- Un equipo internacional mide por primera vez con precisión la masa y distancia de un planeta errante del tamaño de Saturno.
- La clave ha sido combinar observaciones de microlente gravitacional desde telescopios terrestres y el satélite europeo Gaia.
- El planeta, con un 22% de la masa de Júpiter, se halla en el bulbo de la Vía Láctea y probablemente fue expulsado de su sistema original.
- Misiones como Gaia, Euclid y el telescopio Nancy Grace Roman impulsarán la búsqueda sistemática de miles de mundos vagabundos.

Un equipo internacional de astrónomos ha logrado medir de forma directa y muy precisa la masa y la distancia de un planeta errante con tamaño similar a Saturno, un tipo de mundo solitario que viaja por la galaxia sin estrella propia. El hallazgo, descrito en la revista Science, se ha conseguido gracias a una combinación poco habitual de observaciones desde la Tierra y desde el espacio.
El objeto, identificado a través de un brevísimo evento de microlente gravitacional, se suma al reducido grupo de planetas flotantes confirmados en la Vía Láctea. Los datos apuntan a que no se formó aislado como una pequeña estrella, sino que nació en un sistema planetario y fue expulsado al espacio interestelar tras una violenta interacción gravitatoria.
Un mundo solitario con masa comparable a Saturno
Los astrónomos llevan años sospechando que nuestra galaxia alberga una auténtica legión de planetas errantes, también llamados flotantes o vagabundos, que se desplazan sin estar ligados a ninguna estrella. Al no emitir luz propia y carecer de un sol al que eclipsar, son extremadamente difíciles de detectar.
En este caso concreto, el planeta se reveló como una lente natural cuando pasó por delante de una estrella de fondo. Su gravedad curvó el espacio-tiempo y amplificó durante unas horas el brillo de esa estrella, produciendo el característico destello de un evento de microlente gravitacional. Ese destello, sin embargo, apenas duró unos dos días, lo que obligó a reaccionar con rapidez.
El análisis posterior ha permitido determinar que el objeto tiene alrededor de 0,219 veces la masa de Júpiter, prácticamente la misma categoría que Saturno. Además, se sitúa a unos 3.000-3.050 parsecs del centro de la Vía Láctea, es decir, a casi 10.000 años luz de distancia, en dirección al abultado núcleo galáctico.
Esta combinación de masa relativamente baja y posición en el bulbo galáctico lleva a los científicos a pensar que no estamos ante una enana marrón ni una estrella fallida, sino ante un planeta genuino expulsado de su sistema. Su elevada velocidad relativa respecto a las estrellas cercanas refuerza ese escenario de eyección violenta.
Cómo se detecta un planeta que no tiene estrella
Encontrar un mundo que no emite luz y se mueve en la oscuridad del espacio es un reto mayúsculo. La mayoría de los exoplanetas conocidos se descubren porque pasan por delante de su estrella y reducen ligeramente su brillo, o porque hacen oscilar a esa estrella debido a su gravedad. En el caso de un planeta errante, ninguno de esos métodos sirve.
La única herramienta efectiva por ahora es la microlente gravitacional. Cuando un objeto masivo se alinea de forma precisa entre la Tierra y una estrella lejana, su campo gravitatorio actúa como una lupa cósmica y amplifica brevemente la luz de la estrella de fondo. Es un fenómeno predicho por la teoría de la relatividad general de Einstein y que se manifiesta como un aumento transitorio del brillo.
El problema es que, con una única línea de visión, ese destello resulta muy ambiguo desde el punto de vista físico. A partir de la forma del pulso de luz, las ecuaciones permiten varias combinaciones posibles de masa y distancia: puede tratarse de un objeto poco masivo cercano o de uno muy masivo mucho más lejano, y la curva de luz encaja igual de bien en ambos casos.
Esa degeneración ha limitado durante años el estudio cuantitativo de los planetas errantes. Se sabía que estaban ahí, pero resultaba casi imposible fijar con precisión su masa y, por tanto, distinguir con seguridad entre planetas de baja masa, enanas marrones o pequeños cuerpos estelares. El nuevo trabajo muestra cómo romper ese bloqueo observacional.
Para este descubrimiento, la señal de microlente fue identificada el 3 de mayo de 2024 de forma independiente por dos grandes programas de rastreo desde tierra: KMTNet (Korea Microlensing Telescope Network) y OGLE (Optical Gravitational Lensing Experiment). El evento se catalogó como KMT-2024-BLG-0792 y OGLE-2024-BLG-0516.
Observaciones coordinadas desde la Tierra y el satélite Gaia
La novedad clave de este estudio es que el mismo evento fue observado, casi al mismo tiempo, desde la superficie terrestre y desde el telescopio espacial Gaia de la Agencia Espacial Europea, situado a 1,5 millones de kilómetros en el punto de Lagrange L2. Esa separación proporcionó una especie de visión estereoscópica del fenómeno.
Mientras los telescopios de KMTNet en Chile, Sudáfrica y Australia, y el telescopio de OGLE en el Observatorio de Las Campanas (Chile), tomaban imágenes con alta cadencia, Gaia escaneaba de forma rutinaria la misma región del cielo. Por pura casualidad y gracias a una geometría orbital particularmente favorable, el satélite registró el evento seis veces en unas 16 horas, pasando muy cerca del máximo de amplificación.
La luz amplificada alcanzó el satélite Gaia casi dos horas más tarde que a los telescopios en la Tierra. Esa diferencia de tiempos, combinada con el modelado detallado de la curva de luz de microlente, permitió medir el llamado paralaje de microlente, es decir, el pequeño cambio aparente en la posición relativa del alineamiento debido a la separación entre ambos observadores.
Al incluir este paralaje en los modelos, los investigadores pudieron triangular la distancia del planeta y determinar su masa real, sin recurrir a supuestos aproximados. Se trata de la primera vez que se aplica con éxito este método para caracterizar un planeta flotante de baja masa.
Según explica el equipo, el mayor desafío fue “ganarle al reloj”, porque el evento completo apenas se prolongó durante dos días y necesitaba una cobertura densa y sincronizada. Las campañas de microlente llevadas a cabo desde hace años por OGLE y KMTNet, que supervisan cientos de millones de estrellas en el bulbo galáctico, fueron decisivas para no dejar escapar la señal.
Un planeta expulsado de su sistema original
Una vez fijada la masa, los investigadores pudieron abordar la cuestión de su origen. Si el objeto hubiera sido varias veces más masivo que Júpiter, cabría pensar que se trata de una enana marrón formada por colapso de gas, de forma similar a una estrella pero sin encender reacciones nucleares. Sin embargo, su masa cercana a la de Saturno no encaja con ese escenario.
A esa escala de masa, la teoría indica que es extremadamente improbable que el cuerpo se forme por colapso directo en el espacio interestelar. Lo más razonable, según argumenta el equipo, es que el planeta naciera alrededor de una estrella como parte de un sistema planetario, quizá con otros compañeros de tamaño similar, y que más tarde fuera expulsado por interacciones gravitatorias.
Los modelos dinámicos sugieren varios caminos posibles: encuentros cercanos con un planeta gigante vecino, inestabilidades a largo plazo en sistemas con múltiples planetas masivos o perturbaciones provocadas por una estrella compañera en sistemas binarios. En todos esos casos, las trayectorias orbitales pueden cruzarse y, en una especie de partida de billar cósmico, uno de los planetas recibe una “patada gravitatoria” que lo lanza al espacio abierto.
En el nuevo estudio, los científicos encuentran indicios de que el planeta se desplaza a velocidad relativamente alta en comparación con las estrellas de su entorno. Este detalle encaja bien con la hipótesis de una eyección reciente y violenta, posiblemente desde un sistema circumbinario (un planeta que orbitaba alrededor de dos estrellas) donde las inestabilidades dinámicas son más frecuentes.
En cualquier caso, el objeto encaja en la región conocida por los especialistas como el “desierto de Einstein”, un hueco estadístico observado en los datos de microlente entre objetos de gran masa (estrellas y enanas marrones) y cuerpos muy ligeros. Este planeta del tamaño de Saturno demuestra que ese desierto no está realmente vacío, sino poblado por auténticos mundos desterrados.
Una colaboración global con fuerte participación europea
El descubrimiento ha sido posible gracias a una extensa colaboración internacional de instituciones de Europa, Asia y América. Entre los centros implicados figuran la Universidad de Pekín y el Instituto Kavli de Astronomía y Astrofísica (China), el Instituto de Astronomía y Ciencias Espaciales de Corea y el Instituto de Ciencia y Tecnología de Corea, la Universidad de Varsovia y su Observatorio Astronómico (Polonia), así como universidades y centros de investigación de Reino Unido, Estados Unidos, Alemania, Israel y Suiza.
Europa ha jugado un papel clave a través de Gaia, misión emblemática de la Agencia Espacial Europea (ESA) dedicada a cartografiar con gran precisión la posición y movimiento de más de mil millones de estrellas. Aunque su objetivo principal no son los exoplanetas, la capacidad de observar repetidamente vastas áreas del cielo lo convierte en una herramienta muy valiosa para registrar eventos de microlente poco frecuentes.
El éxito de esta campaña demuestra que, incluso con datos pensados para otros fines, Gaia puede aportar información crucial sobre planetas errantes. Además, el trabajo sienta las bases para futuras cooperaciones entre observatorios terrestres europeos y misiones espaciales, aprovechando la experiencia acumulada en proyectos como OGLE (con fuerte liderazgo polaco) y la participación de grupos de investigación en España y el resto del continente en el análisis de microlentes.
El artículo publicado en Science subraya que el uso coordinado de telescopios distribuidos en varios continentes, combinado con un satélite en órbita alrededor del Sol junto a la Tierra, abre un nuevo capítulo en el estudio de estos objetos. A partir de ahora, no se trata solo de descubrirlos, sino de medir con rigor sus propiedades físicas y reconstruir su historia dinámica.
Los responsables del trabajo enfatizan, además, que la detección de este planeta solitario confirma que los destellos de microlente que se han venido observando corresponden realmente a cuerpos con masa planetaria y no a algún tipo de objeto exótico desconocido, como el colosal cometa interestelar 3I/ATLAS. Es una pieza importante para consolidar el marco teórico sobre los mundos vagabundos.
Lo que viene: hacia un censo de miles de planetas errantes
A pesar de su relevancia, este planeta del tamaño de Saturno es probablemente solo la punta del iceberg de una población enorme. Diversos estudios apuntan a que en la Vía Láctea podría haber miles de millones de planetas flotantes, quizá incluso superando en número a las estrellas de la galaxia.
Hasta ahora, sin embargo, se han identificado de forma fiable apenas un puñado. La razón es que cada evento de microlente depende de una alineación extremadamente precisa entre el planeta, una estrella lejana y el observador, y además la amplificación del brillo dura muy poco. Si nadie está mirando en el momento exacto, la señal se pierde para siempre.
Este panorama puede cambiar de forma drástica en los próximos años con nuevas misiones espaciales. La NASA prepara el lanzamiento del Telescopio Espacial Nancy Grace Roman, previsto para finales de década, diseñado precisamente para explotar la técnica de microlente gravitacional a gran escala. Su campo de visión y sensibilidad permitirán barrer regiones enteras del bulbo galáctico con una eficiencia muy superior a la de los telescopios actuales.
Roman está concebido para detectar miles de exoplanetas, incluidos un gran número de planetas errantes, lo que podría proporcionar por primera vez un censo estadístico fiable de estos mundos. El trabajo liderado por el equipo de Subo Dong demuestra que combinar esos datos espaciales con observaciones coordinadas desde la Tierra será esencial para medir las masas con precisión.
En paralelo, Europa también reforzará su papel con misiones como Euclid, ya en funcionamiento, y con la continuidad de Gaia, que seguirá aportando datos astrométricos de alta calidad. Desde Asia, el proyecto Tierra 2.0 de China, cuyo lanzamiento está previsto hacia 2028, incorporará igualmente estrategias específicas para la búsqueda de planetas flotantes.
Los investigadores señalan que, al coordinar estas misiones con grandes instalaciones terrestres como el futuro Observatorio Vera Rubin en Chile, será posible pasar de descubrimientos esporádicos a una detección sistemática y regular. De este modo, la astronomía podrá abordar cuestiones de fondo: cuántos de estos planetas se originan en sistemas con estrellas, cuántos se forman de manera aislada y qué papel desempeñan en la evolución global de la galaxia.
Este primer planeta errante del tamaño de Saturno medido con tanta exactitud se convierte así en un caso de referencia. Su masa, su trayectoria y su localización en el bulbo galáctico ofrecen pistas directas sobre los procesos de formación y expulsión de planetas, y anticipan lo que podrían revelar los grandes programas de observación que están a punto de arrancar en Europa y el resto del mundo. Lejos de ser un simple objeto curioso, este mundo solitario ayuda a completar el puzzle de cómo se construyen y deshacen los sistemas planetarios en la Vía Láctea.
