- Artemis II comienza su viaje de vuelta tras rodear la Luna y batir el récord de mayor distancia alcanzada por humanos respecto a la Tierra.
- La nave Orion ha aprovechado la gravedad lunar para trazar una trayectoria de retorno libre que aumenta la seguridad de la misión.
- La tripulación ha observado de primera mano la cara oculta de la Luna, un eclipse solar total y múltiples destellos de impactos de meteoritos.
- El éxito de Artemis II valida tecnologías clave para futuras misiones que volverán a llevar astronautas a la superficie lunar.
La misión Artemis II ha iniciado oficialmente su retorno a la Tierra tras completar un sobrevuelo histórico por la cara oculta de la Luna. Con este giro en su trayectoria, la nave Orion pone rumbo de vuelta a casa después de varios días en el espacio profundo y de haber alcanzado la mayor distancia jamás registrada por una tripulación humana respecto a nuestro planeta.
El inicio de esta fase de regreso llega después de uno de los momentos más críticos del viaje: el paso por detrás del satélite, donde la Luna bloqueó las comunicaciones con Artemis II durante unos 40-41 minutos. Lejos de ser un fallo, este “silencio de radio” formaba parte del plan de vuelo y ha coincidido con una intensa campaña de observación científica sobre regiones de la cara oculta que hasta ahora solo se conocían a través de sondas robóticas.
La cápsula Orion ha utilizado la gravedad de la Luna para redirigir su trayectoria en una maniobra cuidadosamente calculada que marca el comienzo del viaje de vuelta. Esta técnica, heredada del programa Apolo pero actualizada con tecnología moderna, permite seguir una trayectoria de retorno libre, es decir, un camino en el que la influencia combinada de la Tierra y la Luna garantiza que la nave vuelva incluso si surgiera algún problema con los motores.
Según la planificación de la NASA, la misión tiene una duración aproximada de diez días desde el lanzamiento de Artemis II, con la mirada puesta en un amerizaje en el océano Pacífico frente a la costa de San Diego. El tramo final será uno de los más exigentes, ya que Orion deberá soportar temperaturas extremas durante la reentrada atmosférica antes de desplegar sus paracaídas y descender sobre el mar, donde equipos de rescate especializados aguardan a la tripulación.
El éxito del sobrevuelo, el comportamiento de los sistemas y la estabilidad de la trayectoria regresiva confirman que la nave se comporta según lo previsto y validan tecnologías clave de cara a Artemis III, la misión llamada a devolver a los astronautas a la superficie lunar por primera vez desde 1972.
Rodear la Luna, romper récords y comenzar el viaje de vuelta
El punto de inflexión de Artemis II se produjo durante la sexta jornada de vuelo, cuando Orion alcanzó su máxima aproximación a la Luna y, poco después, la distancia más grande jamás recorrida por seres humanos respecto a la Tierra. A unos 6.545 kilómetros sobre la superficie lunar, la tripulación vio el satélite tan grande a través de las ventanas que lo compararon con un balón de baloncesto sostenido con el brazo extendido.
Dos minutos después de ese punto de máxima cercanía al satélite, se fijó el nuevo récord: 406.771 kilómetros de distancia de la Tierra, superando la marca histórica de la misión Apolo 13 de 1970. Ya en 2022, la cápsula Orion sin tripulación había batido ese registro durante Artemis I, pero esta vez el hito se ha logrado con cuatro astronautas a bordo, lo que supone un salto cualitativo para la exploración tripulada del espacio profundo.
Durante este tramo, la nave se adentró por completo en el hemisferio oculto de la Luna, provocando una interrupción total de las comunicaciones con la Tierra de unos 40-41 minutos. La pérdida de señal estaba prevista y es consecuencia directa de la masa y el tamaño del satélite, que bloquea las ondas de radio entre la cápsula y el centro de control en Houston cuando la nave pasa por detrás.
Minutos antes de entrar en la zona de sombra de comunicaciones, la tripulación se despidió con un tono cercano. El astronauta Victor Glover se dirigió a la Tierra con un “os queremos, desde la Luna”, mientras desde el control de misión respondían “os vemos al otro lado”. A la 1:25, hora peninsular española, se restableció el contacto y las primeras fotos de la Tierra mostraron una escena impactante: una pequeña Tierra emergiendo desde detrás de una gran Luna, ambas con forma de finas lunas crecientes.
Este sobrevuelo no ha sido simplemente un rodeo orbital; se ha tratado de un periodo de observación científica intensiva que se prolongó durante unas seis-siete horas. Al ir en una trayectoria de retorno libre que no necesitaba un frenado adicional para girar, la tripulación pudo dedicar prácticamente todo ese tiempo a observar y documentar la superficie lunar, sin necesidad de realizar maniobras complejas con la nave.
La cara oculta como nunca se había visto: color, relieve y experiencia humana
Uno de los grandes objetivos científicos de Artemis II era obtener una mirada humana directa y sostenida sobre la cara oculta de la Luna, una región que nunca se ve desde la Tierra debido a la rotación sincrónica del satélite. Aunque sondas automáticas ya habían fotografiado esas zonas, la NASA insiste en el valor añadido de la observación en persona.
Los cuatro tripulantes —Reid Wiseman, Christina Koch, Victor Glover y Jeremy Hansen— se han convertido en las primeras personas en tener una visión completa de ese hemisferio lunar, aunque solo pudieron ver alrededor de un 21% de su superficie, la porción que estaba iluminada en esta fase de la misión. La elección de la fecha de lanzamiento, finalmente en abril tras varios retrasos, redujo la franja de visibilidad respecto a las ventanas de marzo, pero aun así se logró una campaña científica muy amplia.
Durante la observación, la tripulación se centró en unos 35 puntos de interés seleccionados por el equipo científico, entre ellos la cuenca de Mare Orientale, un gigantesco cráter de impacto con forma de “ojo de buey” situado entre la cara visible y la oculta. Hasta ahora, ninguna misión tripulada había podido contemplarlo en su totalidad y con contexto tridimensional.
Los astronautas trabajaron por turnos, de dos en dos, combinando fotografía, descripción visual y coordinación con los especialistas de la NASA en tiempo real. Mientras uno tomaba imágenes con distintas cámaras, otro describía en voz alta los detalles del paisaje: tonos de color, texturas, sombras y transiciones del terreno. El resto de la tripulación se encargaba de preparar los siguientes bloques de trabajo y de mantener el enlace con el centro de control cuando la comunicación estaba disponible.
La especialista de misión, Christina Koch, resumió la experiencia con una reflexión que ilustra el impacto personal del vuelo: aseguró que, al mirar la Lua durante unos segundos, tuvo la sensación de que “no es solo un póster en el cielo, es un lugar real”. La percepción de volumen, los matices de verde y marrón más allá del típico gris que se observa desde la Tierra y la escala del relieve han ofrecido a la comunidad científica un conjunto de datos que complementan lo obtenido con sondas.
Un eclipse solar total exclusivo y destellos de meteoritos
Además del análisis del terreno, Artemis II ha permitido observar fenómenos que, por pura geometría celeste, solo se pueden ver desde posiciones muy concretas en el espacio. Uno de los momentos más singulares fue el eclipse solar total que la tripulación presenció después de recuperar las comunicaciones con la Tierra.
Alrededor de una hora después de salir de la “sombra de radio”, la nave se situó en una alineación casi perfecta entre el Sol, la Luna y Orion. A las 2:35, hora peninsular, el Sol comenzó a ocultarse detrás del disco lunar, dando inicio a un eclipse total de unos 53-57 minutos, una duración muy superior a la de la mayoría de eclipses visibles desde la superficie terrestre.
Durante la fase parcial, los astronautas usaron gafas de eclipse como haría cualquier observador en la Tierra, pero la fase de totalidad fue radicalmente distinta: una Luna casi completamente oscura recortada contra el resplandor de la corona solar. La tripulación aprovechó este escenario para analizar la atmósfera externa del Sol y buscar fenómenos difíciles de captar desde nuestro planeta.
En ese intervalo, los astronautas informaron de al menos seis destellos de luz provocados por impactos de meteoritos sobre la superficie lunar. Estos breves fogonazos, visibles solo en la parte no iluminada del satélite, aportan pistas sobre la frecuencia de impactos y el comportamiento del polvo levantado por las colisiones.
Los datos recogidos —imágenes, audio, mediciones y descripciones en tiempo real— se descargarán íntegramente de la nave para un análisis detallado en las próximas horas y días. La NASA tiene previsto cruzar la información de la tripulación con observaciones de aficionados y telescopios en tierra que estuvieran monitorizando la Luna al mismo tiempo, con el objetivo de ubicar con precisión los eventos observados desde Orion.
Diversidad de la tripulación y simbolismo del regreso
Artemis II no solo marca un hito técnico, también supone un cambio de etapa en el perfil humano de las misiones lunares. La tripulación está formada por tres astronautas estadounidenses —Reid Wiseman, Christina Koch y Victor Glover— y el canadiense Jeremy Hansen, el primer extranjero que participa en una misión lunar de la NASA.
Por primera vez, una mujer y un astronauta afroamericano viajan más allá de la órbita terrestre baja, sumándose a un canadiense que representa la dimensión internacional del programa. Este grupo diverso se ha unido así al reducido club de personas que han visto la Luna de cerca con sus propios ojos; hasta ahora solo 24 hombres, todos estadounidenses y blancos, lo habían hecho durante el programa Apolo.
El equipo ha querido subrayar su vínculo con las misiones anteriores. Tras superar la distancia alcanzada por Apolo 13, propusieron nombres para dos cráteres lunares: uno en referencia al nombre informal que han dado a su nave y otro como reconocimiento a la familia del comandante Reid Wiseman. Con estos gestos, han combinado el respeto por el legado con la invitación a futuras generaciones para que vayan más lejos.
Desde la Tierra, el seguimiento político e institucional también ha sido intenso. El presidente de Estados Unidos mantuvo una conversación en directo con la tripulación, agradeciendo su trabajo y subrayando la intención de establecer una presencia más permanente en la Luna en las próximas décadas. Paralelamente, altos responsables de la NASA han destacado que esta misión es un “paso de validación” imprescindible antes de plantear alunizajes y estancias prolongadas.
A pesar de pequeños contratiempos cotidianos dentro de la nave, como problemas menores con el sistema de saneamiento o la aparición de olores indeseados, la misión se mantiene dentro de los parámetros previstos y ha completado su sexta jornada sin incidencias técnicas de peso. Todo ello refuerza la confianza de la agencia en el diseño de Orion y del cohete que la impulsó desde Florida.
El tramo final: amerizaje y lo que viene después
Con la trayectoria de regreso ya fijada, la atención de la NASA se centra ahora en el seguimiento minucioso de cada sistema de la nave durante el viaje de varios días que resta hasta el amerizaje. Sensores, comunicaciones, soporte vital y equipos científicos continuarán siendo monitorizados de forma continua desde el centro de control.
La llegada a la Tierra está programada para el 10 de abril, con un descenso sobre el océano Pacífico frente a la costa de San Diego. Antes de tocar el agua, Orion deberá afrontar la fase más peligrosa de todo el vuelo: la reentrada en la atmósfera terrestre, una maniobra que someterá al escudo térmico a temperaturas extremas. Solo después de superarla se desplegará la secuencia de paracaídas que frenará la cápsula hasta una velocidad segura.
Equipos de recuperación especializados, apoyados por medios navales y aéreos, estarán preparados en la zona de amerizaje para localizar rápidamente la nave, asegurarla y rescatar a la tripulación. Este proceso, ya ensayado en misiones no tripuladas, será fundamental para verificar en condiciones reales todos los protocolos de retorno que se utilizarán de nuevo en Artemis III.
Mientras tanto, el flujo de datos científicos continúa. La misión no se limita a llegar y volver: cada medición, cada imagen y cada informe de la tripulación alimentan un enorme archivo de información que servirá para planificar futuras expediciones y posibles bases lunares. Se presta especial atención a la caracterización de la cara oculta, los impactos recientes y la respuesta del entorno espacial a fenómenos como los eclipses.
Cuando los cuatro astronautas sean rescatados del océano, se dará por finalizada una misión que, sin haber pisado la superficie lunar, ha devolvido a la humanidad a la órbita de la Luna más de medio siglo después del Apolo 17. Su regreso abre la puerta a la siguiente fase del programa Artemis, que contempla alunizajes, estancias más largas y, a medio plazo, el uso de la Luna como plataforma para mirar aún más lejos, hacia Marte y otros destinos del Sistema Solar.
El regreso de Artemis II consolida la idea de que la exploración lunar vuelve a ocupar un lugar central en la agenda espacial: se han batido récords de distancia, se ha observado la cara oculta con una mirada humana inédita y se ha probado, en condiciones reales, la tecnología que deberá llevar y traer a las próximas tripulaciones que sí pondrán de nuevo sus botas sobre el regolito lunar.
