Ego: aprenda cómo influye en su comportamiento y éxito

Ego: aprenda cómo influye en su comportamiento y éxito

Ego, después de todo, ¿qué es? Sigmund Freud, uno de los principales nombres del psicoanálisis, utilizó los conceptos de ello, yo y superyó para explicar la personalidad de los individuos.

Según él, el carné de identidad sería nuestra parte más instintiva, la que favorece deseos, anhelos, impulsos, sin conocer las limitaciones morales y éticas.

Yo o superego, sería todo lo contrario. Su característica es, precisamente, imponer límites a normas y conductas, consideradas adecuadas ante la cultura y la buena convivencia.

EL ego, a su vez, emergería como un “medio camino” entre estas dos caras. Un mediador que escucha la naturaleza casi animal del ello, ponderándolos de acuerdo con las reprensiones del superyó.

En otras palabras, el ego sería el “yo” que escucha tanto las voces imperativas -hambriento de autosatisfacción, lastima a quien lastima- como el consejo de un vigilante muy estricto, que busca el equilibrio, el entendimiento entre las partes.

Por supuesto, esta disputa no siempre termina en empate. Dependiendo de la situación, el yo puede inclinarse hacia un impulso u otro …

En la vida práctica, ¿cómo podemos notar estas inclinaciones? ¿De qué manera impactan en la percepción de nuestra personalidad? ¿Qué ego, después de todo, mostramos a través de nuestras actitudes? ¡Sigue y lee y descúbrelo!

Entre el placer y la censura: ¿cómo se desarrolla el ego?

Imagina una situación banal, como la fiesta de cumpleaños de un niño. Entre los invitados, un niño inmediatamente llama su atención, lo que ya está provocando un alboroto.

Eufórica, entra al espacio frente a sus padres, porque no quiere esperarlos. Sin querer saludar a nadie, corre hacia la mesa de dulces. Ajena a las miradas de regaño de los adultos, comienza a comer lo que le gusta. Ensuciarse las manos, la ropa, dejar basura en la mesa …

Cuando su glotonería parece apaciguada, el niño se va a disfrutar de los juguetes. Encuentra el trampolín y se salta la fila, empujando a los invitados frente a él.

Cuando alguien le dice que su tiempo en el juguete se acabó y que debe dar tiempo a los demás, ella hace un berrinche, obstinadamente, llora … En fin, un escándalo. Es el típico niño que, si decide, soplará la vela de la tarta, a pesar del privilegio del cumpleañero.

Entre susurros, los adultos comentan “es culpa de los padres”. Y, de hecho, tienen razón. ¿Porque? En nuestro ejemplo, caricaturizado a propósito, describimos a una niña “malcriada”, cuya propensión natural a buscar la satisfacción personal – con la que todos nacemos – no conocía una realidad que la pondría en jaque.

Cuando las voluntades imperativas siempre se cumplen de inmediato, el niño no aprende a «negociar» con el mundo. Su identidad no gana trazos importantes, lo que permitiría la construcción de una identidad sana y más agradable.

¿Cuándo comienza el desarrollo del ego?

A lo largo de la vida, el ego se desarrolla y perfecciona.

El ego comienza su desarrollo, precisamente cuando los impulsos primitivos comienzan a conocer la dinámica simple de la vida. Inicialmente no depende de instrucciones formales. Aprenda de la experiencia, por así decirlo. De esa manera, controlas la identificación.

Más adelante, la educación, ofrecida por los padres, primero – luego por la escuela, la vida social y otras formas de transmitir códigos culturales – te dará los mecanismos del superyó.

A diferencia del niño excesivamente espontáneo, que describimos anteriormente, el individuo que asimiló la orientación sobre el ideal de comportamiento es muy civilizado (la palabra es precisa, ya que refleja el proceso).

Evita ensuciarse, recoge su basura, saluda a la gente, respeta el orden de la cola. No porque haya perdido sus impulsos naturales de placer. Pero porque aprendió valores de conducta apreciados en la sociedad, que reproduce para obtener otros órdenes de placer, ser admirado por los demás y por él mismo, según sus virtudes, por ejemplo.

Ninguna de estas tres condiciones se agota en la edad adulta. Nuestra identidad no es estática. Somos, según Freud, la tríada Ello, Yo y Superyó que, como “gobernantes”, debaten sin cesar entre sí, manifestando sus posiciones. Según las inclinaciones del ego, que tiene la última palabra, elegimos esta o aquella actitud.

El conjunto de nuestras conductas dibuja nuestra personalidad – y, en consecuencia, determina la forma en que somos interpretados por las personas con las que convivimos.

Ego en expresiones populares

Lejos de los conceptos psicoanalíticos, en la vida cotidiana, los usos de la palabra “ego” obedecen a significados menos complejos.

Sabemos, por lo expuesto en este post, que la definición de ego como equivalente a arrogancia, vanidad, arrogancia, orgullo e individualismo no es correcta. Sin embargo, son estas connotaciones las que más encontramos en el uso popular.

Tiene sentido, porque el ego es el yo, como hemos visto. Por tanto, no es incomprensible crear correspondencias entre el ego y los rasgos de personalidad que centralicen el yo, expresando una supuesta superioridad sobre los demás.

Si tomamos esta perspectiva, ¿cómo responderíamos preguntas como, lo que significa:

  • ¿Tienes un ego elevado?
  • ¿Alimentar el ego?
  • ¿Aumentar el ego?

Posiblemente, discutiríamos con frases peyorativas, asociando el ego superior con excesos desagradables y condenatorios.

Sin embargo, ¿no podríamos elegir una interpretación más saludable? ¿Un pensamiento preocupado por fortalecer el ego, para lograr un equilibrio más emocional, íntimo e interpersonal? ¿Qué tal experimentar esta perspectiva? por una vida más ligera?

Ego fuerte: la clave para el crecimiento personal

Un ego fuerte, en la concepción freudiana, es aquel que se construye en la búsqueda del equilibrio entre el ello y el superyó. No ignora ni domina ninguno de los impulsos.

La tarea no es fácil y, sin duda, representa un propósito a desarrollar para toda la vida. Sin embargo, al apuntar a este objetivo, la identidad adquiere un instrumento de autoanálisis y una guía para el autodesarrollo.

Empiece a pensar en el ego como lo que es: un mediador. Cuanto más inviertas en su capacidad para realizar esta función, con destreza, más evolucionará tu personalidad.

Hemos seleccionado 6 consejos para ayudarlo en este esfuerzo. ¡Revisa!

1. Invierte en terapia para conocer el ego

Ponemos esta sugerencia en primer lugar porque, de hecho, es transformadora. Solos, no siempre podemos diagnosticar las barreras del superyó o las compulsiones del id.

El terapeuta puede ofrecernos un nuevo espejo, sacando a la luz demandas reprimidas, que reflejan diferentes rasgos de nuestra identidad, como hábitos, adicciones y dificultades.

Y plataformas como Vittude pueden facilitar la búsqueda de un psicólogo que cumpla con requisitos específicos para todos los que necesitan seguimiento. ¡Accede a nuestro sitio web y comprueba por ti mismo todas las oportunidades que te ofrece!

2. Logra mejorar poco a poco

Un ejemplo práctico: el superyó exige que adoptes una dieta equilibrada, realices actividades físicas a diario, dejes de fumar.

La identificación, por otro lado, no se preocupa mucho por lo que está bien y lo que está mal para su salud. Disfruta de los placeres inmediatos, las recompensas instantáneas que ofrecen la comida rápida, el maratón de series y el cigarrillo.

¿Cómo interfiere el ego? Si crees que es el turno de gobernar del superyó, promoverás un cambio radical en la rutina. Corta todo lo que exige el superyó. Por supuesto, la identificación estará molesta. Cualquiera que haya intentado romper drásticamente ese orden sabe que, difícilmente, el propósito se mantiene firme durante mucho tiempo.

Para evitar frustraciones, recurra al ego como negociador. Haz espacio para que el ello y el superyó sean escuchados. Disminuye la cantidad de cigarrillos, introduce comidas más saludables – pero permite resbalones, sin culpas -, encuentra una actividad física placentera, para hacer dos veces por semana.

A medida que las dos partes se reconcilien, el id aprenderá nuevos placeres. Comenzará a apoyar las decisiones del superyó, porque encuentra satisfacciones en ellas.

3. Alimenta tu ego

Recuerda que el ego se forma a partir de experiencias. Un viaje, una película, una conferencia, un libro, una conversación … Son referencias que te enriquecen y agudizan tus parámetros.

Las experiencias tienen el poder de renovar opiniones, incomodar creencias e indicar otras fuentes de placer. Pueden representar lecciones de humildad, pedirnos nuevas habilidades, inspirar las reflexiones necesarias.

4. Respete el espacio de los demás

¡No crea que lo ha aprendido todo! Sin darnos cuenta, en nuestra vida diaria, podemos parecernos a ese niño poco amistoso, que describimos al principio de este texto.

La prisa justifica nuestra rudeza, nuestras convicciones hacen que el otro se equivoque, nuestras narrativas son más interesantes que las de los amigos … Deténgase un momento y reflexione: qué espacio para la escucha efectiva, la amabilidad y la apertura a las opiniones de los demás existe en ¿su vida?

Respetar el espacio de los demás no es dejar de lado tu ego

5. Desarrollar proactividad

¿Viste cosas que otros no vieron? ¿Podría ofrecer su colaboración para solucionar un problema? ¡Ahora no es tu responsabilidad intervenir! Además, si decidiera sugerir algo, ¿no sonaría presuntuoso?

Verá, el mayor orgullo está en observar, juzgar las actitudes de los demás y estar en silencio, esperando el desastre. Si puede evitar un trastorno, ofrezca ayuda.

Comparta su conocimiento y experiencia. Solo tenga cuidado de transmitir su apoyo mediante un enfoque amistoso y afectuoso. Créame, puede hacerlo.

6. Mantén tu ego en movimiento

Las personas envejecen cuando dejan de cambiar. Después de todo, el movimiento es el imperativo de la vida. Tu cuerpo se beneficia del ejercicio. Tu mente y tu identidad también.

¿Cómo ejercitar el ego? Sencillo: bienvenido auto-cuestionamiento! Investigue sus razones y reacciones. No admita respuestas rápidas, culpe las asignaciones que recaen sobre otros. Juega al «abogado del diablo» contigo mismo.

El ego es un juez. Mejora sus métodos a medida que realiza sus funciones. Piense en eso.

Cuando entendemos que el ego no es un enemigo contra el que luchar, sino una parte intrínseca de nuestra condición humana, ajustamos nuestro comportamiento para la evolución personal. ¡Siempre hay margen de mejora!

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