- Las lagartijas forman un grupo muy diverso de escamosos del orden Squamata, repartidos en múltiples familias y hábitats.
- Su biología combina termorregulación ectoterma, defensa mediante autotomía caudal y complejas estrategias de comunicación.
- Son depredadoras clave de insectos y otras plagas, actuando como importantes indicadores de la salud ambiental.
- Las actividades humanas y el cambio climático amenazan a varias especies, por lo que su conservación resulta prioritaria.
Las lagartijas son esos reptiles pequeños, rápidos y escurridizos que casi todo el mundo ha visto alguna vez tomando el sol en una piedra, en una pared o correteando por el jardín. Aunque parezcan animales sencillos, detrás de ellas hay una biología fascinante: una enorme diversidad de especies, estrategias de supervivencia muy finas y un papel ecológico clave tanto en el campo como en las ciudades.
Cuando hablamos de “lagartijas” en realidad estamos usando un nombre común y no un grupo científico formal. Bajo ese término metemos a muchas especies distintas de escamosos (orden Squamata) pertenecientes a varias familias: Lacertidae, Gekkonidae, Phrynosomatidae, Teiidae, Tropiduridae, Gymnophthalmidae y otras. Comparten un cuerpo alargado, piel escamosa y, en la mayoría de casos, cuatro patas, pero su tamaño, coloración, comportamiento y hábitat pueden cambiar de forma espectacular de una especie a otra.
Taxonomía y clasificación de las lagartijas
Desde el punto de vista científico, las lagartijas se encuadran dentro de los reptiles escamosos del orden Squamata, un grupo enorme donde también encontramos serpientes e incluso las enigmáticas culebrillas ciegas (Amphisbaenia). Tradicionalmente se hablaba de “Lacertilia” como suborden de los escamosos que incluía a la mayoría de lagartos y lagartijas, pero los estudios genéticos modernos han dejado claro que este grupo es parafilético, es decir, no recoge a todos los descendientes de un antepasado común.
En términos de taxonomía básica, muchas lagartijas comparten la siguiente clasificación: Dominio Eukaryota, Reino Animalia, Filo Chordata, Clase Sauropsida, Superorden Lepidosauria y Orden Squamata. A partir de ahí, se abren múltiples ramas, entre las que destacan familias muy conocidas como:
- Lacertidae (lagartijas típicas europeas y muchas sudamericanas, como Liolaemus).
- Gekkonidae (geckos y salamanquesas, muchos de ellos de hábitos nocturnos).
- Phrynosomatidae (lagartijas norteamericanas, muchas de ambientes áridos).
- Teiidae (teiidos, como los Cnemidophorus y Teius).
- Gymnophthalmidae (pequeños lagartos crípticos, a menudo de selvas y suelos húmedos).
- Tropiduridae (lagartijas sudamericanas adaptadas a ambientes muy variados).
A lo largo de la historia de la zoología se han propuesto diferentes subórdenes dentro de los escamosos para ordenar esta diversidad, tales como Dibamia, Iguania, Gekkota, Scincomorpha, Laterata y Anguimorpha. Cada uno agrupa familias con características morfológicas y evolutivas particulares: por ejemplo, Iguania reúne iguanas y camaleones; Gekkota recoge a los geckos; Scincomorpha reúne escíncidos y afines; y Laterata incluye a Lacertidae, Teiidae y Gymnophthalmidae.
Los análisis de ADN han revelado relaciones interesantes, como el clado Toxicofera, que agrupa a ciertos lagartos venenosos y a las serpientes, indicando un antepasado común con capacidad de producir veneno. Este tipo de estudios han obligado a revisar muchas etiquetas clásicas y a entender que “lagarto” o “lagartija” son etiquetas cómodas para el lenguaje cotidiano, pero no siempre reflejan la compleja filogenia de los escamosos.
Qué es una lagartija: uso del nombre común y ejemplos
En el lenguaje de la calle, “lagartija” es un diminutivo de “lagarto” que se utiliza para designar a reptiles de cuerpo pequeño y aspecto agilizado. El problema es que bajo este término se meten especies de varias familias y géneros diferentes, que en ocasiones ni siquiera están estrechamente emparentados entre sí.
En diversos países de habla hispana, “lagartija” puede referirse a especies de Anguidae, Lacertidae, Gekkonidae, Phrynosomatidae, Teiidae e incluso Tropiduridae. En España, además, existen curiosidades regionales: en provincias como Burgos, Cuenca o Palencia, a algunas lagartijas se las conoce localmente como “ligaternas”, un claro ejemplo de cómo la cultura popular moldea el vocabulario naturalista.
Entre los nombres comunes más frecuentes encontramos casos como lagartija verde del género Teius (familia Teiidae), la lagartija rayada nortina (Liolaemus alticolor), la lagartija parda (varias especies de Liolaemus y Podarcis), la lagartija patagónica (Liolaemus archeforus), la lagartija de Atacama (Liolaemus atacamensis) o la popular lagartija ibérica (Podarcis hispanicus). Cada una pertenece a un hábitat específico y a una región geográfica concreta, aunque a ojos de mucha gente todas “sean la misma cosa”.
El género Liolaemus, por ejemplo, domina la diversidad de lagartijas en países como Chile y Argentina, con decenas de especies adaptadas a desiertos, estepas, matorrales y ambientes de alta montaña. En la península ibérica destacan géneros como Podarcis (lagartijas ibéricas, roqueras y afines), Iberolacerta (lagartijas serranas de alta montaña) y Psammodromus (lagartijas colilargas y cenicientas), además de Acanthodactylus (lagartija colirroja), todos pertenecientes a la familia Lacertidae.
También se llaman lagartijas a algunas especies de Gekkonidae, como pequeños geckos tropicales (Gonatodes, Hemidactylus, Pseudogonatodes o Thecadactylus). Otras denominaciones populares varían aún más: en ciertos lugares se habla de “tuqueques” para algunos geckos, o de “lagartija azul” para especies de Cnemidophorus, evidenciando que el uso del nombre común depende mucho del lugar y la tradición local.
Anatomía y rasgos físicos más destacados
Las lagartijas tienen en común un cuerpo relativamente pequeño y alargado, con cola bien desarrollada y recubierto de escamas. La longitud de un adulto suele estar entre los 10 y 15 centímetros sin contar la cola, aunque en algunas especies la cola puede duplicar o triplicar la longitud del cuerpo, como ocurre con la lagartija colilarga (Psammodromus algirus).
Su piel es gruesa, seca e impermeable, sin plumas ni pelo ni capas de grasa aislante, lo que las diferencia claramente de aves y mamíferos. Las escamas pueden variar de forma y tamaño según la región del cuerpo: en general son más marcadas y robustas en el dorso y algo más finas en el vientre. Esta estructura protege frente a la desecación y facilita la vida en ambientes secos y soleados.
En cuanto a la coloración, predominan los verdes, marrones y grises, a menudo con dibujos de líneas, manchas o bandas que ayudan al camuflaje. No obstante, hay especies con tonalidades mucho más llamativas, incluyendo azules intensos en colas o vientres, colores iridiscentes o patrones muy contrastados. La intensidad del color puede variar según la salud, el estado reproductivo y, por supuesto, el entorno.
Muchos grupos presentan dicromatismo sexual: los machos son algo mayores, con colores más vivos o zonas corporales intensamente pigmentadas (por ejemplo, gargantas verdosas o anaranjadas), mientras las hembras suelen ser más pequeñas y discretas. Sin embargo, esta regla no es universal: en algunas especies las hembras son más grandes, o las diferencias son muy sutiles y solo se aprecian con experiencia.
A nivel sensorial, las lagartijas cuentan con párpados móviles, abertura del oído externo visible y una lengua con una gran capacidad sensorial. La combinación de buena visión, audición funcional y una lengua extremadamente útil para “saborear” el entorno hace de ellas cazadoras muy eficientes, especialmente de insectos.
Termorregulación y relación con la temperatura
Como todos los reptiles, las lagartijas son ectotermas, es decir, no generan de forma constante su propio calor corporal como hacemos los mamíferos. Dependen de la temperatura del medio para calentar o enfriar su cuerpo, y esto condiciona prácticamente cada aspecto de su vida diaria: desde el momento en que salen a alimentarse hasta la época del año en que se reproducen.
Cuando hace frío, viento intenso o el sol no calienta lo suficiente, es fácil que no veamos lagartijas activas en el exterior. Permanecen ocultas, con el metabolismo al mínimo, en un estado cercano al letargo (brumación). Del mismo modo, si el sol aprieta demasiado, también buscan refugio para no sobrecalentarse, ya que un exceso de temperatura puede resultar letal.
Para gestionar este equilibrio térmico aplican principalmente la llamada termorregulación conductual: deciden cuándo exponerse al sol, cuándo retirarse a la sombra, sobre qué superficies se colocan (piedras que acumulan calor, troncos, muros) y durante cuánto tiempo. De esta forma pueden aumentar o disminuir su temperatura de forma relativamente rápida.
Además, existe una termorregulación fisiológica que se basa en ajustes internos, sobre todo del sistema cardiovascular. En fases de calentamiento, la frecuencia cardiaca se incrementa para distribuir con rapidez el calor desde la superficie del cuerpo hacia el interior; en fases de enfriamiento puede reducirse para conservar energía y evitar un enfriamiento excesivo.
Incluso la coloración influye en la gestión del calor: tonalidades oscuras absorben más energía que las claras, de manera que especies de regiones frías o de alta montaña tienden a presentar colores más oscuros que facilitan un calentamiento más rápido. En países como Chile se ha observado un incremento de coloraciones oscuras en especies distribuidas hacia el sur.
Comportamiento, comunicación y defensas
A lo largo del año, muchas lagartijas se mantienen activas prácticamente en todas las estaciones excepto en los meses más fríos, donde pueden tener periodos de inactividad prolongados si la temperatura cae demasiado. En días templados o calurosos es habitual verlas tomando el sol sobre piedras, troncos, muros o incluso tejados, aprovechando esos momentos para vigilar su entorno y detectar tanto presas como posibles peligros.
El comportamiento comunicativo de las lagartijas es sorprendentemente rico. Utilizan señales visuales y químicas para relacionarse entre sí, defender territorios o encontrar pareja. Entre las señales visuales destaca el clásico “cabeceo”: movimientos verticales de la cabeza que pueden acompañarse de flexiones de las patas delanteras. Estos gestos informan sobre la identidad del individuo, su sexo, edad aproximada y su estado motivacional (agresivo, cortejo, alerta, etc.).
En el plano químico disponen de tres grandes sistemas sensoriales: los botones gustativos (en lengua y paladar, clave para el gusto), el sistema olfativo principal (cavidad nasal) y el órgano vomeronasal u órgano de Jacobson, situado en el paladar y encargado de procesar señales químicas complejas relacionadas con el entorno social. Los lamidos rápidos al aire o al sustrato son una forma de explorar químicamente el territorio, reconocer congéneres o detectar depredadores y presas.
Cuando se sienten amenazadas, las lagartijas recurren primero a la huida rápida hacia un refugio cercano, aprovechando su agilidad y su capacidad para escabullirse entre grietas, vegetación densa o huecos en los muros. Sin embargo, cuentan con un recurso defensivo extraordinario: la autotomía caudal.
La autotomía consiste en desprenderse voluntariamente de la cola cuando un depredador la agarra o cuando el peligro es inminente. En la base de la cola existen planos de fractura naturales entre las vértebras, y una violenta contracción muscular provoca que la cola se rompa y continúe moviéndose de forma autónoma durante un tiempo, distrayendo al atacante mientras la lagartija escapa. Posteriormente, la cola vuelve a regenerarse, aunque la nueva es más corta y se sustenta en una barra de cartílago en lugar de un conjunto de vértebras segmentadas.
También se ha señalado que algunas especies podrían incorporar señales acústicas en su repertorio comunicativo (pequeños chasquidos o sonidos), aunque este aspecto sigue siendo menos conocido y requiere más estudios. Lo que sí está claro es que el lenguaje de estos reptiles combina posturas, movimientos, cambios de color e información química de forma muy sofisticada.
Distribución y hábitats de las lagartijas
Las lagartijas se encuentran prácticamente en todos los continentes a excepción de la Antártida. Su enorme capacidad de adaptación les permite ocupar desde desiertos abrasadores hasta selvas tropicales húmedas, pasando por matorrales mediterráneos, praderas, bosques templados, zonas de alta montaña e incluso entornos urbanos muy transformados.
En países como Chile se han descrito alrededor de 96 especies de lagartijas, con un claro dominio del género Liolaemus. Pueden verse desde el nivel del mar hasta las cotas más altas de la Cordillera de los Andes en las que todavía hay vegetación, lo que demuestra su impresionante versatilidad ecológica. En la península ibérica, las lagartijas son muy frecuentes en zonas secas, abiertas, con matorral bajo y abundancia de muros de piedra, taludes, roquedos y márgenes de caminos.
Muchas especies han sabido aprovechar las modificaciones humanas del paisaje. Viven asociadas a árboles aislados, jardines, paredes cubiertas de enredaderas, patios de casas rurales o urbanizaciones con espacios verdes. Algunas salamanquesas y geckos, por ejemplo, colonizan con facilidad edificios y farolas, donde cazan insectos atraídos por la luz artificial.
Por lo general, las lagartijas prefieren climas templados o cálidos, ya que dependen del sol para mantener una temperatura corporal adecuada. Las regiones demasiado frías, con pocas horas de luz y temperaturas muy bajas, limitan su presencia o las confinan a refugios muy concretos. Esto explica que no vivan en zonas polares ni en áreas de frío extremo permanente.
En ciudades y pueblos, su presencia es también una muestra de buena calidad ambiental. Las lagartijas necesitan insectos en cantidades suficientes, refugios seguros y ausencia de contaminantes extremos. Por ello se consideran “especies indicadoras”: su abundancia, escasez o desaparición ofrece pistas sobre la salud del ecosistema, incluyendo la calidad del aire y de los hábitats urbanos.
Dieta y estrategias de caza
La mayoría de las lagartijas son carnívoras con una dieta fundamentalmente insectívora. Se alimentan de hormigas, escarabajos, grillos, saltamontes, moscas, mosquitos, arañas, caracoles, babosas y otros invertebrados terrestres. En algunas especies, sobre todo las de mayor tamaño, también pueden consumir pequeños vertebrados como otros lagartos, crías de roedores o pequeños insectívoros.
Existen, sin embargo, especies herbívoras u omnívoras que incluyen en su dieta frutos, flores, tallos y hojas tiernas, combinados con insectos cuando están disponibles. La proporción de alimento animal y vegetal suele variar en función de la especie, la estación del año y la oferta de recursos en cada zona.
En cuanto a la forma de conseguir alimento, se describen dos grandes tácticas de forrajeo: las lagartijas cazadoras activas, que se desplazan buscando presas de manera constante, y las cazadoras al acecho, que permanecen quietas y emboscadas hasta que una presa se aproxima lo suficiente como para lanzarse sobre ella en un ataque fulgurante. Muchas especies de Liolaemus, por ejemplo, se inclinan por esta segunda estrategia.
Factores como los cambios estacionales en la abundancia de insectos, las lluvias, la temperatura y las actividades humanas (fumigaciones, modificación de cultivos, urbanización) afectan directamente al tipo y cantidad de alimento disponible. Cualquier acción humana que reduzca drásticamente las poblaciones de insectos puede suponer una amenaza seria para las lagartijas y, por extensión, para los ecosistemas que dependen de ellas.
Su papel como depredadores intermedios las convierte en reguladoras clave de plagas. Consumen grandes cantidades de insectos y otros invertebrados que, de no ser controlados, podrían causar daños importantes en cultivos, jardines y bosques. En entornos urbanos, ayudan a limitar mosquitos, moscas, cucarachas pequeñas y otros bichos molestos o potencialmente nocivos para las personas.
Reproducción, cortejo y desarrollo de las crías
El ciclo reproductor de las lagartijas es tan variado como sus hábitats. En muchas especies, la reproducción se concentra en los meses cálidos de primavera y verano, cuando la disponibilidad de alimento es mayor y las condiciones térmicas favorecen el desarrollo de huevos y embriones.
Antes del apareamiento, los machos suelen exhibir un marcado comportamiento de cortejo y defensa del territorio. No es raro que un macho controle una zona con varios árboles, muros o piedras, y que en ese territorio coexistan varias hembras. Cuanto más grande y rico en recursos sea el área, más hembras puede albergar. El macho defiende con firmeza estos límites, con cabeceos vigorosos, despliegues de color y, si hace falta, combates a base de mordiscos contra otros machos intrusos.
En el cortejo, los machos recurren a señales visuales llamativas (posturas elevadas, movimientos rítmicos de cabeza, exhibición de colores vivos) y en algunas especies también a señales químicas o incluso sonoras. La hembra evalúa la insistencia, la condición física y el dominio territorial del macho antes de aceptar la cópula.
Las lagartijas muestran diferentes estrategias reproductivas en cuanto a la puesta y desarrollo de los embriones:
- Oviparidad: la forma más común. La hembra pone huevos con cáscara flexible o semidura en refugios protegidos (bajo piedras, entre raíces, en grietas del suelo o rocas). Allí se incuban hasta la eclosión.
- Viviparidad: la hembra da a luz crías completamente formadas y activas, sin fase de huevo externo visible. Se da sobre todo en ambientes fríos o de alta montaña, donde la incubación externa sería muy arriesgada.
- Ovoviviparidad: punto intermedio. Los huevos se forman pero se retienen dentro del cuerpo de la hembra hasta poco antes o justo en el momento de la eclosión, de modo que las crías nacen casi “listas para correr”.
En Chile, por ejemplo, la viviparidad se ha asociado a especies de mayor altitud y clima frío, donde las temperaturas ambientales no garantizan el éxito de una incubación externa prolongada. Adaptar la estrategia reproductiva al entorno es clave para que las crías sobrevivan.
Normalmente las hembras pueden reproducirse entre una y tres veces al año, realizando de 1 a 3 puestas con entre 3 y 11 huevos cada una, dependiendo de la especie, la talla de la madre y las condiciones ambientales. El periodo de incubación puede variar desde algo menos de un mes hasta cerca de 80 días.
Es frecuente que varias hembras utilicen un mismo emplazamiento para sus puestas, dando lugar a auténticas “incubadoras colectivas” donde se acumulan varios nidos juntos. Al nacer, las crías miden apenas unos 2,5 centímetros de cuerpo (sin contar la cola) y pesan en torno a 0,35 gramos, pero son ya miniaturas funcionales de los adultos y deben valerse por sí mismas desde el primer momento.
Papel ecológico y relación con el ser humano
Las lagartijas, aunque pasen desapercibidas, son piezas fundamentales de la cadena trófica. Por un lado, actúan como depredadores de una enorme variedad de invertebrados, contribuyendo a mantener a raya plagas agrícolas y poblaciones de insectos molestos. Por otro, son presas habituales de aves, mamíferos pequeños, serpientes y otros depredadores de mayor tamaño.
En el ámbito agrario, su presencia ayuda a reducir de forma natural poblaciones de caracoles, langostas, escarabajos y otros insectos potencialmente dañinos para los cultivos. En las ciudades, colaboran en el control de mosquitos, moscas, hormigas aladas y otros invertebrados asociados a la actividad humana.
Desde el punto de vista de la conservación, muchas especies de lagartijas se consideran indicadores de la calidad ambiental. Cambios en su abundancia o distribución pueden advertir de problemas como la fragmentación de hábitats, la contaminación, el uso masivo de pesticidas o los efectos del cambio climático. Algunos estudios señalan que hasta un 20 % de las especies de lagartijas podrían estar amenazadas por el calentamiento global y las alteraciones en sus hábitats.
En países como Chile, varias especies del género Liolaemus ya se encuentran clasificadas en categorías de riesgo que van desde “preocupación menor” hasta “en peligro crítico”, según los criterios de la UICN y el marco legal nacional. La expansión urbana, la tala de bosques y las fumigaciones intensivas son algunas de las principales causas de su declive.
A pesar de todo, siguen existiendo prejuicios y miedos injustificados hacia los reptiles en general. En el caso de las lagartijas, este rechazo carece de fundamento: no representan peligro para las personas, no poseen venenos relevantes para el ser humano y suelen huir ante el mínimo intento de contacto. El temor suele venir del desconocimiento y de generalizar el miedo hacia serpientes u otros animales realmente peligrosos.
El mejor consejo cuando encontramos una lagartija en un patio, jardín o en la naturaleza es dejarla tranquila y observarla. Si se considera que molesta, basta con hacer algo de ruido o movimientos bruscos cerca para que se aleje. No hay necesidad de matarlas ni perseguirlas: aprende a proteger a las lagartijas.
Tras asomarse a su mundo, queda claro que estas pequeñas reptiles, lejos de ser simples “bichos de pared”, representan un grupo increíblemente diverso y adaptado, con estrategias complejas de termorregulación, comunicación, reproducción y defensa, una presencia global en casi todos los biomas del planeta y un papel ecológico que las convierte en piezas clave de muchas redes tróficas, tanto en espacios naturales como en ambientes humanizados.
