmente vocal al plantear que la combinación de trayectoria, coincidencias con el radio de la Esfera de Hill de Júpiter y actividad anómala podía ser compatible con un artefacto tecnológico. A su juicio, la extrema proximidad entre el radio de Hill del gigante gaseoso (unos 53,502 millones de kilómetros en la fecha clave) y la trayectoria calculada del cometa (unos 53,445 millones de kilómetros) resultaba demasiado ajustada para ser pura casualidad.
Sin embargo, los análisis posteriores han ido inclinando la balanza hacia explicaciones físicas más convencionales. Un equipo de investigación planetaria —con participación destacada del astrofísico catalán Josep M. Trigo-Rodríguez y observaciones del telescopio Joan Oró en el Observatorio del Montseny— concluyó que las supuestas «propulsiones» se explican mejor como chorros de desgasificación provenientes de auténticos «volcanes de hielo» en la superficie del cometa.
Estos chorros se activan cuando el cometa se calienta al acercarse al Sol, expulsando hielo y polvo en lugar de lava, y generando un empuje suficiente como para producir desviaciones medibles respecto a una órbita puramente gravitatoria. Lo interesante es que la dinámica de estos volcanes recuerda a la de objetos transneptunianos que orbitan más allá de Neptuno, lo que sugiere paralelismos entre 3I/ATLAS y cuerpos helados del Sistema Solar exterior pese a haberse formado en otro lugar de la galaxia.
Aun así, Loeb sostiene que conviene mantener abierta la puerta a escenarios alternativos mientras se analizan con detalle todos los datos, especialmente los relacionados con posibles tecnofirmas (señales que podrían delatar tecnología extraterrestre). De hecho, ha anunciado junto con el observador Toni Scarmato un análisis minucioso de la «película» de TESS y de las imágenes de Hubble para buscar variaciones periódicas de brillo y un posible «bamboleo» de la anti-cola coherente con el periodo de rotación de 7,1 horas.

Moléculas orgánicas, polvo y una arqueología tecnológica galáctica
Más allá de las hipótesis más especulativas, las observaciones combinadas de Webb, SPHEREx y ALMA han descubierto en 3I/ATLAS una rica colección de moléculas orgánicas que, aunque no implican por sí mismas la presencia de vida, sí son consideradas precursores prebióticos. Entre ellas destacan el metanol, el cianuro y el metano, además de otras especies que suelen asociarse a los materiales primitivos del Sistema Solar.
Estos compuestos se detectan tanto antes como después del perihelio, pero con niveles de actividad muy diferentes. SPHEREx, por ejemplo, encontró un aumento drástico del brillo infrarrojo en los dos meses posteriores al máximo acercamiento al Sol, asociado a una expulsión intensa de agua, dióxido de carbono, monóxido de carbono y polvo refractario. Este comportamiento confirma la idea de que el calor solar ha ido destapando capas de hielo y materiales ricos en carbono que habían permanecido enterrados durante miles de millones de años.
Desde una perspectiva más amplia, cada molécula identificada ayuda a comparar la química de otros sistemas planetarios con la de nuestro propio entorno. El hecho de que 3I/ATLAS muestre una combinación tan extrema de CO₂, H₂O, CO y CH₄, además de metales como el níquel en fase gaseosa, alimenta debates sobre cómo y dónde se formó y qué procesos físicos ha sufrido en su viaje interestelar.
Este tipo de descubrimientos ha llevado a algunos investigadores a hablar de una posible «arqueología tecnológica» a escala galáctica: si entre la multitud de objetos interestelares hubiese alguno de origen artificial, la única forma de detectarlo sería precisamente analizando con lupa anomalías en su dinámica, su composición o sus emisiones. En ese sentido, 3I/ATLAS está sirviendo como banco de pruebas metodológico, más allá de cuál sea finalmente su verdadera naturaleza.
La cita con Júpiter y el papel de la sonda Juno
El siguiente gran hito en el seguimiento de 3I/ATLAS está marcado en rojo en las agendas de numerosos equipos: el 16 de marzo, el cometa se acercará a las inmediaciones del radio de Hill de Júpiter, la zona en la que la gravedad del planeta gigante domina sobre la del Sol. Ese día, la distancia entre ambos rondará los 53-54 millones de kilómetros, lo bastante cerca como para que la sonda Juno, actualmente en órbita joviana, pueda dedicar parte de sus instrumentos a observar al visitante interestelar.
Juno ofrece una perspectiva muy distinta de la de TESS o Hubble, al situarse dentro del entorno de partículas cargadas y campos magnéticos de Júpiter. Sus sensores podrían registrar cómo interacciona el cometa con la magnetosfera y el polvo circundante, detectar posibles desprendimientos de material y medir la respuesta del plasma joviano ante la presencia de un objeto rico en volátiles cruzando su dominio gravitatorio.
Para la comunidad científica, se trata de una oportunidad histórica: nunca antes se había observado un objeto interestelar atravesando el área de influencia de un planeta gigante. El paso de 3I/ATLAS por las cercanías de Júpiter permitirá comprobar hasta qué punto este tipo de cuerpos pueden quedar capturados temporalmente, desviados o incluso fragmentados por la acción combinada de la gravedad y el entorno de radiación.
Durante esta fase, la llamada Esfera de Hill de Júpiter cobra especial protagonismo. Se trata del volumen alrededor del planeta dentro del cual su gravedad puede llegar a «absorber» o retener temporalmente objetos. En la fecha del encuentro, se estima un radio de Hill de unos 53,502 millones de kilómetros, frente a los 53,445 millones a los que pasaría 3I/ATLAS, una diferencia de apenas unos 60.000 kilómetros. Es una cercanía extrema a escala astronómica que mantiene viva la incógnita de si el cometa seguirá de largo, quedará en órbita o, de forma más improbable, será capturado como satélite temporal.
Un laboratorio a medida para Europa y la próxima generación de telescopios
En Europa, el caso de 3I/ATLAS está sirviendo también como campo de pruebas para la coordinación entre misiones de la ESA, observatorios nacionales y grandes instalaciones del hemisferio sur. El trabajo combinado de en la reconstrucción de la órbita, la participación de centros españoles en el análisis de su trayectoria y de su actividad, y la utilización de telescopios como el Joan Oró muestran cómo la ciencia europea se posiciona en primera línea en el estudio de estos visitantes.
A medio plazo, la experiencia acumulada con 3I/ATLAS será clave para afinar estrategias en proyectos como el Vera C. Rubin Observatory en Chile, diseñado para barrer el cielo de forma sistemática. Se están perfeccionando algoritmos de detección temprana, técnicas de apilado de miles de imágenes, criterios para decidir cuándo activar recursos caros (como tiempo de Hubble o Webb) y protocolos para compartir datos de forma rápida entre equipos de distintos países.
En paralelo, la gestión de los enormes volúmenes de datos generados por TESS, Hubble, Webb, SPHEREx y otros instrumentos plantea retos serios para la infraestructura digital de la astronomía moderna. Archivos como el Mikulski Archive o repositorios europeos deben ser capaces de almacenar, procesar y servir millones de imágenes y curvas de luz para que equipos dispersos, incluidos grupos españoles y europeos, puedan extraer ciencia casi en tiempo real cuando aparece un nuevo 3I, 4I o 5I.
En conjunto, 3I/ATLAS ha pasado de ser un «simple» cometa detectado por ATLAS en Chile a convertirse en un caso de estudio integral sobre cómo reaccionar ante la llegada de cuerpos procedentes de otros sistemas estelares, desde la primera alerta hasta su salida definitiva del Sistema Solar interior.
Cuando este visitante interestelar termine de alejarse y su brillo caiga por debajo de los límites instrumentales, quedará un legado notable: medidas precisas de su tamaño y masa, una cronología detallada de su activación al acercarse al Sol, una química sorprendentemente rica y cambiante, un paso arriesgado por las inmediaciones del dominio gravitatorio de Júpiter y una batería de datos que seguirá analizándose durante años. Todo apunta a que 3I/ATLAS no solo ha sido una rareza cósmica, sino también el punto de partida de una nueva forma de estudiar el tráfico de fragmentos entre sistemas planetarios, en la que Europa y España han tenido y tendrán un papel significativo.