- El impacto de la sonda DART sobre Dimorphos modificó la órbita del sistema binario Didymos-Dimorphos alrededor del Sol.
- El periodo orbital heliocéntrico del sistema cambió en unas 0,15 segundos y la velocidad orbital en unos 11,7 micrómetros por segundo.
- La enorme nube de escombros expulsada duplicó el impulso del choque gracias al llamado factor de mejora del impulso.
- El experimento valida el impacto cinético como herramienta de defensa planetaria y será analizado en detalle por la misión europea Hera.
Por primera vez, un artefacto construido por el ser humano ha modificado de forma medible la órbita de un sistema de asteroides alrededor del Sol. Lo ha hecho la misión DART de la NASA, diseñada para estrellarse de manera controlada contra Dimorphos, la pequeña luna del asteroide Didymos, y comprobar hasta dónde puede llegar la tecnología de impacto cinético como defensa frente a asteroides peligrosos.
Este resultado, confirmado en un estudio internacional publicado en la revista Science Advances y basado en años de observaciones muy precisas, demuestra que el golpe no solo acortó la órbita de Dimorphos alrededor de Didymos, sino que alteró también la trayectoria heliocéntrica del sistema binario Didymos-Dimorphos. El cambio es diminuto en términos de tiempo, pero suficiente para marcar un antes y un después en la defensa planetaria.
Qué es Didymos, qué es Dimorphos y por qué se eligieron como objetivo
El escenario del experimento es un sistema binario de asteroides cercano a la órbita de la Tierra. Didymos es el cuerpo principal, de unos 780-805 metros de diámetro, acompañado por Dimorphos, una luna de unos 160-170 metros que gira a su alrededor cada 12 horas. Ambos están unidos por la gravedad y orbitan un centro de masa compartido, lo que convierte a este par en un objetivo ideal para probar técnicas de desvío sin poner en riesgo nuestro planeta.
La misión DART (Double Asteroid Redirection Test) se concibió precisamente para eso: ensayar en un entorno real la técnica del impacto cinético, una prueba de desvío de asteroides, es decir, lanzar una nave a gran velocidad contra un asteroide para modificar su movimiento. El sistema Didymos-Dimorphos nunca estuvo en rumbo de colisión con la Tierra, y el diseño de la misión garantizaba que el choque no podía colocar al conjunto en una trayectoria peligrosa.
Desde el primer análisis tras el impacto, los equipos de la NASA y colaboradores confirmaron que Dimorphos había reducido su periodo orbital alrededor de Didymos en unos 33 minutos, un cambio enorme para un cuerpo de este tamaño. Faltaba por saber si ese “empujón” y el material expulsado eran capaces de traducirse también en una alteración de la órbita del sistema en torno al Sol.

El impacto de DART: una colisión a más de 22.000 km/h
La noche del 26 de septiembre de 2022, la nave DART, de unas 500 toneladas de masa equivalente al despegue de una pequeña sonda interplanetaria y un tamaño similar al de una máquina expendedora, se lanzó en picado contra Dimorphos a más de 22.000-24.000 kilómetros por hora. El objetivo inmediato era medir cuánto se acortaba el periodo orbital de la luna alrededor de Didymos, pero el experimento iba mucho más allá.
En el momento del impacto, se levantó una enorme nube de polvo y fragmentos rocosos desde la superficie de Dimorphos. Esa pluma de escombros, visible incluso desde telescopios terrestres, no fue un simple efecto colateral: jugó un papel clave en el resultado final. Cada granito de material que sale despedido lleva consigo impulso, y al abandonar el asteroide ejerce un empuje adicional, como si se tratara de un chorro de cohete improvisado.
Los modelos y datos analizados indican que el llamado factor de mejora del impulso fue de aproximadamente 2. Esto significa que la contribución del material expulsado duplicó el empuje que habría producido solo la masa de la nave. Sin esa eyección tan intensa, el cambio de órbita habría sido bastante menor, algo crucial para calibrar futuras misiones de defensa planetaria.
Además, parte de esos escombros quedó atrapada dentro del propio sistema Didymos-Dimorphos, alterando cómo se distribuye la masa entre ambos cuerpos, mientras que otra fracción escapó al espacio y contribuyó a modificar el centro de masas del conjunto. Todo ello se tradujo en un pequeño ajuste de la trayectoria del sistema alrededor del Sol.
Cuánto cambió realmente la órbita de Didymos alrededor del Sol
Antes del experimento, el sistema Didymos-Dimorphos tardaba unos 770 días en completar una vuelta alrededor del Sol. Tras el impacto de DART, el nuevo estudio revela que ese periodo se redujo en torno a 0,15 segundos. Puede sonar ridículo en la escala humana, pero en dinámica orbital esa diferencia es perfectamente medible y, sobre todo, acumulativa a lo largo de años y décadas.
El equipo liderado por Rahil Makadia, de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, calculó que el cambio de velocidad orbital del sistema binario fue de aproximadamente 11,7 micrómetros por segundo, es decir, unos 4,3 centímetros por hora. Es una variación ínfima vista desde la Tierra, pero suficiente para demostrar que un solo impacto bien planificado puede alterar la órbita heliocéntrica de un cuerpo celeste.
Con el tiempo, un ajuste así provoca que el asteroide llegue un poco antes o un poco después a un mismo punto de su órbita. En un escenario real de amenaza, esa diferencia acumulada podría suponer que la roca pase “por delante” o “por detrás” de la Tierra en lugar de chocar. En palabras del propio Makadia, “un cambio tan pequeño en el movimiento de un asteroide puede marcar la diferencia entre que un objeto peligroso impacte o no nuestro planeta”.
Esta medición convierte a DART en la primera demostración directa de que la humanidad es capaz de desviar, aunque sea mínimamente, la órbita solar de un objeto natural. Para la comunidad de defensa planetaria, es un hito comparable a pasar de los modelos teóricos a la prueba de campo.

Cómo se midió un cambio tan pequeño: la clave de las ocultaciones estelares
Detectar alteraciones de apenas décimas de segundo en un periodo orbital de más de dos años no es precisamente sencillo. Para lograrlo, los científicos combinaron observaciones de radar, datos ópticos de telescopios terrestres y una técnica muy precisa llamada ocultación estelar.
Una ocultación estelar ocurre cuando un asteroide pasa exactamente por delante de una estrella y apaga su luz durante una fracción de segundo desde la perspectiva de un observador en la Tierra. Midiendo con gran precisión cuándo se produce ese “parpadeo” y cuánto dura, se puede reconstruir con notable exactitud la posición y el movimiento del asteroide, así como su tamaño y forma proyectada.
Entre octubre de 2022 y marzo de 2025, una red de observatorios profesionales y astrónomos voluntarios repartidos por varios continentes registró 22 ocultaciones estelares del sistema Didymos-Dimorphos. Estas campañas requieren colocarse justo en la estrecha franja del planeta donde la sombra del asteroide pasa frente a la estrella, a menudo en lugares remotos y con la complicación añadida del tiempo meteorológico.
Al combinar esas 22 ocultaciones con años de datos previos obtenidos desde la Tierra y con las mediciones de navegación óptica que DART tomó antes del impacto, los investigadores pudieron reconstruir con precisión milimétrica la órbita del sistema antes y después de la colisión. Esa comparación es la que ha permitido aislar la contribución exacta del impacto en el cambio de la trayectoria heliocéntrica.
Qué dicen los científicos: impacto cinético y defensa planetaria
Para la NASA y la comunidad científica, estos resultados son una confirmación sólida de que el impacto cinético es una herramienta viable para la defensa planetaria. La idea es simple: si se detecta con suficiente antelación un objeto potencialmente peligroso, una sola nave —o una pequeña flota de impactadores— podría modificar su trayectoria lo bastante como para evitar una colisión con la Tierra.
Thomas Statler, científico principal de cuerpos pequeños del sistema solar en la sede de la NASA en Washington, resume el asunto así: un cambio diminuto puede convertirse en una desviación enorme si se actúa con años de margen. El experimento con Didymos y Dimorphos no pretendía salvarnos de un peligro real, sino demostrar, con números en la mano, cómo responde un asteroide a un golpe de alta velocidad y cuánta energía hace falta para alterar su movimiento.
Además, el análisis detallado del impacto ha permitido afinar parámetros clave para futuros diseños, como el efecto del factor de aumento de momento, la cantidad de material expulsado o la respuesta de un asteroide “tipo montón de escombros” frente a un choque de este tipo. Todo ello se traduce en modelos numéricos más realistas para simular escenarios de amenaza y planificar estrategias de desvío.
Aunque no existe en estos momentos otra misión lista para despegar de inmediato en caso de emergencia, el bagaje de DART y el trabajo teórico asociado suponen un punto de partida muy valioso para la próxima generación de impactadores cinéticos, tanto de la NASA como de otras agencias, incluida la europea.

El papel de Europa: la misión Hera de la ESA toma el relevo
La demostración de DART es solo la primera mitad de un experimento internacional planificado a dos bandas. La segunda pieza la aporta Europa con la misión Hera de la Agencia Espacial Europea (ESA), cuyo lanzamiento está previsto para visitar el sistema Didymos en los próximos años y estudiar in situ las secuelas del impacto.
Hera viajará hasta el entorno del sistema binario para analizar con detalle el cráter dejado por DART, medir la estructura interna de Dimorphos y cartografiar con precisión la órbita actual de ambos cuerpos. Esa información será crucial para comprobar si los modelos y cálculos realizados desde la Tierra encajan con lo que realmente ha sucedido sobre el terreno.
Para la comunidad científica europea, Hera representa una oportunidad única de liderar el análisis post-impacto de la primera prueba de desvío de asteroides de la historia. También posiciona a Europa como actor principal en el desarrollo de estrategias de defensa planetaria, complementando los esfuerzos de la NASA.
Además de Hera, la ESA y los estados miembros apoyan redes de observación de objetos cercanos a la Tierra (NEOs), que incluyen telescopios en el sur de Europa y colaboraciones con observatorios de otros continentes. España, con instalaciones en Canarias y en la península, participa de forma activa en el seguimiento de asteroides potencialmente peligrosos y en campañas de ocultaciones estelares como las que han sido clave para el análisis de Didymos.

Más allá de DART: telescopios de próxima generación y preparación a largo plazo
El impacto de DART demuestra que se puede empujar un asteroide, pero para poder desviarlo a tiempo es imprescindible verlo venir con muchos años de antelación. Por eso, en paralelo a estas misiones, la NASA está construyendo el telescopio espacial Near-Earth Object (NEO) Surveyor, concebido específicamente para la defensa planetaria.
Este observatorio, que operará en el infrarrojo, está pensado para detectar asteroides oscuros y cometas poco reflectantes que los telescopios ópticos convencionales pueden pasar por alto. Al medir el calor que emiten, el NEO Surveyor será capaz de localizar y caracterizar objetos cercanos a la Tierra de varios cientos de metros de diámetro, incluidos muchos que podrían suponer un riesgo en las próximas décadas.
En Europa, iniciativas como la misión espacial Hera, las redes de telescopios dedicadas al seguimiento de NEOs y la colaboración con programas estadounidenses y de otros países apuntan en la misma dirección: construir un sistema de alerta temprana combinado con técnicas de desvío realistas, entre las que el impacto cinético es, por ahora, la opción más madura tecnológicamente.
En conjunto, la historia de DART, sus mediciones de alta precisión y la futura visita de Hera dibujan un escenario en el que la defensa planetaria deja de ser ciencia ficción para convertirse en una disciplina operativa, todavía en sus primeras fases, pero con resultados tangibles. El hecho de que un sistema binario como Didymos haya visto alterada su órbita solar por una nave del tamaño de un vehículo comercial ilustra hasta qué punto una intervención relativamente modesta, aplicada con suficiente tiempo, puede cambiar el destino de un objeto celeste.

